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MECÁNICA SIN PORTAZO

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La obra teatral, dirigida por Carlos Celdrán, aborda un fenómeno que cada vez toma más fuerza en nuestro país: la presencia de un sector social seudo-burgués que incide directamente en las relaciones entre los hombres.

SERGIO FÉLIX GONZÁLEZ MURGUÍA,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.
Foto: JESÚS DARÍO ACOSTA.

Para nadie es un secreto que el noruego Henrick Ibsen marcó un hito en la historia del teatro con su obra Casa de muñecas, pero a más de un siglo de su estreno en 1879, la historia mutó y salió nuevamente del papel para transformarse, esta vez, en Mecánica, una creación del escritor Abel González Melo, quien repite el dulce sabor del éxito con el director teatral Carlos Celdrán y los actores de Argos Teatro.

Por lo visto, Melo ha querido apartarse de la rutina marginal en que lo sumergían otras conquistas de las tablas cubanas como Chamaco y Talco, también con Argos, para mostrar otro rostro de la sociedad de la Isla, con nuevas circunstancias y condicionantes que caracterizan a un grupo que surge con una interesante “mecánica”, al cual el escritor no ha pretendido estigmatizar, sino mostrar tal como es: con sus conflictos, miedos, e incluso dificultades.

El matrimonio clásico ibseniano experimenta un cambio de roles. En Mecánica, la mujer lleva las riendas, tiene el poder de decisión y representa un modo de vida matriarcal en el que el hombre, “hijo de papá”, se limita a someterse, vivir bien y derrochar el dinero que con “tanto trabajo” la gerente de los hoteles Gran Cuba, su esposa, consigue cada día.

No han sido pocos los espectadores impactados con semejante cambio de papeles, que responde a un flirteo entre el autor y su público, pues de lo contrario la historia sería obvia y carente de atractivo.

Además, para hacer aún más interesante la trama, los principios de inercia, fuerza y acción-reacción, según Melo, “son la esencia de la interrelación de los personajes, los cuales responden a las leyes de Newton, donde existen efectos muy similares a los postulados del físico inglés”, aunque esta vez se aplican a los modos de actuar de cada personaje.

Constantemente, Mecánica somete a la audiencia a un juego del pensamiento que comienza cuando el espectador entra en la sala, toma asiento y lo único que observa es una plataforma superpuesta al escenario original, con un diseño moderno, blanco e impoluto que da la impresión de lujo y confort, para reflejar el estatus social de sus protagonistas; así como la altura correspondiente a la suite de un hotel donde se desarrollan los hechos.

Esta “jaula lujosa” constituye el primer narrador de la historia, pues contextualiza la obra con una mirada inicial del público asistente, quien además observa un set con muebles que pueden ser movidos con facilidad por los actores, lo que aporta dinamismo y sencillez para transformar el espacio en dependencia del momento.

Es una historia donde los intereses valen más que los sentimientos. El amor pasa a un segundo plano y sale del cliché de Romeo y Julieta, porque la esencia radica en el conflicto psicosocial de los personajes, como lo plantea Ibsen en su afán de mostrar cómo actúan estos grupos sociales y por qué se comportan de forma tan arrogante.

Cada personaje es esencial en el desarrollo de la historia, desde la frescura aportada por la actitud de la actriz Yailín Coppola (Linda Kristin), hasta la tensión generada por el villano Carlos Rogbar, quien resulta no ser tan malévolo, pues vemos en él un subalterno que solo pretende mantener su trabajo para dar una vida digna a su familia, aunque con métodos para nada ortodoxos.

Las actuaciones de Yuliet Cruz (Nara Telmer) y Carlos Luis González (Osvaldo Telmer), como de costumbre, transmiten toda la fuerza del momento en el que el hombre sumiso enfrenta a la esposa dominadora, como sucede en la obra del dramaturgo noruego a la inversa.

Sin embargo, existe un segmento de la trama que tal vez debió tratarse diferente. El personaje que encarna la actriz Rachel Pastor, la doctora Katia, quien mantiene una relación amorosa con la protagonista, es una mujer que presenta una participación sin sentido lógico en la trama. Más allá de justificar la dureza del carácter de su amante, Katia desarrolla una actividad desconcertante en la obra, lo que hace un poco difusa la historia en algunas ocasiones.

Está claro que la perfección es inalcanzable, entonces semejante detalle no empaña la “mecánica” de Celdrán y Melo, pues su función de captar el comportamiento a aquellos nuevos ricos y analizarlos a cabalidad, sigue ganando adeptos desde el estreno de esta probada joya del teatro cubano en mayo de 2015.  

Cada aspecto técnico es fundamental para apoyar la forma de narrar la trama. Las luces, a cargo de Manolo Garriga, aportan un lirismo sublime y con un toque burlesco en la primera parte de la obra, pues pretenden dar la imagen relajada y despreocupada de la vida del burgués en su encierro dorado; sin embargo, en el segundo fragmento, vemos como la iluminación se torna más oscura y dramática para dar,  tal vez, una impresión de vacío y amargura.

Mecánica, aunque reproduce una historia del siglo XIX europeo, demuestra actualidad y compromiso con la realidad del pueblo cubano, quien tal vez espere un portazo que, para sorpresa de algunos como Ibsen, Osvaldo Telmer no dará.

Pie de foto: Mecánica fue elegida para representar a la compañía Argos Teatro en el Mayo Teatral de 2016.



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