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LA VERDADERA CUBANÍA QUE COLOREA AL LIENZO

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El Rapto de las mulatas, perteneciente al período vanguardista cubano, es una pintura donde Carlos Enríquez ahonda en las tradiciones nacionales en pos de crear una identidad cultural.

ARLETTE VASALLO GARCÍA,

estudiante de primer año de Periodismo,

Facultad de Comunicación,

Universidad de La Habana.

Mediante las artes plásticas es comercializada la figura de la mujer cubana, específicamente la mulata. La mayoría de las actuales pinturas la reflejan a modo de un mero objeto sexual, el cual solo forma parte de la trilogía que algunos pretenden exportar como imagen de la Cuba tropical: tabaco, ron, y mulatas.

Ante estos cuadros se impone una pieza, expuesta en el edificio de Arte Cubano perteneciente al Museo de Bellas Artes: El rapto de las mulatas, de Carlos Enríquez, muestra la variedad étnica, el constante mestizaje de la sociedad cubana, más allá de estereotipos comerciales, y un sentimiento nacionalista.

“Creada en 1938, responde al período de la nueva vanguardia cubana, pues niega los principios academicistas extranjeros, y es resultado de la búsqueda del autor por lograr una identidad, lo que él llamó color cubano”, explicó el diseñador Jorge Luis Rodríguez.

Relativa al ciclo que el autor denominó Romancero guajiro, por asumir el campesino el rol protagónico, algunos críticos, en su afán de encasillar las artes, opinan que la obra posee puntos de contacto con la del máximo exponente surrealista, el español Salvador Dalí, en los caballos antropomórficos, los paisajes desolados, y un interés en la violencia y el erotismo.

En el primer plano de la pintura, cuyas dimensiones son 162.4 centímetros de largo por 114.5 de ancho, ocurre el agravio que constituye, según el blog Cuban ArtsConnection, una fuerte referencia al mito clásico El rapto de las Sabinas, episodio que describe el secuestro de mujeres en la tribu de los sabinos por los fundadores de Roma, tema retomado constantemente a lo largo de la historia del arte y que el pintor contextualiza en Cuba.

Al referirse a las obras de este creador, Alejo Carpentier expresó: “Las creaciones de Enríquez constituyen un mundo en sí mismo… Mundo en que las formas huyen de todo convencionalismo descriptivo, para crear sus propios ritmos, mundo en que las figuras se sustraen a una dictadura de la realidad para someterse a las razones más elocuentes de una poesía estrictamente pictórica.”

Este cuadro no constituye una excepción, pues el espectador capta la atmósfera violenta que transmiten los tonos rojos, carmelitas, azules verdosos y blancos, los cuales conspiran junto a los trazos curvados y rápidos para transmitir la sensualidad; así, el receptor es atrapado por el “mundo” que sugiere la tela.

Carlos Enríquez, el artista que Toni Piñera, crítico de arte, calificó como “el que supo macerar el secreto de la luz tropical y despertó, para su vital expresión al paisaje cubano, alejándose de la comercializada imagen de la palma real”, refleja en la composición un paisaje que, si bien no es protagonista en ella, describe el contexto de la escena cubana sin hipérboles. Con un color cálido destaca el cielo tormentoso, las colinas y las palmeras.

En la pieza, realizada en óleo sobre lienzo, convergen la técnica de la transparencia y la superposición de forma. En ella y a través de los comportamientos inesperados de los personajes, éstos reflejan el mestizaje de las culturas europeas y africanas.

Las dos figuras varoniles, montadas sobre los caballos y cargando a las mulatas, son protagonistas de su contemporaneidad, podría interpretarse como la Guardia Rural. Esto forma parte del afán del pintor por reflejar en sus lienzos las leyendas del campo, la imagen de héroes y bandidos, el recuerdo de los patriotas unido a una fina denuncia social.

Los caballos pueden simbolizar, también, una extensión del jinete por el salvajismo que refleja el resultado del dibujo, además, evocan masculinidad. Son íconos de poder y espíritu libre, un atributo tradicional de los campesinos.

Sin duda, las mulatas representan el deseo carnal por los trazos que marcan sus redondeados cuerpos, estos destacan sus pechos y muslos. Asimismo, uno esperaría ante el título de la composición, que sus gestos y expresiones denotaran resistencia, ira o pánico, pero expresan placer.

Emblemáticamente, el cuadro celebra las tradiciones y el mestizaje de los dos grupos étnicos mayoritarios en la Isla, unido a sus propias contradicciones. Para ello el autor se aleja de los temas y de las técnicas provenientes de la vieja Europa.

Un gran impacto originó el uso del color, el aspecto etéreo que le otorga la transparencia de luces, la sensualidad, la cubanía y la innovación en el II Salón Nacional de Pintura y Escultura en el año 1938, donde la obra fue premiada.

El creador expresó refiriéndose a esto: “…Me interesa interpretar el sentido cubano del ambiente, pero alejándome del método de las escuelas europeas. Lo contrario sería resolver lo nuestro con fórmulas ajenas al medio (…) Me interesa la forma humana, el paisaje y sobre todo la combinación de ambos, pues todo hombre tiene su paisaje interior o exterior, del cual nunca podrá aislarse…”.



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