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DIME CUÁNTO VENDES Y TE DIRÉ QUIÉN ERES

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DENISSE MACHADO TABOADA,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

La atención al cliente está en falta, casi tanto como las jabitas en las tiendas y las muestras en las perfumerías. La repetición de las malas experiencias nos ha hecho desarrollar una mentalidad de víctima, donde el victimario es la indolencia de los trabajadores del sector del comercio.

Como el sábado es el día de la semana perfecto para salir a buscar la comida y los productos del hogar que son necesarios, me dispuse, con zapatos cómodos y el dinero que pude reunir en el bolsillo, a  salir a caminar La Habana.

Primero fui a La Cibeles, cerca de N y 25, porque había escuchado que allí sacaron papel sanitario. Al llegar, me acerqué a la cajera, quien conversaba con otro dependiente, para preguntarle por ese producto.  No dio señales de que me hubiera escuchado. Luego del plazo prudencial para incitar una respuesta, le repetí mi interrogante. Ella, mirando a través de mí como si no me viera, negó con la cabeza.

-¿Está segura? ¿Ni siquiera el mexicano?, insistí.

-Mira mami, si quieres papel vas a tener que ir a buscarlo a México, me respondió irritada.

Acto seguido se ladeó nuevamente hacia su interlocutor, dándome la espalda. Molesta por su actitud, pero víctima de la necesidad, decidí de todas formas comprar algunas cosas para no perder el viaje.

Un rato después, sorteando vendedores de pasteles y cremitas de leche, intenté entrar en la ferretería del Focsa, pero uno de los  dependientes me detuvo y me indicó que no podía pasar con mis bultos.

Me sentí confundida por las medidas de seguridad, innecesarias en un lugar donde tres dependientes cuidan un espacio de cuatro por cuatro metros cuadrados, especialmente cuando todos los productos están amarrados a los estantes por una brida, sin contar con la bañadera o los juegos de piezas de baño que adornaban el piso.

Fui en busca del guardabolsos preguntándome si realmente los que establecen las reglas pensaban que alguien podía llevarse el lavamanos o la taza del inodoro en una jaba. Una vez allí, una señora me explicó que no se hacían responsables de ningún objeto de valor, dinero, joyas, documentos, tabletas, memorias y teléfonos, nada electrónico.

Haciendo inventario del contenido de mi bolsa me di cuenta que tenía que sacar más de lo que quedaba dentro y resultaba en la práctica imposible cargar con todo en mis manos. 

Decidí que realmente no valía la pena y ya cansada opté por mi último destino: la tienda de cosméticos en el sótano del Hotel Nacional. Cuando llegué, la vendedora, una señora de mediana edad, sostenía una conversación telefónica. Acostumbrada a ser invisible, simplemente me dispuse a esperar a que concluyera su charla para que me atendiera, pero ella rápidamente colgó el auricular y me preguntó:

-¿En qué puedo ayudarla?

Asombrada le dije que no tenía que colgar, pues yo solo estaba mirando. Ella me dijo seriamente que sí era necesario y ese era su deber.

No encontré allí el champú que buscaba, pero hallé respeto y profesionalidad. Salí de la tienda con las manos vacías, pero con la sensación de que para los servicios en Cuba todavía hay esperanza.



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