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A BORDO DEL TITANIC...

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DANIELLA PÉREZ MUÑOA,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Viernes por la tarde y el destino final es mi casa. Estoy en medio del camino. El cansancio y el sueño acumulados en toda una semana se apoderan de mí, pero pienso en el momento en que vea por fin los queridos puentes de mi ciudad.

Hace más de una hora que estoy en Alamar esperándolo. De pronto lo veo, se aproxima a la piquera. Imponente navega sobre la vía y surca los baches hasta detenerse el Titanic.

Por supuesto, no se trata de un navío atravesando el océano, sino de algo más interesante, un camión que traslada pasajeros de La Habana a Matanzas.
Todos corremos para alcanzarlo. En ese momento no importan los maletines a cuesta, ni las mujeres con niños pequeños. Oigo a personas pidiendo un poco de cortesía. Otros protestan, porque “aquí el que no empuja se queda”. Los halones de mochila y los codazos prevalecen. Es un todos contra todos.

Al fin, logro subirme y le agradezco al ser divino que lo hizo posible. El medio de transporte no es de los más cómodos, tiene tres filas de asientos delimitados en pequeños fragmentos de madera que ponen en aprieto a los más voluminosos.

Su decorado no se limita al letrero con el original nombre. Las cortinas podrían ser las del matancero teatro Sauto y su interior está lleno de pegatinas como: “Hablar de mi es fácil, lo difícil es ser como yo”.

Me reprocho porque no estaría tan incómoda si hubiera reservado un pasaje en la terminal; o hasta hubiera esperado un  ómnibus en viaje directo a Varadero con aire acondicionado y todo.

Estamos en camino hace más de una hora. Por causa de los controles policiales hemos parado dos veces. La música es estridente y comprende los más disímiles géneros. No sé por qué nadie le dice al chofer que baje un poco el volumen.

El dolor de cabeza y el mareo me están ganando la pelea. Cada vez que nos topamos con un bache la señora robusta de enfrente viene a parar sobre mí, pero por suerte, el camión no se ha hundido como el buque al cual hace homenaje su nombre.

Un rato después, veo a lo lejos una orilla conocida. La travesía ha terminado y pienso en que Leonardo Di Caprio hubiera encontrado en el vehículo material necesario para protagonizar otra película repleta de emociones.

Una semana después estoy allí de nuevo.

-¡Se va el camión! ¡Arriba que me voy! ¡En menos de una hora en Matanzas!

Escucho la última llamada. Subo. Me siento en el incómodo banco de madera y una vez más…



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