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UNA ESCUELA, MIL RECUERDOS

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DACHELYS  ALFONSO LEAL,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

No hay adornos de más, solo los bancos de concreto pintados de rojo en forma de semicírculos al borde del pasillo central, denominados en el argot de los inquilinos “tuercas”, combinados con las macetas que incrementan la abundante vegetación del lugar donde se encuentra el edificio.

En la entrada reluce una hilera de tres pisos de aulas, “el docente”, de donde provienen los satisfactorios resultados que ostenta la escuela multipremiada en concursos nacionales de Física, Química, Biología y Matemática, y que ha mantenido el total de aprobados en las polémicas pruebas de ingreso a la Educación Superior durante los últimos tres años.

Hacia el centro del pasillo, al lado izquierdo, queda el comedor, y al derecho, la plazoleta, a la cual le sigue la extensa área de formación que se convierte en punto de encuentro para el matutino, las noches de recreación, la tradicional fiesta de disfraces de fin de año y las reuniones colectivas.

Luego, otro inmueble, este de cuatro pisos, donde también hay aulas y, además, los dormitorios colectivos (unos para varones y otros para hembras), escenario de los mejores “picnic” del mundo, generalmente los lunes, día de entrada al pase.

Al final, después de descender unos anchos escalones de cemento, hay dos canchas: una para básquet y otra para fútbol; no obstante, ambas sirven para cualquier inquietud deportiva.

Al lado de ellas, en un sitio casi escondido por la vegetación adherida a la alambrada que lo rodea, está la piscina, que a pesar de las solicitudes de los estudiantes para que la reparen, continúa en el olvido, pues “No hay recursos económicos para ello”, como siempre dicen.

Una arquitectura nada peculiar para las escuelas de beca en el campo, destinadas, a partir del 2010, solo a Institutos Preuniversitarios Vocacionales de Ciencias Exactas u otras especializadas.

Sin embargo, hacia finales de mayo algo cambia en el corazón de ese centro docente. Son los muchachos de duodécimo grado que se marchan, orgullosos de haber vencido la meta que representa estudiar en el IPVCE Mártires de Humboldt 7, primero de su tipo en el país, aunque muchos le den erróneamente ese mérito a la también vocacional Vladimir I. Lenin.

Es la graduación XXXV, mas para “la Humboldt” son sus 35 primaveras, orgullosa de que cada año que pasa la familia crece pues, aunque se despidan sus huéspedes del año final, pronto llegarán más, sin que ninguno sustituya a otros.

“La Humboldt” está segura, además, de que esos que se van no la olvidan, es mucho tiempo para borrar. Todos los que hayan pasado por ese punto de la geografía artemiseña retornan: la nostalgia y las raíces de azul les trazan un camino de regreso común hacia su eterna escuela, que los recibe como si nunca hubiesen partido. 



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