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HOMBRE PERFECTO… ¡SÍ HAY!

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MILENE MEDINA MARTÍNEZ,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Allí estaba él, siempre risueño al verme llegar o cuando decía la más mínima tontería. Cualquiera de mis ocurrencias de niña provocaba que una incontenible sonrisa se apropiara de su rostro.

Dicen que las madres son lo más grande que cualquier ser humano tiene, a quienes hay que agradecerles por habernos dado la vida, nuestras únicas amigas y esas que nunca nos traicionarán. Es cierto, pero mis padres, en esta línea, son iguales.

Mi papá también contribuyó a mi existencia. Es mi amigo y se encarga de repetirme desde que soy capaz de recordar que “el único hombre que nunca me será infiel en la vida se llama Antonio Medina”. Hasta hoy su palabra ha sido Ley.

Lo único que incumplió fue su promesa de permanecer por siempre a mi lado, protegiéndome. ¿Cómo es posible que lo haga si decidió viajar a 90 millas para buscar una “mejor vida”?

Durante 18 años se encargó de enseñarme todas las lecciones posibles, mas no fueron suficientes. Es injusto que no haya podido seguir disfrutando y aprendiendo de aquellas charlas nocturnas, de las cuales siempre nacía una moraleja.

Cuando pequeña, noche por noche, antes de dormir, llegaban los cuentos creados por su ingenio; luego la canción “Chamame a Cuba”, no podía faltar y no la cantaba una vez, sino otra, otra y otra, hasta que lograba alcanzarme el sueño.

Nosotros tenemos nuestro propio lema, ese que consiste en repetir cuatro veces el pronombre yo y terminar con un ¡TE QUIERO MUCHO!, prolongado, intenso y cargado de sentimientos reales. Me la enseñó cuando era bebé, y como los Versos Sencillos de José Martí, esta frase de mi padre persiste intacta en mi memoria.

Y sí, me consintió; pero nunca le falté al respecto o ignoré sus reglas. Jamás tuve la mala suerte de esas largas horas de penitencia. Era tan especial conmigo que la forma de agradecerle fue respetarlo en todo momento.

Mi padre no es como el resto, no es aquel que se aleja de los hijos dándolos por error o lanzándolos al olvido como si estuvieran fuera de su vida. La Tierra tiene la dicha de que pertenezca a este planeta y no a otro, y yo la de tenerlo como papá, como mi maestro.

Ahora está ausente. También los cuentos creados por su imaginación, el Chamame a Cuba, los regaños más tiernos, el abrazo y el beso fortalecedores. Solo me queda el recuerdo, y hoy vivo con la nostalgia de tener junto a mí a aquel hombre, que como padre, es perfecto.



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