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EXTREMOS DE LA EXISTENCIA

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Irma Hernández Igarza nació en el seno de una numerosa familia campesina de la Sierra Maestra trece años antes del triunfo de la Revolución. Su dedicación y sacrificio personal le permitieron superarse como nunca imaginó en la infancia.

Texto y foto:       

AMANDA DE URRUTIA SÁNCHEZ,

estudiante de primer año de Periodismo,

Facultad de Comunicación,

Universidad de La Habana.

Poco tiempo necesitó Irma Hernández Igarza para percatarse de la dura realidad que le dio la bienvenida. En su pequeña casa con techo de guano y piso de tierra, ubicada en las afueras de Cruce de los Baños, poblado perteneciente al hoy municipio Tercer Frente Mario Muñoz, de Santiago de Cuba, todo era pobreza. “Nacer en el año 1946 en el seno de una familia campesina, pobladora de la Sierra Maestra, no suponía un futuro muy prometedor”, dice.

Irma, sus siete hermanas y dos hermanos, aprendieron a leer y escribir recibiendo clases de una anciana del pueblo, a quien pagaban sus padres tres pesos al mes por cada uno. Para asistir a las lecciones, los niños se trasladaban por varios kilómetros de hermosos paisajes verdes, único consuelo para sus exhaustos pies. En el retorno, la debilidad y el hambre les mantenía la mirada fija al frente, esperando vislumbrar la silueta del hogar, pues las imponentes montañas seguían ahí, pero la belleza no da de comer.

Nada le revelaron esas primeras experiencias lo que le depararía el futuro. En la actualidad, es Licenciada en Ciencias Sociales y ejerce como secretaria docente de la escuela de enseñanza técnico profesional Antonio Maceo en el municipio Playa, de la capital. Sus resultados como estudiante y profesora hablan por sí solos.

Cuando la Federación de Mujeres Cubanas (FMC), en 1961, convocó a las muchachas del campo a ir a estudiar a La Habana, Irma y cuatro de sus hermanas no dudaron en incluirse en el plan de becas. Después de su llegada, las ubicaron en un curso de corte y costura, y al graduarse, Fidel Castro les obsequió una máquina de coser a cada una de las integrantes de la iniciativa.

Tan pronto terminó su preparación, a finales de 1962 regresaron a Oriente a impartir lo aprendido a otras lugareñas. Nada más culminado su trabajo allí, volvieron a La Habana con el objetivo de asistir a un curso de aceleración para el sexto grado. Irma venció la enseñanza primaria con dieciocho años de edad.

Se le refleja en el rostro la añoranza por los tiempos de estudiante. Recuerda la disciplina en la residencia: en una oportunidad, su madre viajó desde Santiago de Cuba a visitarla y para verla esperó tres horas a que la dejaran salir porque permisos como ese eran bien controlados.

Después de una charla con Blas Roca y Elena Gil, Irma y otras muchachas decidieron quedarse en la capital para suplir la necesidad de educadores, para ello le asignaron viviendas en la ciudad: “Para mí fue una lucha interna. Quería regresar con mi familia, a la cual extrañaba mucho, pero a la vez, el deber llamaba”.

Atravesó satisfactoriamente todos los niveles escolares, en 1976 se graduó como maestra de Español e Historia para la enseñanza primaria en la Universidad de La Habana. Simultáneo a los estudios se desempeñaba como  parte de la destacada brigada de profesoras Makarenko, llamada así porque trabajaban sobre la base de las estrategias pedagógicas del maestro ruso Antón Makarenko.

En su período de alumna, fue dirigente de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC) durante nueve años y formó parte del Batallón de Vanguardia. Siendo trabajadora fungió como secretaria del Partido durante una década, etapa en la que fue elegida delegada al Cuarto Congreso de esa organización política.

Hoy, Irma mantiene el matrimonio de 40 años que le regaló a sus dos hijos, ya ha vivido 69 cumpleaños y no se decide a retirarse: “Mientras el cuerpo responda, seguiré trabajando, porque ni una eternidad alcanzaría para agradecer las oportunidades que he tenido”.

Pie de foto: Irma Hernández Igarza tiene 69 años de edad y continúa sus labores de educadora.



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