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MINUTOS CONTRA INNINGS

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ISRAEL LEIVA VILLEGAS,

estudiante de primer año de Periodismo,

Facultad de Comunicación,

Universidad de La Habana.

El fenómeno del futbol se extiende por la Mayor de las Antillas y, poco a poco, amenaza con destronar al beisbol como el deporte con más seguidores en la Llave del Golfo. En cada calle o terreno baldío, miles de niños y no tanto, juegan a ser Cristiano Ronaldo o Lionel Messi. Sueñan con marcar goles en los estadios más importantes y ante aficionados ávidos de triunfo.

Enrique es uno de esos soñadores. Como cada fin de semana, despierta emocionado y observa a sus ídolos disputar partido tras partido. Cuando concluyen los encuentros va al patio de su casa y, con la seriedad de un profesional, entrena para convertirse en futbolista, acompañado siempre por su eterno rival y compañero de juegos: el perro Diño.

El can persigue fatigado la pelota mientras Enrique corre a gran velocidad. Los trastos de su papá, mecánico de profesión, se convierten en oponentes que el futuro delantero sortea con maestría. Los juguetes suplentes, sentados en un improvisado banquillo y  relegados por el balón, aplauden resignados el talento de la joven promesa.

Desde la ventana de la cocina, Joel, el padre, lo observa contrariado. Para él resulta imposible que su hijo no sepa apreciar lo espectacular de un fildeo o la magia de un batazo. Considera que la infancia de cualquier niño es incompleta sin que sus oídos escuchen el ¡tac! del bate cuando hace contacto con la pelota de poli.

Hizo de todo para meterle el bichito del beisbol en el cuerpo. Lo llevó al estadio, le contó sobre importantes hazañas de peloteros cubanos y cuánto significaba este deporte en la Isla. Pero nada, a su retoño no le interesaba saber del jonrón de Marquetti o la historia de Industriales.

Finalizado el primer tiempo del improvisado choque, Enrique se refresca con un vaso de fría limonada. Le sonríe a su padre y comienza con tono obstinado a tratar de convencerlo: -“Papá, es sencillo, en la televisión transmiten más futbol que pelota, por lo tanto, el futbol es mejor porque lo ven mayor cantidad de personas y ya no me caigas atrás, prefiero jugar en el Santiago Bernabéu que en el Latinoamericano”. Luego de tan “irrefutable” argumento, termina de beber la limonada y regresa a disfrutar de los cuarenta y cinco minutos que le restan a su encuentro contra Diño.

Joel se deja caer en la silla de la cocina y mira hacia arriba. Intenta reflexionar sobre el asunto, pero las pruebas son incontestables.

 Al menos, su hijo no es el único; en realidad, todos los muchachos del barrio padecen la misma enfermedad. Ni siquiera se interesan por la postemporada de la Serie Nacional, solo muestran interés por los resultados del Real Madrid o el Barcelona. Visten con orgullo los uniformes de estos equipos y condenan al eterno olvido los trajes de peloteros.

“Qué remedio, se acabaron los robos de base y toques de bola”, concluye Joel. Camina hacia la sala, enciende el televisor e intenta abrir su mente y disfrutar de un nuevo maratón televisivo cargado con goles y atajadas.



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