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LO QUE ESCONDE EN EL BOLSILLO LA CADENA

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En La Habana ya se exhibe Leontina, la última película de Rudy Mora, una muestra que impresiona por su estética, y no tanto por su contenido.

DARIEL PRADAS VARGAS,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

El segundo largometraje del realizador cubano Rudy Mora, Leontina, impacta al público, con cierta singularidad estilística dentro de la más reciente filmografía nacional, a apenas una semana de haberse estrenado en la pantalla de la capitalina sala Chaplin.

Resulta que este, nuestro cine insular, se ha estado moviendo dentro de nuevas corrientes del realismo a partir de los noventa –ya sea desde el miserabilismo, o se vea un dilema meramente contestatario–, como si todavía necesitáramos la influencia del neorrealismo italiano del segundo tercio del siglo pasado.

Por eso, Leontina innova con su estética, valiéndose de la fotografía y el propio guion, y se encamina hacia un espacio surrealista, en juego constante con la semiótica de los colores; sin embargo, el discurso se presenta de parecidas maneras a la de sus precedentes más frescos del Icaic y hasta de los llamados independientes, unas veces dogmáticas o constructivistas, otras, aparentemente “esclarecedoras”.

La trama despega con un secuestro y un concurso de artes plásticas, donde seis niños coinciden y conforman la tropa de amigos que, a lo largo de la cinta, será la protagonista de todas las aventuras: típico del género infantil.

En medio de la competencia, uno de ellos derrama el pote de pintura azul y queda descalificado el grupo entero. Si quieren continuar en el certamen, los muchachos se verán obligados a escapar del campamento y buscar ese color en El Legionario, una tienda situada en el único poblado de los alrededores, Palma Blanca.

Al llegar al pueblo, descubren habitantes exentos de “voz”, con extraños comportamientos, sin posibilidad de reír. Entonces la meta de los muchachos ya no será simplemente buscar un determinado color, sino iluminar, con todos los posibles, la pesadumbre del lugar causada por el régimen de Los Magníficos.    

Este es otro filme como los que últimamente han inundado los cinematógrafos del archipiélago: películas de protagonismos infantiles, pero con contenidos para adultos –Conducta, de Ernesto Daranas; Cuba libre, de Jorge Luis Sánchez; Esteban, de Jonal Cosculluela; hasta la ópera prima de Mora: Y, sin embargo… –. A la par, trillada en demasía, facilona tantas veces, otra vertiente se ha afincado entre no pocos realizadores noveles y establecidos, e incluso en extranjeros que encuentran en Cuba el escenario ideal para sus obras: el argumento homoerótico y transexual.

Leontina, como reconoció su autor en conferencia de prensa antes del estreno el 21 de junio (2016), está concebida para públicos de múltiples edades y nacionalidades. No obstante, un espectador imberbe probablemente contemplaría una película muy distinta a la de un adulto: el primero, identificándose con el lenguaje y los móviles infantiles que adopta la estructura central de la trama; el segundo, comprometiéndose con el discurso, en ocasiones panfletario, que enjuicia la realidad contemporánea tanto cubana como universal.

La fotografía, dirigida por Ernesto Calzado, se distingue por constantes movimientos de cámara y cambios de ángulos y planos dentro de una misma escena, que recuerdan la estética del video clip. Bien sustentada con el proceso de edición a cargo de Octavio Crespo. No hay nada fortuito. De hecho, Mora ha elaborado más de 100 audiovisuales de ese género.

Mientras, la banda sonora de Juan Carlos Rivero, confiere la limpieza que, por momentos, no logran entregarle los fotogramas a la atmósfera narrativa que aspiró el guion original, escrito por el propio director, en compañía de Cary Cruz.  

Leontina cuenta con un espectacular elenco: Corina Mestre, excepcional y aterradora en su papel de Trifonia, junto a Fernando Hechavarría, Hilario Peña, Michel Labarta (el resto de Los Magníficos), Blanca Rosa Blanco en una faceta inexpresiva, inusualmente vista en ella, y un Jorge Alí que demostró poder, por qué no, interpretar también papeles de “bueno”. Ellos, junto a los seis niños –entre los que se encuentra Olo Tamayo, el Lapatún de Y, sin embargo… –, constituyen los roles protagónicos.

Mora, responsable de las acertadas teleseries Doble juego y La otra cara, confesó que Leontina debió ser su primer largometraje, pero que la posproducción aplazó cuatro años el estreno. Ciertamente, casi toda la escenografía se construyó utilizando la pantalla verde de recorte de imagen y efectos especiales computarizados que, a su gracia, pasan inadvertidos por el espectador.

Lo mejor es el final, impredecible y a la vez inevitable, un vuelco a los roles de buenos y malos: un desenlace que un niño jamás entenderá.

Para la periodista Paquita Armas, en su artículo Leontina: un canto a la libertad espiritual, la película “es un canto contra la coerción de la palabra y los sueños, el poder de unos pocos que quieren destruir las ansias de otros y la lucha de esos otros”. Para Mora, es “una crítica a la rigidez, a la individualidad y al oportunismo”, mientras el cartel del filme, según su eslogan, dice que “quien juega quiere ganar”.

Para este opinante, Leontina es, como reza la Real Academia de la Lengua, una cinta o cadena colgante de reloj de bolsillo. No más.

Pie de fotos: Rudy Mora y su equipo de realización utilizaron durante el rodaje, en Santa Cruz del Norte, alrededor de 300 niños como extras.



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