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EL MAGO DE LA RECEPTORÍA

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A los 61 años de vida, el multicampeón pinareño Juan Castro cuenta sus peripecias en el mundo de las bolas y los strikes. Rodolfo García, comentarista deportivo, lo definió como “Peloterazo”.

EDUARDO ANTONIO GRENIER RODRÍGUEZ,

estudiante de primer año de Periodismo,

Facultad de Comunicación,

Universidad de La Habana

El más elegante de los receptores cubanos recogía con destreza veloces piconazos lanzados por los mejores pitchers de Cuba. Con él todos en su equipo se sentían cómodos, sabían que no debía haber error. Cuando esa enorme figura, inmensa como un abrazo, se agachaba detrás del home play, su compañero del montículo trabajaba con soltura. La confianza era casi absoluta. “El mago”, como le llamaban, era un verdadero artista de la defensa.

Toco suavemente la puerta, aún con el temor del  joven reportero que se enfrenta a su primera entrevista. Parecería que en aquella casona de estilo colonial, situada en pleno corazón de la capital pinareña, no vivía alguien modesto, bonachón, vecino como cualquier otro. La imagen seria, pausada, estricta, me hizo pensar que sería difícil establecer un diálogo con él. Sin embargo, fuera del terreno de juego, Juan Castro García se caracteriza como un hombre sencillo. Me invitó a pasar cortésmente.

La seriedad es un rasgo que la afición le atribuye con frecuencia. Se lo hago saber. Irónicamente, sonríe: “Es cierto, soy serio, pero eso no me impide relacionarme con todo el mundo. Interactúo con cada seguidor que pasa por ahí”, dice mientras señala con el índice la acera contigua al portal.

Le pregunto por la niñez, y un cambio en su rostro ofrece al instante más detalles que la respuesta misma: “Mi infancia fue durísima. Perdí a mi papá a los tres años, me quedé solo con mi madre y dos hermanos, que tenían ocho y once años, respectivamente. Pasamos mucho trabajo para lograr sostenernos”.

Juanito, como todos lo conocen, vivió dos épocas diametralmente opuestas del béisbol pinareño. Al principio era de los peores equipos, al punto de que le decían La Cenicienta, igual que a la provincia. Pero al cabo de dos años llegaron grandes estrellas, formando un conjunto casi imbatible: “Inventaron mil fórmulas para vencernos, pero qué va, no pudieron”.

Volviendo los ojos hacia un punto en la nada, tal vez adentrándose de lleno en sus recuerdos, comenta su predilección por jugar play off. Asegura con visible nostalgia que para todo pelotero la postemporada es el momento más añorado, pues el que siente el béisbol de verdad disfruta más jugando con el graderío abarrotado.

Luego de su prematuro retiro, “el pianista”, como también lo calificaban por sus efectivos abanicazos– término beisbolero que popularizó el célebre narrador deportivo Bobby Salamanca– comenzó una exitosa carrera como director y formador de atletas en Italia.

En Cuba, comandó a los Gallos espirituanos durante dos años consecutivos con excelentes resultados, y más tarde tomó las riendas de sus Vegueros pinareños. Pero aclara que no le resultaba cómodo el rol de manager. Meciendo más fuerte el sillón, reconoce que a veces se iba del partido, creía por momentos que era un jugador más.

Le inquiero sobre qué característica, en su opinión, no debe faltarle a un hombre. Se toma unos segundos para pensar: “La honestidad. Para todo en la vida hay que ser honesto, integral”. A decir de personas allegadas, este guajiro vueltabajero que mezcla en su fisionomía rasgos serenos con otros un poco más intranquilos, cuenta con estas cualidades.

Caballero de pies a cabeza, peloterazo– como diría quizás el comentarista deportivo Rodolfo García– de la gorra a los spikes, rechazó en plena madurez deportiva y antes en los albores de su juventud, una oferta para jugar en Estados Unidos de nada menos que de 16 millones de dólares, ofrecida por los Tigres de Detroit.

Entra Barbarita, su esposa hace más de cuarenta años, y a modo de conclusión, me invitan al pasillo, donde reposan en paredes contrarias los  mayores tesoros de Juanito: decenas de medallas y galardones junto a las fotografías de sus hijos. Sin embargo, destaca los recuerdos de familia como su más valiosa fortuna.

Pie de foto: Juan Castro fue receptor titular del equipo Cuba ganador de varios campeonatos mundiales, panamericanos y centroamericanos. Más tarde se desempeñó como director, siempre con el número 13.



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