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MANOS DE PIANISTA, OJOS DE ÁGUILA Y CORAZÓN DE LEÓN

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Juan Correa Vera, cirujano del Hospital “Ciro Redondo García”, de Artemisa, lleva 46 años salvando vidas dentro y fuera de Cuba.  
    
ERIKA ALFONSO VILLAR,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.
Fotos: Autora y cortesía del entrevistado.

Con apenas 29 años, José Ramos Machado creía que se acercaba el final de su vida por el abrupto retroceso de su salud. Estar desde la infancia postrado en un sillón de ruedas con encefalopatía, hipertensión, distorsión abdominal y torácica, además de un trastorno de vesícula que le impedía comer cualquier alimento, eran las razones de su desconsuelo. En el municipio pinareño de Guane, muchos conocían el sufrimiento de la familia de José, sobre todo, cuando la Comisión Quirúrgica de Alto Riesgo del Hospital “Abel Santamaría” dio el caso como inoperable por la deformación de su cuerpo.

Un golpe de suerte apareció en su vida. Conoció a Juan Correa Vera, en ese momento cirujano de dicha institución médica. “Desde que lo vi, supe que debía operarlo aunque fuera difícil, pues al tener desviación en la tráquea necesitábamos un tubo endotraqueal curvo y no lo había en el hospital. Hablé claramente con la familia y ellos lo arriesgaron todo, como yo, porque si la cirugía salía mal podía perder mi título”, relata el especialista.

El pasillo del salón de operaciones estaba más concurrido que de costumbre. Familiares y amigos vinieron desde Guane para despedir a José, en caso de que la intervención fallara. Según los médicos, existía un 99 por ciento de probabilidades de que no la rebasara.

“Asunto de vida o muerte” fue el título del periódico Guerrillero en su edición del 7 de febrero de 1997 para narrar el caso. En 10 minutos, el doctor Correa extirpó la vesícula obstruida por 12 cálculos. La recuperación sería decisiva, pero en solo 48 horas Martha llevó a su hijo de vuelta a casa.

“Hoy, después de 19 años, José sigue vivo y goza de buena salud. No existe regalo más grande que tenerlo a mi lado. Le agradezco su vida al doctor Correa, quien nunca dudó en afrontar ese reto tan complejo. Puso la vida de un desconocido por delante de su carrera profesional”, dice Martha Machado Valdés.  

Entre dos vidas

Agradecida eternamente estará Martha de este cirujano, nacido el 7 de enero de 1945 en el Valle de Isabel María, cerca del territorio vueltabajero de Viñales. Correa fue uno de los primeros en esa localidad en estudiar para obtener el sexto grado. Cuando llegó a la Superior -hoy secundaria básica- limpiaba botas y vendía guayabitas del pinar para la compra de los libros y el pago diario de los viajes hasta Pinar de Río.

Al terminar esa enseñanza, cursó el bachillerato en el campamento de Tarará y después matriculó en Medicina. “Empecé a estudiar en 1963 en la capital. Con el tiempo me alisté en las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) y empecé a estudiar en el Hospital “Carlos J. Finlay”. Siendo aún estudiante me integré al equipo quirúrgico y al graduarme en 1970, opté por la especialidad de Cirugía”.

Del primer matrimonio, con Ulpita Marrero Martínez, nacieron su hija Gianni y su hijo Lucky. Para Correa ambos son la razón de su vida, “el regalo más grande no es ser cirujano, es ser padre”. Gianni Correa Marrero, la hija mayor, tampoco concibe vivir sin él. A pesar de tener su familia en Matanzas, siempre encuentra un espacio para verlo y demostrarle lo mucho que lo quiere.

Con Lucky, Correa tiene una estrecha relación, a pesar de que nunca pudo aceptar que dejara su carrera de Estomatología y fuese a vivir a los Estados Unidos. “El tronchó su futuro. Aquí no tendrá los lujos que hay allá, pero esta Revolución le ha dado todo. Yo sí que no voy a traicionarla por nada”, revela Correa con ojos entristecidos.

Llevar la vida de padre y esposo, junto a la de médico y militar, siempre le costó sacrificio a Correa, pero trataba de no descuidar sus responsabilidades. En 1978 partió hacia una maniobra de las FAR en Matanzas. En medio del ejercicio, un soldado tuvo un fuerte dolor abdominal que resultó ser una apendicitis aguda. Cuenta que hubo que intervenirlo de urgencia en el salón de operaciones especializado para trabajos en campaña.  

Él guarda celosamente una deteriorada página del semanario Girón, que no precisa fecha, en la cual se evidencia que esa fue la primera ocasión en que se utilizó un equipo quirúrgico de campaña en Cuba. Fue enviado desde Alemania y contaba con instrumentos suficientes para atender 12 casos en 16 horas.

Un suceso que marcó su historial médico fue la operación de tórax y vesícula, mediante la técnica de rayos láser, en el Hospital “Mario Muñoz Monroy” de Matanzas, el 11 de mayo de 1985. Era la primera vez que se aplicaba este método fuera de la capital.

La edición del diario Granma del 12 de mayo de 1985 refleja que los primeros casos intervenidos en Cuba con láser fueron un nódulo de mama, una litiasis vesicular y una fístula pilonoidal. Todos se realizaron en el Centro de Investigaciones Médico-Quirúrgicas (CIMEQ), de La Habana.

A fines del pasado XX, Correa quedó viudo. Su esposa, que sufría desde hacía varios años una parálisis, falleció de un infarto. “Su muerte fue muy difícil para los niños y para mí. Yo tenía tanto trabajo que no pude dedicarle el tiempo necesario. Siempre me lamentaré y sentiré una deuda con mis hijos, pues nuestro vínculo cambió cuando me casé por segunda vez”, confiesa.

