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DEVORADOR DE HISTORIAS

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Néstor Rodríguez durante 70 años se ha dedicado a la recopilación de los hechos más relevantes ocurridos en Bacuranao.

Texto y fotos:
KARINA RODRÍGUEZ MARTÍNEZ,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Al despertar cada mañana, Néstor Julio Rodríguez Ávila prepara el tradicional café cubano y dialoga acompañado de sus amigos, los locutores de radio, sin que ellos se percaten del gran interlocutor que acude todos los días a su encuentro.

Dos o tres cucharadas de azúcar complementan su taza de café. La liturgia comienza: ve pasar frente a su portal, la vida; poco a poco, van cargándose las baterías, la sustancia invade su cuerpo y entonces inicia el día.

Un original de Servando Cabrera Moreno, la pequeña Mona Lisa, un retrato de Rubén Martínez Villena, la vieja máquina de escribir, las Obras Completas de José Martí, Los miserables, innumerables tomos de poesía de los clásicos poetas latinoamericanos adornan su casa en Bacuranao, o mejor dicho, el museo que brinda abrigo a Néstor, como es conocido en este pequeño pueblo, perteneciente al municipio de Guanabacoa.

“Estudié Filosofía en la Universidad de La Habana hace muchos años, pero cada vez que estoy frente a la escalinata lloro, me mantienen atado muchos recuerdos a la Casa de Altos Estudios”.

“Al terminar mi carrera en 1940, comencé a recopilar la historia de Bacuranao. Los pequeños apuntes se convirtieron en cientos de páginas llenas de narraciones gloriosas, ocurridas en el poblado. La tarea iniciada sin pretensiones fue trasformada en una hermosa responsabilidad”, afirmó mientras su voz naufragaba en un mar de recuerdos.

“El trabajo no ha sido fácil”, rememora mientras cierra los ojos para que en su mente se dibujen las peripecias acaecidas durante el ejercicio de su labor: “Muchos me creían loco, porque pesaban que en el pueblo no había nada que contar. Estas circunstancias no me detuvieron, de haberlo hecho, fuera mi mayor arrepentimiento”.

La casa de Néstor es como una segunda escuela. Todos van allí para nutrirse con la historia y los interesantes relatos contados por el anfitrión. No hay tema que se escape de una reflexión, aunque sea pequeña, por parte de este lector insaciable, pues confiesa haber encontrado en la lectura su arma más poderosa.

“Todo lo que investigo se lo confío a mi eterna amante, la biblioteca local. Ella es sumamente exigente y, cada día, me pide más y mejor información. La satisfacción más grande que puedo experimentar, radica en ver cómo mi trabajo se ha convertido en un material útil”.

Los que han vivido más primaveras, al oír su nombre no piensan de la misma forma. Néstor para ellos aún sigue siendo aquel muchacho de gran corazón, vendedor de helados. Lo imaginan con su improvisado carrito, de un lado a otro, deseoso de obtener buenas ganancias, porque su objetivo era compartir el dinero entre los niños más necesitados, para que pudieran ir a la escuela.  

“Muchos todavía me agradecen cuando en 1961 realicé varias gestiones en el Instituto de Recursos Hidráulicos para lograr la construcción del acueducto de la localidad. -¡Ahora sí hay agua en el pueblo, ya podemos botar los cubos!, decían eufóricamente todos los vecinos”, evoca con una amplia sonrisa y el deleite por el deber cumplido.   

“De mi querido pueblo me gusta todo, sus antecedentes, el predominio de la honradez, la virtud, la hospitalidad con los visitantes, los grandes amigos, las charlas matutinas, los niños que corren a lo largo de las calles, el olor del rocío que cae frente a mi portal cada mañana y, por sobre todas las cosas, su historia. ¡Eso es mi Bacuranao!”.

Pie de foto: Néstor Julio Rodríguez Ávila, hijo ilustre de Guanabacoa e historiador de la localidad de Bacuranao.



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