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SEGUIR UN SUEÑO

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Tras cinco décadas como educadora, Julia Suárez Barreiros siente orgullo por dedicarse a la formación de futuros profesionales.
    
Texto y foto:
EDILMARYS AJETE NARANJO,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de la Habana.

A sus 65 años de edad, Julia Suárez Barreiros recuerda cómo fueron sus años de maestra. Cuenta con emoción que esa era su pasión de niña y siempre enseñaba cuando jugaba a la escuelita con las pequeñas del barrio.

Su decisión y voluntad para hacer lo que se necesite la llevaron en 1963 a Minas de Frío, en la Sierra Maestra, donde inició estudios como parte de una convocatoria para formar maestros de primaria.  Allí estudiaban magisterio mientras ayudaban a los residentes del lugar.

Con un poco de melancolía recuerda las vivencias en las montañas de la Sierra, lo bien que pasaron aquella etapa, a pesar de estar lejos de casa, y algunas anécdotas interesantes sobre su estancia.

“Como estábamos tan alto, todos los días por la tarde las nubes se acercaban, pero había una que bajaba mucho. Le decían I-4 porque pasaba casi siempre a la misma hora como una guagua, y se metía dentro del campamento. En ese momento la niebla no nos dejaba ver qué había a nuestro lado y por los altavoces nos orientaban quedarnos en el lugar hasta que se despejara. Te podrás imaginar cuando te agarraba de improviso: ¡Vaya Dios a saber por dónde andabas!”

Una sonrisa da la idea de que en ese instante está en la máquina del tiempo de regreso al lomerío, y recordará cosas maravillosas vividas por esos días. Su brigada se llamaba Antón Makarenko y después estuvieron en Tope de Collantes y Tarará.

¿Por qué Makarenko? Se acomoda en su silla e inicia una larga explicación mientras limpia sus espejuelos: “Fue un pedagogo soviético que, al término de la Segunda Guerra Mundial, creó instituciones para formar a jóvenes y adolescentes que quedaron desamparados tras la catástrofe vivida en los países euroasiáticos. Anteriormente, con el triunfo revolucionario, se tomaron medidas como la Campaña de Alfabetización y surgieron las brigadas Manuel Ascunce, Conrado Benítez y Frank País. Las brigadas Makarenko eran la continuación del proceso alfabetizador”.

La generación de profesores “Makarenko” llevó a las aulas una enseñanza centrada principalmente en la formación profesional de sus estudiantes, pero también trató de ser el sostén afectivo de esos niños que tenían dificultades en el seno familiar.

“No éramos malos maestros, sólo un poco estrictos. Teníamos una sólida formación político-ideológica que transmitir a los estudiantes. Nos enseñaban valores éticos y patrióticos, e intentábamos hacer de nuestros alumnos ciudadanos íntegros que defendieran la Revolución. Logramos una estrecha relación maestro-alumno, pero le exigíamos disciplina, compromiso y responsabilidad ante los estudios.

Al graduarse los ubicaron en diferentes centros educacionales. A ella le tocó la escuela José Martí en la Habana Vieja. “Mi primera experiencia como maestra fue un sistema que había para niños con atraso escolar, no mental, niños repitentes en un aula quinto-sexto, que se llamaban así porque impartíamos simultáneamente materias de ambos cursos”.

Julita, como le dicen sus compañeros de trabajo, se desempeña ahora como gestora de atención a estudiantes universitarios en el Ministerio de Educación Superior. Siempre respetó su profesión porque amaba lo que hacía y sus estudiantes sacaban lo mejor de ella: “Nunca falté el respeto a ninguno de mis alumnos y me siento feliz de haber elegido esta profesión que ve su fruto en el desarrollo próspero de la sociedad”.

Pie de foto: Aunque ya no está en el aula, el arte de enseñar la acompaña a diario.



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