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NADA CAYÓ DEL CIELO

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SERGIO FÉLIX GONZÁLEZ MURGUÍA,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

¿Se puede vivir bien en el campo? Esta es una pregunta que siempre ha estado latente en mi. Nunca me atrajo la vida en el campo. Tal vez mi preferencia por la ciudad venía determinada por una vida completamente desarrollada en la urbe capitalina o por la falta de orientación, por parte de los adultos, en torno a otros espacios.

Fernando Funes Monzote es un hombre que se encargó de dar respuesta a mis interrogantes respecto a ese tema, incluso, hacerme cambiar de parecer. Él, como pocos, es un habanero nacido y criado en la urbe capitalina, pero con un profundo amor por la tierra que sus padres, ambos dedicados al estudio y ejercicio de la agricultura, se encargaron de fomentar en él desde muy pequeño.

Por azares, fortunas y otros caprichos del destino, nació hace cuatro años Finca Marta, un proyecto agroecológico que Funes, Doctor en Estudios Agrícolas, se dio a la tarea de emprender en las elevaciones rocosas de Caimito, Artemisa, donde nadie apostaba por el ejercicio de la agricultura debido a las malas condiciones para ello.

Era una zona azotada por una sequía intensa debido a la ausencia de lagunas u otros reservorios de agua, la tierra parecía como si en ella descansara el petróleo, como lo hace en los desiertos del Sahara. Solo laboraban por aquellos montes algunos ganaderos con sus vacas flacas, las que apenas tenían alguna yerbita que llevar a la boca.

“Pero todo cambió”, comenta Fernando mientras me muestra un paisaje realmente asombroso, que parece sacado del Jardín del Edén. Solo faltaban Adán y Eva, porque hasta las manzanas las tienen sembradas en la finca.

Partiendo de tres líneas fundamentales se concibió este proyecto que cuenta con la fabricación de un pozo de 14 metros de profundidad para el abastecimiento de agua, la diversificación de la producción entre siembra de hortalizas y cítricos, ganado y apicultura, así como el constante trabajo y esfuerzo que realizan 13 hombres y siete mujeres a diario y sin ayuda de ninguna máquina.

Muchos fueron los incrédulos al principio, pero ahora son cientos los ‘creyentes’ después de ver cómo Fernando y su gente construyeron una casa en medio de las lomas que, sin perder el alma campestre, parece una residencia de verano.

Me volví loco recorriendo más de quinientos canteros repletos de vegetales y especias que solo veía por televisión y nunca pensé que se produjeran aquí: lechuga morada, tomate cherry, eneldo, espárragos, por solo mencionar algunos.

A cada paso aumentaba mi expectativa respecto a lo que encontraría en la siguiente sección, mientras Fernando encendía su tabaco, se acomodaba en una piedra y me decía orgulloso: “Todo esto ha sido posible gracias al trabajo”.

Es genial como se conjugan la teoría y la práctica para dar como resultado un lugar donde el verde se hace presente a cada instante, donde el agua ya no falta, donde las vacas tienen comida de sobra. Es obvio que en este paraíso siempre habrá serpientes al asecho, pero a esos seres infames no les temen en Finca Marta.





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