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BRAZO Y VOLUNTAD DE HIERRO

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Durante 28 temporadas, Carlos Yanes representó al equipo de la Isla de la Juventud en nuestras series nacionales, acumulando experiencia, buenos resultados y no pocas decepciones personales.

DANIEL MONTERO PUPO,

estudiante de primer año de Periodismo,

Facultad de Comunicación,

Universidad de La Habana.

Foto: Tomada de Cubadebate.

Muchos grandes peloteros han pasado por nuestras series nacionales llenando de magia el pasatiempo insigne. Hay nombres que a golpe de costumbre se nos hacen infaltables, y hay otros que no por ser menos, quedan en segundo plano, de estos últimos algunos por razones injustas. Es el caso de Carlos Alberto Yanes Artiles, el “brazo de hierro” del beisbol pinero.

Su mayor decepción es nunca haber integrado un equipo Cuba en eventos internacionales, pero lo dice sin amargura, de la manera más humilde que se puede decir algo cuando uno se lamenta: lanzando una maldición al viento, pero sin perder el sueño en las noches, pues tiene la satisfacción de haberlo dado todo por lo que ama, jugar pelota.

Llegó a la Isla de la Juventud a los nueve años desde el Cienfuegos natal, acompañado por su familia, gente humilde que estimuló el afán deportivo del niño, sin imaginarse que sería un día el hombre con más temporadas en el máximo nivel de la pelota cubana.

Con solo 1.73 metros de estatura y con lanzamientos no muy rápidos, no es el biotipo ideal de un pítcher, pero siempre supo contrarrestar esto con inteligencia a la hora de lanzar. Su principal arma era la manera en que combinaba los lanzamientos, una bola arriba, otra abajo, afuera, adentro, rápida, lenta, los bateadores no sabían qué esperar.

Con nostalgia habla de sus 28 años en nuestras series nacionales: “Toda mi vida de adulto”. En ese tiempo se convirtió en el segundo lanzador con más victorias en el beisbol cubano y el cuarto en ponches propinados, líder en juegos y entradas lanzadas, en desafíos iniciados; además de que permanece siendo el único pelotero pinero en haber lanzado un juego de cero hit, cero carreras.

Estos resultados y su humildad al respecto, hicieron del  derecho un símbolo del equipo pinero, siendo de gran ayuda a sus compañeros de equipo, con quienes tuvo muy buenas relaciones. Entre los peloteros en general es muy querido, aunque sus mejores amigos están fuera del beisbol. Con ellos se reúne en su hogar o en el campo, lugar que le apasiona a un hombre tranquilo, no le gusta la calle.

En ocasiones ha declarado que lograba separar el terreno de la casa, pero no restándole importancia, porque el beisbol ha sido su vida, al punto que al retirarse tuvo que parar de ir al estadio y no dejaba que su esposa, apasionada de la pelota, viera los juegos en el hogar, pues se le hacía muy difícil: “Todavía hoy cuando veo que el pitcher lo está haciendo mal me dan ganas de quitarle la pelota y pichar yo”.

Desde hace dos temporadas se desenvuelve como entrenador de pitcheo del equipo de la Isla de la Juventud. Ha asumido este nuevo rol con la misma actitud que antes, porque nunca tuvo miedo a rival ni estadio alguno. Ahora trata de transmitir a los nuevos jugadores esos valores, la experiencia, la habilidad y la “maña” que lo caracterizaban.

A pesar de haber dedicado su vida entera al beisbol pinero, le ha pasado como a tantos otros buenos peloteros cubanos que no han visto sus esfuerzos materializarse en un reconocimiento más acorde a su carrera: “Hubo veces que pensé dejar la pelota e irme para la casa. Una vez lo hice, pero la familia y la gente me hizo recapacitar”.

Aunque al día de hoy hay una parte de él que se arrepiente de no haber aprovechado la oportunidad de jugar en otros equipos de la liga doméstica que le hacían ofertas muy tentadoras, se queda con una afición pinera que lo venera, que le hace demorarse dos horas para llegar al estadio porque en cada esquina lo detiene en busca de su opinión sobre la jugada de la noche anterior o la subserie que viene: nunca ha dejado de ser un hombre de pueblo.



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