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LA ODISEA DE PENÉLOPE

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ERNESTO LAHENS SOTO,

estudiante de primer año de Periodismo,

Facultad de Comunicación,

Universidad de La Habana.

Como la mayoría de las noches se prepara para ir a trabajar. Toma el creyón carmín y termina de maquillarse con colores vivos. Un vestido corto y de pronunciado escote delata sus propósitos. Camina moviendo las caderas hasta donde está su socio. Ya comienza la jornada laboral.

Penélope no puede quedarse hoy sin presa, necesita cazar. Un auto de color oscuro y cristales polarizados la deja en una de las discotecas caras de Miramar: “Una de esa a las que van los Yumas y los hijos de papá”.

Cuando tenía quince años, un novio le propuso compartirla con sus amigos. Ella se había negado varias veces, pero no sabe si por culpa del alcohol u otra sustancia aceptó esa noche. Al otro día, le dijo que contaban con poco dinero, que si quería seguir viviendo bien y disfrutando de la vida tenía que trabajar. “Yo no quería, pero cuando vi a mi primer cliente, me gustó tanto que lo hubiese hecho gratis. Así no fue siempre, muchas veces son viejos que podrían ser mis abuelos.”

Camina por el antro buscando miradas inquisidoras, se acerca a la barra esperando a que la inviten a un trago. Todos la miran; saben a lo que se dedica. No es de tez negra ni mestiza como le gustan a los alemanes, pero es muy bella.

De piel blanca, algo  tostada por el sol. El pelo negro que le llega a la cintura está adornado por luminosas mechas doradas. Los senos medianos se elevan redondos y firmes en su pecho. Las voluptuosas caderas se continúan con unas largas y hermosas piernas que se sostienen sobre unas “puyas”.

Se acerca a la barra un hombre de alrededor de 60 años, gordo, feo, con cara de cerdo y tez negra, solo habla inglés. La invita a un trago y luego en un carro de turismo la lleva a una casa de alquiler cercana.

La noche termina, tras varias horas tiene el cuerpo cansado, el estómago se repugna por aquel ogro. Se vuelve a vestir, hoy no recibirá golpes de su dueño, lleva 100 dólares en la cartera.

Ahora está aquí, en mi casa, por puro milagro. No nos veíamos desde la época en que estudiamos en la secundaria. Se sienta en mi cama y rompe en llanto; me pide que escuche su historia y haga lo que quiera siempre y cuando no diga su nombre. Me agradece diciendo que soy el único hombre que no la ve como un objeto en mucho tiempo.

No sabe cómo salir de ese mundo. Tiene miedo. Su amo la obliga a  trabajar cada noche, y si se niega la amenaza con desfigurarla. No confía en la policía, teme. Es un círculo vicioso que  la envuelve desde el día en que entró.



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