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SOCIEDAD Y PERIODISMO ÉTICO

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YOEL SUÁREZ FERNÁNDEZ,

estudiante de tercer año de Periodismo,

Facultad de Comunicación,

Universidad de La Habana.

Qué es la ética sino la columna principal de cualquier relación social. Necesaria y reguladora. El periodista (como cualquier mortal) tiene el deber de ejercer éticamente su profesión, más aún si notamos la importancia social del oficio.

En el libro “Ciudadana Radio“, del periodista José Ignacio López Vigil, se mencionan cuatro pilares que sostienen la ética informativa: objetividad (ser fieles a los hechos), pluralismo (democratizar la palabra), independencia (estar comprometido con el público) y respeto (a sí mismo y a los demás). El hecho de comunicar con estas características y de la manera más diáfana posible el mensaje es en principio una regla que no dicta ley alguna, sistema jurídico o constitución, sino la integridad y conciencia del propio emisor. ¿Pero, es posible imponer la ética?

Muchos advierten el vicio de la doble moral que corrompe la conciencia social y los valores más elementales que nos distancian del resto de las especies. De hecho, una de las grandes preocupaciones de María Zambrano fue la desunión existente entre teoría y acción (el conocido mandato de “haz lo que yo digo y no lo que yo hago“). Pero, analicemos qué ha hecho esta humanidad para caer en un laberinto donde parece no existir doctrina social que rescate los valores perdidos.

Desde el Renacimiento optamos por ver al ser humano desde un punto de vista ascético (a veces rindiendo culto a nuestra propia imagen o a la de un semejante) y desechamos la guía de ética y moral que brindaba el cristianismo, por ejemplo. A partir de este período histórico, la humanidad ha vagado por siglos intentando construir un modelo ético que represente a una sociedad cada vez más heterogénea, tolerante y voluble. Hemos cometido el error de relativizar nuestra moral y dejar a consideración individual conceptos cuya esencia primaria debiera ser inmutable.

Con el ascendente desarrollo de los grandes medios de comunicación, la conciencia y valores sociales han sido moldeados generación tras generación en una línea de descenso moral, manipulados principalmente por intereses económicos. El empeño por hacer periodismo ético es un mérito reconocible (muchos dicen que “lo que vale es la intención“), pero, ¿es posible que un sistema de valores en decadencia y una cultura ilustrada en ellos brinde propuestas fuera de su propia naturaleza?

“Tengo fe en el mejoramiento humano“, escribió Martí a su hijo desde otras tierras. Por suerte para la humanidad (o por desgracia), la fe “es la certeza de lo que se espera y la convicción de lo que no se ve” (1), quizás por ello dejemos a las próximas generaciones tareas de suma importancia que ni siquiera hemos intentado cumplir, entre ellas la construcción de una ética colectiva y la definición real de posturas acerca de lo que es o no correcto: he aquí el principio de la senda para el ansiado mundo mejor. Por otra parte, la industria mediática -en la cual nos incluimos- ha influido de manera especial en el desarrollo de una conciencia ética. Desgraciadamente, la aguja oscila en frecuencias que van desde la exaltación a la virtud (Sócrates sería feliz) hasta el uso del morbo en función del mercado (Crónica Roja y/o Rosada).

Según Denisse Flores “el ideal ético del periodista consiste en alcanzar la verdad sobre un hecho noticiable y comunicarla, (...) interpretarla, exponerla y opinarla responsablemente” (2). Y vuelve otra pregunta: ¿cómo distinguir la verdad siguiendo la canónica premisa de que para la cultura occidental del siglo XXI no hay cabida para verdades absolutas? ¿No sería entonces el periodista un mero analista que expone su propia visión del hecho? Sobre la polémica construcción de la verdad para el periodista y hombre de nuestro tiempo, el autor estadounidense Josh McDowell afirma: “La tolerancia ha surgido como la única virtud de la cultura occidental y la intolerancia como el único vicio” (3), siguiendo la misma idea, el teólogo norteamericano Chuck Colson señala, casi en tono burlón, que “no hay absolutos salvo el absoluto de que no puede haber absolutos”. Desde esta perspectiva, el mundo puede parecernos una amalgama de enredos contradictorios y malas intenciones. En esta parada de incertidumbre, Zambrano aconseja (como todo buen humanista) que reencontremos los valores suprahumanos, término con que acuña a aquellos primarios, perdidos.

Sin embargo, es en este momento de crisis (que no significa debacle) que el papel social del periodista adquiere un matiz relevante, como expositor comprometido de un hecho noticioso y representante de una objetividad lo más clara y abarcadora posible: será traductor de su medio y los mensajes que el medio envíe. Así define Denisse Flores la responsabilidad que acarrea ejercer la profesión en los grandes medios comunicativos: “La libertad de expresión no significa expresar sin ton ni son, es un derecho lleno de responsabilidades y trampas pantanosas en el camino (...), para que el periodista pueda cumplir plena y libremente su misión de servicio, es necesario que se forme integralmente: en el conocimiento de las ciencias y técnicas de la información, en la cultura universal y en la teoría y práctica de la ética; requiere de una sólida formación intelectual y moral” (4).

Si bien es cierto que en géneros como el de opinión, donde la carga subjetiva del analista se manifiesta en grado sumo, no es posible aplicar discreciones sobre ética; en la mayoría de las variantes periodísticas se mide con agudeza el criterio moralista. De ahí que muchos clasifiquen los talk show que imperan en muchas televisoras como chismografía, telebasura y en el nivel más académico Crónica Roja y Rosada (una mostrando los conflictos de las capas más humildes y la otra exaltando el glamour y las frivolidades de las altas esferas sociales).

José Ignacio López Vigil hace referencia a programas como el Show de Cristina y Laura Bozzo –quien se autoproclama “la abogada de los pobres“-. Estos espacios (al igual que sus homólogos en la prensa escrita y la radio) son altamente criticados por su escasa validez ética y el fraude. Según Vigil, lo que buscan es “regodearse en el lío, no solucionarlo” y “ventilar la pestilencia para que apeste más“(5). Evidentemente, esta clase de espacios se interesa más por el dinero que producen los escándalos, que por el bienestar de los denunciantes o entrevistados (muchas veces, personas con bajo nivel cultural). En estos programas “el dolor se vuelve espectáculo” y en todo momento se produce un alejamiento del verdadero periodismo y los valores éticos a los que se aspiran, mostrando la cara más oscura de un noble oficio.

No obstante, el empeño por hacer un buen periodismo, sostenido en bases éticas, debe encabezar la agenda de todo comunicador. Desde hace muchos años, pero hoy más que nunca, el periodista se enfrenta al desafío de identificar, organizar y hacer de la noticia algo más que una revelación atractiva y digerible al lector. Las palabras han de salvar aquello que luce distante y proteger los pasos de los valores más primordiales.

Notas:

(1) Hebreos 11, La Biblia.

(2) Flores, Denisse, Periodismo ético ¿es posible?

(3) McDowell, Josh, Es bueno o es malo, Colombia, Mundo Hispano, 1999, p. 233.

(4) Flores, Denisse, Periodismo ético ¿es posible?

(5) López Vigil, José Ignacio, Ciudadana Radio, España, 2002, p.298.

 



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