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UNA VEJEZ DIFÍCIL

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LAURA FARIÑAS NARANJO,

estudiante de primer año de Periodismo,

Facultad de Comunicación,

Universidad de La Habana.

El insoportable ruido de la alarma anuncia que son las seis de la mañana. Paula Pino Santos se levanta agitada, apenas pudo conciliar el sueño. Hace café, barre, organiza. Deja todo listo en su casa antes de marcharse a cuidar a sus padres.Tiene 67 años y sus días se han convertido en una rutina: de su casa a la de sus progenitores.

Como cada día llega, a su “centro laboral”, luego de que su esposo con un lento pedaleo la lleve. La lavadora la espera. Sábanas y pijamas sucios le dan la bienvenida. Comienza así la larga y agotadora jornada.

Félix, su padre, es un anciano de 89 años, bastante corpulento, y ya tiene la mente perdida. Su madre Amelia, por el contrario, está “clarita, clarita” y tiene un genio de los mil demonios.

Almuerzo. Merienda. La parte más difícil aparece a la hora del baño, cuando casi tiene que convertirse en Hércules: “¿Cómo hace una vieja para bañar a dos ancianos? Varios son los sustos que recibe cuando en ocasiones unos de los dos se le va de las manos.

En la tarde, sus padres duermen un rato. Entonces aprovecha para sentarse en la baranda de la terraza y “descansar”. Enciende un cigarro, y piensa en el giro que ha dado su vida, en cómo cambian las familias.

Su sobrina, Liosmedi, vive con los ancianos. Ellos fueron quienes la criaron porque un día su hijo menor les dijo: “Aquí la tienen, la madre no la quiere y yo tampoco me puedo hacer cargo”. Ellos le dieron el cuerpo que tiene hoy y hasta le regalaron la casa.

Parece que el tiempo borró todo esto. Ella no quiere cuidar a sus abuelos. “¡Ese no es mi maletín, yo no tengo nada que ver con eso!” repite.

No es fácil que la vejez de dos personas que se dedicaron por completo a la familia sea así. Ver como uno de tus hijos no se ocupa de ti, y casi todos los nietos se olvidaron de que tienen abuelos. Es algo duro, comenta Paula.

El hijo de Paula está preocupado, ya no la puede ayudar como antes. Él iba en las noches a cuidar a Félix y a Amelia. Los conflictos se incrementaron y las discusiones con su prima y su tío aumentaron. Tuvo que alejarse un poco y comenzar a ayudar a su madre desde afuera. Buscó a una mujer para que la ayudara. Ya son cinco las que han desfilado por ahí. Liosmedi dejó en claro que esa era su casa y ahí solo entraba el que ella quería. No quiere ayudar, pero tampoco deja que otros lo hagan.

Ya son casi las nueve de la noche. Los viejos están acostados. Paula reza porque no suceda nada en las horas que van a estar solos. Regresa a su casa y Abraham, su nieto de seis años, sale corriendo a recibirla. “Yaya, al fin llegaste”.

Las piernas hinchadas, la dentadura deteriorada, y la tos que posee a causa de su vicio por el cigarro, evidencian su cansancio. Ella ya no está para cuidar, sino para que la cuiden también. Cuando el sueño se apodera de ella, nuevamente el reloj anuncia que son las seis de la mañana.



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