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EL HECHIZO DE UNA DANZA CENTENARIA

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La función de El lago de los cisnes, realizada el pasado 22 de abril e interpretada por bailarines nacionales, demostró la técnica y el dominio que caracterizan las presentaciones de estos artistas.

Texto y foto:
GABRIELA SÁNCHEZ PÉREZ,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Nuevamente, los integrantes del Ballet Nacional de Cuba (BNC) encarnaron los roles de campesinos, príncipes y princesas en la versión realizada por Alicia Alonso al clásico de la danza El lago de los cisnes, adaptación que responde a la estructura de tres actos y un epílogo con el fin de desarrollar la pieza de manera más fluida y acorde con las exigencias de la escena contemporánea.

Durante esta función, realizada el pasado 22 de abril (2016) en el Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso, los artistas mostraron la calidad del ballet cubano mediante la historia de romances y hechizos que envuelve a las doncellas-cisnes en un reino embrujado donde el poder del amor entre Odette y Siegfried deberá romper los mágicos conjuros.

En los minutos iniciales de la gala destacó la presentación del bailarín Alex Yordano, en el papel del bufón, gracias al empleo de varios saltos elevados y rotaciones en-dehors (rotación externa de las piernas), en las cuales brilló la precisión de sus movimientos.  

Asimismo, impactaron los más de diez giros a través del tablado de Adaris Linares, en el rol de una de las campesinas, por la complejidad de las secuencias y la limpieza con que se ejecutaron. Otros elementos que, aunque de menor dificultad, también demostraron la destreza de los artistas fueron sus expresiones durante las escenas para lograr la integración drama-baile que requiere este ballet.

Pero el mayor atractivo de la obra fueron la rápidas conversiones de Anette Delgado en los papeles de Odette y Odile para simbolizar al cisne blanco y el negro, la dulzura y la maldad, personajes que solo convergieron en las pirouettes de una misma representante.

También obtuvo méritos el bailarín, Dani Hernández, quien interpretó al príncipe Siegfried y mostró su ímpetu por el arte de las zapatillas de punta al deslizarse por las tablas con varios trazos y giros para enaltecer  la figura de su compañera, Anette Delgado, en el escenario.

Las manos con las muñecas curvadas, los port de bras (suaves movimientos con los brazos) y el elegante plumaje  de los vestuarios transformaron a las artistas en verdaderos cisnes en su lago, donde resaltó la ejecución del pas de deux (paso en pareja) protagonizado por Hernández y Delgado, durante la representación de Siegfried y Odile, respectivamente, debido a las difíciles secuencias de sautés sur les pointes (saltos sobre las puntas) que incluye la rutina.

Ese fue el momento de mayor brillantez para la primera bailarina del  BNC, pues demostró gran equilibrio y delicadeza durante la práctica de los famosos 32 fouettés (giros sobre una pierna, impulsándose con la otra) del tercer acto. Elemento que fue introducido por primera vez en 1894 por la italiana Pierina Legnani, y que aún constituye un momento esperado por los espectadores para calificar el virtuosismo de sus intérpretes, según expone la especialista Célida Villalón en su texto Historia del ballet El lago de los cisnes.

En el vals de las singulares aves también sobresalió la actuación del cuarteto que desarrolló el pas de quatre (paso de cuatro) en el que se desplegó al máximo la sincronización de los movimientos de las artistas con las melodías. No obstante, en el caso de los bailes napolitanos y españoles del tercer acto, las rutinas evidenciaron una menor grandeza artística debido a la presencia de algunos detalles de coordinación entre los danzantes y el ritmo de la música.

Mientras, el trabajo en la escenografía de la primera parte de la gala logró trasladar a la audiencia hasta los jardines del castillo real, mediante el empleo de una iluminación cálida y la combinación de los colores verde y marrón, para destacar el contrastante de los vestuarios con los matices campestres de la escena.

Igualmente, el segundo acto sorprendió desde la apertura de sus cortinas con una miscelánea de tonos azules y blancos que convirtió las tablas en el reino de las jóvenes-cisnes, donde se evocó el dinamismo de los movimientos a través de posiciones en forma triangular y diagonales, aspectos que también destacan las diferencias de la adaptación de la prima ballerina assoluta con respeto a la obra original de los coreógrafos Marius Petipa y Lev Ivánov, de nacionalidad francesa y rusa, respectivamente.

Otro elemento importante a resaltar fue la presencia de las melodías de la composición 20 de Chaikovski, interpretadas por la Orquesta Sinfónica del Gran Teatro de La Habana, que acompañaron los trazos de los artistas en el tablado y lograron transmitir, más que con palabras, la trama de la pieza por la utilización de varios instrumentos de cuerda y de viento que otorgaron a los actos sensaciones de angustia o alegría, según las situaciones expuestas.

Pero las verdaderas estrellas del lago en esta ocasión fueron la técnica y el dominio con que los integrantes del BNC desarrollaron un ballet que, aún después de 139 años de su estreno, constituye una obra maestra de la danza teatral.

Pie de foto: Las posiciones en forma triangular y diagonales destacan las diferencias de la versión de Alicia Alonso, respeto a la obra original de El Lago de los cisnes, realizada por Petipa e Ivánov.



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