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UN HIDALGO IRREAL SOBRE LAS TABLAS CUBANAS

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Aunque para el dramaturgo Jorge Díaz, el Quijote no exista, el público aprecia sobre la escena un personaje bien representado en la voz y cuerpo de Manuel Chapuseaux.

LISDANYS ALFONSO RIVAS,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

El Quijote no existe, obra teatral escrita por el dramaturgo chileno Jorge Díaz, se estrenó en el escenario cubano con la actuación de Manuel Chapuseaux, director del grupo dominicano Gayumba. Calificada de monólogo unipersonal, la misma posee valor psicológico e introspectivo mediante la intervención de un solo actor, intérprete de varios personajes.

Consonante en la relación público-actor-autor teatral, la producción artística de la obra equilibra el goce estético del espectador, quien capta, mediante sus emociones, un mundo de ficción válido en la proyección sentimental del protagonista.

En ello influye también el montaje escénico de una pieza basada en El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, la primera novela moderna que muchos críticos -entre ellos el investigador español Francisco Pérez de Antón- catalogaran como “una de las mejores obras de la literatura universal, además de ser el libro más editado y traducido de la historia después de la Biblia”.

Es la reflexión de una realidad fragmentada en partículas de ficción, donde la ironía del actor condiciona el carácter burlesco en cada personaje de su encarnación transitiva. Sin embargo, no pierde la independencia de su singularidad en los roles correspondientes a las circunstancias de la trama.

Todas las interpretaciones de la historia convergen en voces y gestos simultáneos a la emisión del texto. Un presentador de televisión, un psiquiatra, el editor Francisco de Robles (que en la puesta toma el nombre de Valerio) y el propio Cervantes, comparten armónicamente la escena en la expresión corporal de una sola persona: Manuel Chapuseaux.

Asimismo, casi imperceptiblemente, Don Quijote y Sancho Panza cobran vida en el escenario: solo una minoría palpa su sutil existencia. No obstante, esa ausencia de análisis en el espectador no debe juzgarse, pues la obra pretende  ̶ según la técnica teatral del dramaturgo alemán Fernando Wagner̶ producir en una expresión dirigida más a su sensibilidad que a su intelecto.

El reflejo de trasformaciones obligatorias en la novela cervantina para ajustarla a determinados prototipos literarios, la precariedad material y las complejidades en las políticas editoriales constituyen problemáticas sociales imperantes en el contexto histórico del escritor, aún vigentes en la realidad de autores contemporáneos.

Las mismas son concebidas bajo la denuncia explícita. Del mismo modo, la distorsión de la realidad literaria de un Cervantes frustrado al percibir una reinterpretación ajena de su creación artística: de ahí el nombre de El Quijote no existe. Y en medio de la discordancia entre el antes y el después del sentido real de sus letras, el espectador se balancea sobre la curva continua de ilusión-desilusión-engaño-desengaño, como todo teatro fiel a la Teoría de la ilusión.

La puesta en escena se equilibra con la unidad de tres factores sustanciales: la expresión plástica, la verbal, junto a la ambientación de una escenografía minimalista. Además, recursos de caracterización externa apoyan el desarrollo individual del actor con la prevalencia de un maquillaje discreto y vestuario sencillo, presto a la descripción interrumpida de los personajes.

Para crear el estilo y el ambiente de la escenificación, los elementos se utilizan desde la técnica del reciclaje, dotándolos de nuevas funciones para su manejo en las tablas. En efecto, objetos de utilería fija y de mano: una mesa, un cajón, y papeles que emplea el actor a través de significaciones circunstanciales tales como manuscritos, copas, botellas, o bien sea para representar una escena de títeres referida al capítulo de la novela de Cervantes sobre la alta aventura y ganancia del yelmo de Mambrino.

Por otra parte, las formas usuales de escenografía en la obra destacan un decorado permanente, sujeto a cambios parciales y fáciles de ejecutar, así como la existencia del inset, forma práctica correspondiente a escenarios estrechos y exentos de recursos técnicos.

Sin embargo, la ausencia de iluminación en la puesta escenográfica desfavorece su consonancia con la atmósfera teatral, y por consiguiente, deja desprovisto al auditorio de una preparación para recibir la acción actoral. Además, prevalece el balance asimétrico como ley primaria del espacio escénico, visto desde la desproporcionada distribución de elementos en el proscenio.

No obstante, la bien lograda interacción entre público y actor derrumba la “cuarta pared” invisible a los ojos, pero muy frecuente en el arte de las tablas, con la que la independencia individualista de la actuación interrumpe la comunicación directa con el espectador. El monólogo refleja en el oyente una catarsis provocada por la compasión y el miedo.

Así, en medio de un Quijote que tiene tanta utopía como realidad, Manuel Chapuseux hace sentir en la escena cada emoción que dicta la obra. Un deleite de cincuenta y cinco minutos, tan creíble, como la existencia misma del ingenioso hidalgo en otra piel.

Pie de foto: La obra integra el catálogo de actividades perteneciente a la Temporada Mayo Teatral y homenajea los 400 años de la muerte del escritor Miguel de Cervantes.



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