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DETRÁS DE LA ESTRELLA SOLITARIA

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MARIANA BRUGUERAS MÁS,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Ahí está, ondeando en instituciones, hoteles, calles, murales; también en eventos y actividades oficiales. Con ella presente y el Himno de Bayamo en marcha, ningún cubano escapa de la reacción en tantos momentos practicada: firmes, la miramos solemnemente y pronunciamos las estrofas compuestas por Perucho Figueredo.

En el frente de mochilas, camisetas, adornos y parabrisas también es frecuente encontrar la bandera cubana. Por años ha sido objeto de comercio y lucro en varios sitios del país, especialmente en las áreas con fines turísticos.

En medio de todo, no faltan quienes ofertan cualquier tipo de producto con el dibujo y colores de la bandera, cual patente corso de una venta segura o más exitosa. Esa práctica, de más o menos reciente data, tiene detractores y defensores cuando de juzgar se trata.

No es menos cierto que a los extranjeros les llama la atención y, como suvenir, compran ese tipo de objetos y accesorios. De modo que, con el desarrollo del turismo y como fórmula que ha resultado efectiva, cada vez es más frecuente que la bandera cubana, en diversas variantes, se pasee por la ciudad y más allá de nuestras fronteras.

No se trata tampoco de un proceder exclusivo de esta Isla, pues el mundo hace rato está al alcance de la mano en cualquier lugar del planeta. Podemos saber en tiempo real lo que acontece en el continente más opuesto. Y los usos y costumbres se mezclan en este universo global. Puede que en parte hayamos importado acríticamente a nuestra vida cotidiana algo de la apropiación de la insignia nacional que hacen otros pueblos y países.

Quizás por una cuestión de añoranza, cubanos establecidos en otros países se encuentran también entre los principales compradores y, en menor medida, lo hacen quienes residen permanentemente en la Isla.

De cualquier modo, es justo reconocer que la bandera, símbolo patrio que nos identifica y conmueve ondeante desde lo alto, se ha vulgarizado con ese uso excesivo que de ella se hace cuando se confina al identificativo publicitario y comercial.

El estandarte de la estrella solitaria ha dejado de ser el emblema de generaciones enteras de patriotas para convertirse en un referente que, en dependencia del accesorio u objeto en el cual se halle, en ocasiones puede hasta pasar inadvertido. Así se ha ido naturalizando su presencia fuera del asta tradicional al punto de resultar demasiado simple.

No es exageración. Alejado de su espacio natural, el símbolo de todos los cubanos se está desprestigiando cada vez más con mayor fuerza, más allá de las razones, justificadas o no, que predominan entre los comerciantes. Para ellos solo es dinero, no reparan en que se aprovechan de la bandera. Ese es el momento en el cual los sentimientos por la patria se dejan de lado y salen a la luz los de supervivencia.

Es importante, sin embargo, que intentemos rescatar el contenido solemne  y el valor primero de nuestras franjas azules y blancas, de nuestro triángulo rojo con la estrella solitaria. Esos elementos sintetizan el ideal de todo un pueblo y el sentimiento de una nación que se pensó y fraguó a sí misma. Necesitamos sentir, también, que conservamos, cuidamos y veneramos hoy nuestro pabellón nacional, el que ha costado luchas intensas en momentos de opresión, pero nos llena de orgullo cuando nos identifica como cubanos y cubanas.



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