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HABÍA UNA VEZ… IVETTE VIAN

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La creadora del personaje de Marcolina y guionista del popular programa televisivo La sombrilla amarilla confiesa sentirse acompañada por la soledad y los recuerdos.

MABEL SÁNCHEZ TORRES,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

“La princesa está triste / qué tendrá la princesa”. Los nostálgicos versos de Rubén Darío, recitados por Enrique Vian, solían acompañar los despertares de Ivette. Pese a que ahora el padre no está, ella amanece rodeada del cariño de sus lectores, quienes la llaman a diario para darle los buenos días.

La soltura y amabilidad de Ivecita mi vida -como le decía su madre- se revelan al instante de conocer a la escritora y a su graciosa compañera, la perrita Maní Totó. La autora de obras como “La Marcolina”, “Los perros de mi vida” y “Cartas a Carmina” no pierde el sentido del humor y se regocija en la frescura de los recuerdos.

El carcinoma sublingual que padeció hace más de una década le ha restado algunas facultades. El problema de dicción, secuela de la enfermedad, le impide leerles cuentos largos a los niños cuando los visita en los hospitales. También lamenta caminar auxiliada de muletas, pues extraña los paseos por 23, su calle preferida.

La casona en el Vedado parece quedarle pequeña. Cada rincón esconde alguna historia: un adorno hecho con sus propias manos, los ejemplares de cactus, malangas y helechos que cuida con sumo esmero o los retratos en sepia de la familia, en especial los de su padre, quien inspirara el personaje de Enrique Chiquito e influyera notablemente en su vocación por las letras.

Ivette Vian Altarriba eligió dedicar su obra a los infantes porque son más sinceros que los adultos. Lo descubrió en aquellos años en que comenzaba a frecuentar la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). Nadie le prestaba atención a la joven que prescindía de las invitaciones para asistir a las fiestas, hasta que obtuvo un Premio David por “Los cuentos Pitoches”.

No faltaron los aduladores, quienes comenzaron a llamarla e insistían en su compañía. Fue entonces que comprendió que “los mayores eran unos hipócritas” y tras cancelar la publicación del libro, decidió apostar por los más pequeños.

Los personajes los toma de la realidad, juega con esta como con una amiga íntima. Marcolina es el reflejo de una maestra de su madre y de ella misma: “Sin familia, pero rodeada de una familia de amigos”, dicharachera y apasionada por la cocina.

Disfruta caminar por la calle y ver a los niños jugando a La sombrilla amarillapues, aunque no considera a Marcolina su obra cumbre, es un personaje que la ha llenado de satisfacción y realización profesional. Para Ivette, lo más importante es que las historias vuelen por sí mismas y se incorporen al patrimonio cultural del pueblo, mientras el autor pase inadvertido.

Como buena cubana, ríe también de sus desgracias. Recuerda los nombres de todos sus compañeros, mas de la memoria ha borrado aquellos que la despidieron de Juventud Rebelde durante el quinquenio gris: “Por hippie, por religiosa y alocada, todavía conservo la carta…, eran otros tiempos.”

Aquel período fue muy triste, perdió el acceso al círculo de intelectuales, la excluyeron de la UNEAC y le retiraron el carnet de la Unión de Periodistas de Cuba; sin embargo, nunca abandonó el oficio de escribir y continuó enviando trabajos a los concursos.

La escritora ha dedicado gran parte de su obra a su hijo Glexis y a su nieta Carmina, quienes viven en el extranjero hace más de veinte años. En “Cartas a Carmina” cuenta disparatadas historias entretejidas con hilos de una especial sensibilidad que ha conmovido tanto a pequeños como abuelos.

Ivette guarda más de 3 000 cartas de sus lectores y reconoce no escribir para los niños sino para “la infancia de las personas”, para esas que, como Onelio Jorge Cardoso, tienen “muy pocas máscaras”.

Pie de foto: Ivette Vian y la perrita Maní Totó, mascota de la autora y protagonista del último cuento recogido en “Los perros de mi vida”.

 



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