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TOLERANCIA ENVIADA DESDE EL CIELO

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DIANELIS REMEDIOS SEGUÍ,

estudiante de primer año de Periodismo,

Facultad de Comunicación,

Universidad de La Habana.

Randy tiene 17 años y no quiere esperar más, su estilo de vida cambiaría según la valentía que tuviera hoy. Me lo dijo antes de salir de la escuela, ya es tiempo para que su padre sepa que ha tomado su verdadero camino, pero quizá no le agrade mucho.

Lo acompañé, solo hasta el parque de la esquina del edificio donde vivía. Me lo pidió en caso de salir corriendo, saber que estaba allí, esperando para apoyarlo.

Conocí a Randy en primer grado de la escuela primaria, claro que me fijé en sus gestos afeminados y en las piernas cruzadas al sentarse, notaba, pero nunca me importó, imagínense, tenía seis años.

Su padre, un campesino que aprendió a leer y a escribir a los 20 años con la Campaña de Alfabetización, en 1961, es su única familia desde que tiene dos años. Su madre murió de cáncer, apenas se acuerda de ella, pero le implora fuerzas y coraje desde el cielo para enfrentar a Manuel.

Como cada tarde, Randy, después de subir sesenta escalones, esta vez más lento que nunca, espera abrir la puerta y encontrase a su  papá leyendo el periódico en una butaca azul que tiene el doble de su edad, la de Randy, digo. En cambio, parece que hoy todo va a ser distinto. Manuel está en la cocina preparando la cena que degustarían minutos más tarde.

Randy no tiene hambre, pero su estómago truena de nervios, trata de comportarse como siempre: tranquilo y cariñoso, más la preocupación se le ve en los ojos.

Abraza a su padre y lo mira como dudando las palabras que dirá a continuación o pensando si hay una manera bonita de decirlo, más sutil. “Papá, soy gay”, sale de su boca esa frase como un soplido y una cazuela cae al piso, Manuel mira a Randy anonadado.

El silencio es absoluto, ni la cotorra del balcón dice nada ni la vecina que grita tanto está en periodo de crisis. Solo se miraban Manuel y Randy, no hubo respuesta.

Mientras, en el parque, yo esperaba alguna señal, pero no vi a nadie salir corriendo, ni siquiera una mano desde el ventanal. Poco después de quince minutos, veo una sonrisa y miro bien y veo dos sonrisas, abrazadas.

Lloré de felicidad, que quede claro. Parece que la madre de Randy no solo le envió coraje a él, sino que venía junto con una pizca de comprensión y algunos gramos de tolerancia para su padre.



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