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PASATIEMPO NACIONAL

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JUNIOR HERNÁNDEZ CASTRO,

estudiante de primer año de Periodismo,

Facultad de Comunicación,

Universidad de La Habana.

Montar guaguas podría convertirse en un nuevo deporte. Si así fuera, los habaneros conquistaríamos el campeonato nacional año tras año, y la Mayor de las Antillas siempre ganaría el certamen regional y la copa del mundo. Si se incluyera como modalidad en los Juegos Olímpicos, seguramente los cubanos seríamos los monarcas, y no existiera ruso, mexicano o japonés que nos arrebatara la presea dorada.

En los parques y mercados no se hablaría de por qué Industriales pierde con Ciego de Ávila, ni cuál es la causa de que el Barça cayera en la Champions League, sino que los comentarios girarían en torno a cuántos ómnibus abordé hoy, la cantidad de gente que «se añejó» en la parada, o el número de horas esperado hasta que la guagua perdió el complejo de fantasma y decidió aparecer.

Quien vive en la periferia de La Habana sabe que para ser «montador de guaguas profesional» hay que tener un alto nivel de preparación física y psicológica, pues el oficio demanda de la rapidez de un velocista, la resistencia de un corredor de maratón y el ingenio de un escritor. ¡Ah!, y si es horario pico, es imprescindible añadir a esta sucesión la paciencia perpetua de un monje budista.

Para los residentes en el reparto Alamar, en la Habana del Este, decir lunes por la mañana es evocar la épica locución de la película 300: «Esto es… ¡Esparta!». Y así, poseídas por el ímpetu griego, las hordas alamareñas conquistan las paradas desde temprano, con la noble misión de montarse en el autobús, o sucumbir en el intento. Pasan tres guaguas consecutivas, pero ningún conductor se siente capaz de parar. ¡Pobres, son tan tímidos!

Después de una hora de espera, asoma a lo lejos la silueta inconfundible del P11. «¡Ahí viene el tipo!», dice un joven vestido de uniforme. «¡Y cómo viene!», exclama siempre un pesimista. La guagua parece un tubo de carne procesada, donde no cabe siquiera una hoja de laurel. El inspector le hace gestos al chofer para que se detenga, pero este decide parar una cuadra antes. Esa ha sido la señal. ¡Es ahora o nunca!

El que no cree en milagros debería observar aquel instante: todos corren los cien metros más rápido que Usain Bolt, y hasta los octogenarios parecen olvidarse de la artritis. Luego, como Javier Sotomayor, suben a la guagua mediante un salto, y las puertas ─que apenas pueden cerrarse─ les comprimen hasta la última vértebra de la columna, a la vez que exhiben la pegatina más irónica del planeta: «CUIDADO, NO OBSTRUIR».

Dos minutos dentro y lloverán olores, dolores, codazos, pisotones… Pero ya no tienen importancia. Aguantar tres o cuatro golpes es poco comparado con la triste imagen de quienes corrieron tras el autobús, como si se tratara de una competición donde debían alcanzar la meta, llegar a home, o meter un gol. Pero el cubano ya está acostumbrado.

Un anciano junto a mí no cesa de toser. Aspira grandes bocanadas, como si quisiera guardar todo el aire del mundo en sus pulmones. «¿Le pasa algo?», pregunto. La respuesta fue instantánea: «Tranquilo, chama, que montar guaguas es mi deporte favorito».



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