Su segundo matrimonio fue con Hilda Hernández Carmona, en ella vio su nueva fuente de vida. “Juan me operó de una histerectomía. Desde entonces mantuvimos una relación de amistad hasta que nos enamoramos. Hemos compartido situaciones adversas y favorables. En 2001 estaba en Mozambique de misión y sufrió un infarto. Enseguida me llevaron desde aquí hacia Sudáfrica, donde lo iban a atender. Fue un momento muy duro”, comenta su esposa.

Un humano como cualquier otro

La bata blanca, que Hilda guarda en el armario después de planchar, espera impaciente que Correa la ajuste a su cuerpo para dirigirse al Hospital artemiseño “Ciro Redondo García”, donde trabaja desde 2002. Como también espera Isbel Ernesto, su nieto de corazón, que llegue la tarde para mirar el béisbol junto a él. Son las 7:15 pm y ambos ya están discutiendo quién será el equipo victorioso. Correa siempre apuesta por Pinar del Río, y se impacienta cuando Isbel quiere explicarle las reglas del juego, como si él las ignorara.

En las mañanas enciende un cigarro, va hacia el patio y llama a Yamila Hernández Aguilera, la vecina, para que le dé un buchito de café. Ella relata que tiene la costumbre de debatir con su papá sobre la pelota y cuando regresa del trabajo lo busca para beber un traguito de ron. “Fuera de la Medicina, Correa es un hombre común y corriente”, menciona Hernández Aguilera.  

“Es como un muchacho. A veces se va con los jóvenes de la cuadra a pescar o se pone a conversar con ellos sobre la importancia de los estudios. A mi nieto Isbel lo persuade para que deje la computadora y coja los libros. No entiende que han cambiado los tiempos”, señala Hilda.

Eduardo Lanz Hernández no es solo su vecino, también fue su paciente hace 10 años, cuando lo operó de una apendicitis. Dice estar muy agradecido de él por su profesionalidad y, sobre todo, por ser un amigo con quien siempre puede contar.

También para el doctor Misael Placeres Armas, la gratitud será eterna. Correa fue su maestro y ahora su compañero en el hospital. “A veces trabajamos en circunstancias críticas. Un día llegó un herido por arma blanca y el profesor Correa me ayudó en el caso. Cuando extirpábamos el riñón hubo un corte eléctrico y terminamos de operar con una lámpara recargable”, refiere.  

“Amo la Medicina, pero el sacrificio de esta profesión no es muy valorado. A pesar de que hemos mejorado en varios aspectos, seguimos trabajando en muy malas circunstancias. Muy pocos hospitales tienen condiciones apropiadas para atender bien a los pacientes. A veces por falta de equipo especializado no podemos hacer nuestra labor”, refiere Correa.

Más allá de las fronteras

Cien Horas con Fidel, compendio de entrevistas realizadas al Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz por el periodista francés Ignacio Ramonet, recoge cómo comenzaron en la Isla las misiones internacionalistas. En 1961, de los 3 000 galenos que tenía Cuba, salieron hacia Argelia 40, iniciando la colaboración médica con los países del Tercer Mundo.

Los compromisos altruistas allende los mares no han escapado de este septuagenario hombre. El primer territorio al que llegó fue Guinea-Bissau, durante una misión militar en 1976. Luego lo esperaban Angola, Etiopía y Argelia. De todos los países africanos el que más le impactó fue Mozambique. Allí vio cosas muy duras. “No podía temerle a nada. El cirujano tiene que tener ojos de águila para verlo todo, manos de pianista para trabajar con rapidez, y corazón de león para aguantar las situaciones más extremas”, confiesa.

Un caso peculiar para Correa fue el de la paciente que tenía un higroma quístico o linfagioma quístico cervical, enfermedad que según la Revista de la Sociedad Otorrinolaringológica de Castilla y León, publicada en marzo de 2012, produce tumores benignos compuestos por quistes, localizados mayormente a nivel cervicofacial.

“El tumor pesaba 16 libras y tapaba casi todo su rostro. La operación era sumamente complicada porque en esa zona están las arterias del cuello. Hablé con su familia del riesgo que corría y estuvieron de acuerdo con intervenirla. Todo salió bien y la madre para agradecerme me dijo: ‘Llévate a mi hija para Cuba, no puedo pagarte con nada más’. Yo solo sonreí”, revela Correa visiblemente emocionado.

Hace cinco años colaboró en Venezuela. “Recuerdo el paciente con nueve tiros en el abdomen que llegó al hospital, en el estado de Vargas”. Correa lo operó de urgencia, pero siguió muy grave. “Cuando me llamó para saber si vivía le dije que sí. No lo podíamos creer”, comenta Lorenzo Fernández Oliva, especialista en Medicina General Integral (MGI) y subdirector del Policlínico “Gregorio Valdés”, de Cojímar, en La Habana.

Debido a su edad, Correa ya no hace guardias, pero siempre está esperando el momento de vestirse y ponerse los guantes para entrar al salón a salvar una vida: “Mientras tenga fuerzas aquí estaré. El retiro llegará el día en que estas manos tiemblen ya no puedan sostener los instrumentos de la cirugía”.

Pie de fotos: 1-A la izquierda, Correa preparando el equipo de rayos láser para operar en el Hospital Militar “Mario Muñoz Monroy”, de Matanzas; 2-Especialista en Cirugía, Juan Correa Vera, actualmente trabaja en el Hospital General Docente “Ciro Redondo García” de Artemisa.



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