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RAÍCES Y TRONCO DE UNA HISTORIA DE AMOR

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MARÍA CARLA O´CONNOR BARRIOS,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Cuentan que un guarda vecinos de madera tejida coronaba el muro que separaba las casas de Marcelino y Emilio, quienes, sin conocerse, habían emigrado por la misma fecha dejando atrás Candamo y La Reguera en la lejana Asturias, cuando los leyendas de viajeros sobre las bellezas y bondades de la isla de Cuba no dejaban de escucharse en las tabernas pueblerinas.

Los más jóvenes, sin pensarlo dos veces, llenaron sus jolongos con la poca ropa que por aquellos días tenían, abandonando la sucia y  curtida por la labranza de la tierra.

Sin percatarse, cargaron también con la nostalgia por el terruño que siempre los acompañó a pesar de agradecerle a la vida aquella decisión de lanzarse al mar y fondear en una de las costas del Caribe.

La Habana, su puerto y la esperanza los recibieron en el recién nacido siglo XX. Los cubanos de entonces andaban inconformes, iracundos, porque tras vencer en la manigua después de 30 años de lucha al más fuerte ejército colonial de la época, el gobierno de los Estados Unidos les arrebató la victoria y con ella, la añorada independencia.

Nada de eso les importaba a Emilio y Marcelino, sólo querían triunfar y echar raíces. No hay que culparlos por ello.

Carmen Julia y María de Jesús fueron las criollas con que compartieron sus vidas. La primera, una mujer adelantada a su tiempo, divorciada y enfermera obstetra por título, pero por práctica, comadrona de los más humildes que requerían sus servicios a cualquier hora del día o de la noche, en los pequeños poblados aledaños a la villa de Guanabacoa.

María se parecía más al modelo de esposa y madre de entonces. Sólo tender las camas de los siete hijos y acomodarles las ropas en sus diferentes espacios, merecía un sueldo especial, a pesar de haber aportado la pequeña fortuna heredada de sus padres que Marcelino multiplicó varias veces.

Emilio y Marcelino tuvieron la altura de trasmitir a su prole los valores de decencia y agradecimiento al país que sin ser su Patria, les dio cobija sin pasarles la factura por ser coterráneos de aquellos que cinco siglos antes la habían conquistado, esclavizado y saqueado.

Por azares del destino, la vida de esos dos asturianos emprendedores y laboriosos se entroncaron, gracias al amor que desde los nueve años y hasta la muerte se profesaron Haydeé y Manolo, sus primogénitos: mis bisabuelos.

Ellos, a diferencia de sus hermanos, no recorrieron a la inversa la travesía de sus padres, cuando en 1959 tomaron la decisión de que era este y no otro, el lugar donde criarían a sus cuatro hijas.

Esos son mi tronco y mis raíces: los que me permiten escribir hoy sin haberlos conocido a todos, pero a quienes imagino a la sombra de aquella enredadera de picualas roji-amarillas, que arropaba por igual los patios de las casas de Marcelino y Emilio, separadas por un guarda vecinos tejido de madera fina.



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