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SE ME FUE DE LAS MANOS

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MARÍA CARLA O´CONNOR BARRIOS,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Muchas veces escuchamos a los adultos hablar sobre la difícil tarea que implica la paternidad, cuando los cánones de vida han cambiado y, la independencia más que un premio a la confianza y a la sensatez, ha devenido exigencia y reclamo de los jóvenes desde tempranas edades.

Precisamente, hace unos días escuché a una madre hablar sobre la irresponsable actitud de su hija adolescente, quien a duras penas culminó el 12mo. grado este curso, y no logró aprobar los exámenes de ingreso a la Educación Superior.

Lo peor, afirmaba, es que el  único objetivo de su primogénita era llevar una vida de ocio, que incluyera fiestas, novios, discotecas, maquillaje y, por supuesto, lujos y comodidades.

En medio de aquel discurso lleno de angustia, la señora dijo una frase que me impactó a tal punto que pasé el resto del día reflexionando al respecto: “No sé cómo ni cuándo pasó, pero la crianza de mi hija se me fue de las manos”.

El caso no es único. Frases como esa se escuchan en reuniones de padres, en conversaciones laborales y hasta en cualquier esquina donde se junten dos cubanos de mediana o avanzada edad, quienes aseguran que en Cuba “se han perdido los valores”.

Tales aseveraciones se esgrimen de forma epidérmica, sin analizar las causas del fenómeno y como consecuencia, no se tienen armas para entender o, al menos, canalizar lo que para ellos es un problema.

Nuestros abuelos y  padres han sido protagonistas en la edificación de un proyecto social revolucionario por el que fueron capaces de postergar muchos de sus sueños en aras de las necesidades colectivas de su tiempo; razón por la cual intentan a toda costa que los más jóvenes asuman sus mismas actitudes en un contexto que ya no es el mismo.

Asimismo, la dinámica de la época contemporánea ha relativizado la moral tradicional con tendencia al hedonismo, a la satisfacción de necesidades inmediatas y superficiales y, lo peor, esto ha sucedido ante los ojos de aquellos, sin que hayan podido evitarlo.

A la hora de hacer estos análisis no tienen en cuenta que las consecuencias del Período Especial y las influencias de un mundo globalizado han propiciado que no pocos asuman “el vale todo” como brújula de vida.

Lo que se califica como crisis de valores, según sicólogos y sociólogos, no es otra cosa que la desconfiguración de los patrones establecidos en relación con la moral, el pudor, el deber, los derechos, el respeto y otras normas de convivencia.

A esto habría que agregar el divorcio, las conquistas económicas y sociales de la mujer, el incremento de los hogares monoparentales y la convivencia de varias generaciones bajo un mismo techo, como causas de los cambios y modificaciones que ha sufrido la familia en su estructura y funcionalidad; y por tanto, la respuesta a por qué desde la raíz no exista una correcta formación de valores y juicios.

La doctora Patricia Ares, conocida especialista en el tema de la familia cubana, asegura que la procedencia o no de una familia no tradicional no define quién eres o serás como individuo ante la sociedad.

De igual manera, agrega que en un estudio sobre familias funcionales con hijos activos en la participación social y padres integrados, se pudo constatar que ello estaba determinado por el amor, el respeto y la reflexión con los hijos: “Tenían rituales familiares, espacios familiares, había tiempo para la familia. Y eso es lo que hay que defender para contrarrestar las deformaciones”.

Dijo José Martí: “La casa es como un manantial perenne, de donde se sacan fuerzas diarias y nuevas, siempre frescas; y siempre poderosas para la batalla de la vida”. Cuando hagamos entre todos surtir ese manantial, jamás se perderán nuestros hijos.



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