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CUANDO ME ACERCO A LA FRONTERA

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DINELLA TERESITA GARCÍA ACOSTA,

estudiante de primer año de Periodismo,

Facultad de Comunicación,

Universidad de La Habana.

Hay quien cruza la frontera de México con Estados Unidos todos los años. Yo cruzo otra todos los días.

La ropa los delata. El andar y la mirada también. Hoy no tienen qué servir en la mesa, pero el ron y el dominó para jugar en la noche, bajo la única luz que funciona en la calle, están garantizados.

Un solar en la esquina. Tres hombres discuten sobre pelota en el más puro lenguaje popular, mientras una maestra da repaso de Matemática en el portal de la casa.

Al cruzar la pequeña avenida, unos niños juegan fútbol en la calle, con una pelota desinflada y descosida, y una portería construida con hierros hallados en los escombros. Se siente la música. Mujeres y hombres bailan haciendo gala de sus raíces africanas.

El hedor y el polvo de las callejuelas, hechas más de tierra que de asfalto, anuncian la llegada al punto fronterizo. Las casas se suceden unas a otras, aprovechando al máximo cada espacio, para proveer de oxígeno a los 10 habitantes por cada nueve metros cuadrados.

Lo que pudiera llamarse el bisnieto del río Bravo es el área para cruzar la frontera. Bisnieto no solo por la diferencia de tamaño, sino también porque el agua no se toma, es empleada por los nativos para tirar sus desechos y ofrendas religiosas.

Desde la punta del puente se puede ver del otro lado, la nueva construcción de dos pisos y columnas de mármol, en tanto el dueño saca del garaje el Mercedes del año.

Los metros que aquí faltan para vivir, allá son parques llenos de árboles en los cuales los niños juegan al salir de la escuela. Las casas parecen salidas de una película, con perro y jardín incluido.

La historia sí tiene vela en este entierro. Un lado surgió como segunda oportunidad de vida para expresidiarios; el otro, como lugar de ocio para los ricachones de los años 50. Pero el tiempo ha pasado y estos barrios del Cerro se han ido mezclando.

En ambas partes, la basura acumulada en las esquinas provoca la misma indiferencia. Oshun visita los hogares. Los más jóvenes comparten aulas y los lazos crecen entre ellos. Unos y otros conviven ante la mirada de los guardias fronterizos. Por una parte, un busto de José Martí y por otra, los trabajadores de un puesto de reciclaje, que pasan el día en la puerta “arreglando el mundo”.

La Bestia, el P16, llega a mi parada. Atravieso el separador de Boyeros. Entro en el Reparto Martí. En 15 minutos estaré cruzando, nuevamente, la frontera con el Casino Deportivo.  



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