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LA ELEGANCIA EN EL RING

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Emilio Correa está catalogado como uno de los máximos exponentes de la escuela cubana de boxeo por la superioridad que exhibía en todas sus peleas sobre el rival.

ISRAEL LEIVA VILLEGAS,

estudiante de primer año de Periodismo,

Facultad de Comunicación,

Universidad de La Habana.

Este hombre se autodefine como “un guajiro santiaguero que no lo tuvo fácil a la hora de iniciar la vida dedicada al deporte”. De entonces acá mucho ha llovido, pronto se convirtió en uno de los máximos exponentes de la disciplina de las doce cuerdas. Ahora, desde la jubilación, Emilio Correa evoca plácidamente su carrera deportiva.

“A mí me gustaba inicialmente la pelota, pero un día vi a Rolando Garbey boxear con tanta maestría, y dije que yo quería ser como él. Pero el  comienzo de mi carreara no fue jamón, imagínate, perdí las tres primeras peleas, e incluso llegué a pensar que aquello era solo un arrebato de muchacho, pero con la ayuda de excelentes entrenadores pude perfeccionar le técnica y ubicarme entre los mejores de Santiago de Cuba, junto con  Roberto Caminero “Chocolatico” Pérez, Enrique Regüeiferos y  Félix Betancourt”.

El olor a café inunda de momento el lugar y ante el ofrecimiento acepto apenado una taza de manos del propio campeón, corroborando mis referencias de que la sencillez y humildad hacen de él un excelente anfitrión y vecino del barrio.

Indago sobre sus impresiones acerca del Primer Campeonato Mundial de Boxeo Amateur celebrado en La Habana, en el año 1973, donde se alzó con la victoria de manera categórica, sin amilanarse ante rivales de mayor trayectoria.

“Ese es el torneo que mejores recuerdos me trae, en mi división, los welter, había mucha calidad en el plantel cubano y para participar tuve que discutir el cupo con mi ídolo, Rolando Garbey, en un combate cerrado. Lo pude vencer, pero el mayor triunfo fue recibir su felicitación”.

Toma al café con gusto y satisfacción, entonces, aprovecho este momento de deleite y pregunto a quemarropa por qué, después de convertirse en campeón olímpico, derrotando incluso al vigente monarca, Manfred Wolke, en la Olimpiada de Múnich, su rendimiento descendió de manera vertiginosa.

“El problema fue que, increíblemente, las lesiones empezaron a golpearme de manera repetida, producto de esto la velocidad no era la misma de antes, con gran pesar preferí dejar lo que más amaba, el boxeo, para dedicarle tiempo a mi familia y a mi hijo, que también se iniciaba como boxeador”.

Luego de su retiro, participó como colaborador en Bolivia y la lleva a superar los resultados tradicionales del país en materia boxística, conduciendo  a sus pupilos a obtener medallas de diferentes colores en eventos Panamericanos y Centroamericanos: “Quise llevar la gracia del boxeo cubano a otra cultura del boxeo diferente a la nuestra y estoy satisfecho con el nivel que alcanzaron mis alumnos, incluso, recibí felicitaciones del presidente Evo Morales y una oportunidad de ampliar mi contrato, pero estar separado de mi isla querida era un sentimiento que no podía sostener más tiempo”.

Me despide con un apretón de manos y una palmada en la espalda, cuando sin previo aviso llega su esposa Ana, lo besa en la mejilla y ante la pregunta sobre qué opinión le merece su esposo, responde con la sonrisa en los labios. “Emilio Correa es mucho Emilio Correa”.

Pie de foto: La mirada de un campeón.

 



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