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JUZGAR A PRIMERA VISTA

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LÁZARO MONTANO CASTELLANOS,

estudiante de primer año de periodismo,

 Facultad de Comunicación.

Universidad de La Habana.

Mientras el mayor Rojas nos explicaba frente a los cuarteles las dificultades a las cuales nos enfrentaríamos como soldados, la veintena de muchachos que integraba el pelotón de “newpacks” (en español, paquetes nuevos, como nos decían a los recién llegados), solo teníamos ojos para la multitud de individuos que se aglomeraron en la entrada de los dormitorios.

Una compañía completa de muchachos sucios, acabados de salir del trabajo, barbudos, y con caras de pocos amigos entraban en los cuarteles-dormitorios. Algunos lo hacían machete al hombro, mientras otros, la mayoría, se quedaban en la puerta entrecerrando los ojos cuando cualquiera de nosotros le pasábamos la vista por encima.

La rivalidad entre los soldados de La Habana y Oriente a los capitalinos nos preocupaba…, éramos muy inferiores en número. Imaginamos que si había que pelear, contaríamos con la ayuda de los de provincias occidentales. La posibilidad se desmoronó mientras uno de nuestros compañeros narraba cómo un habanero, meses atrás, declarara antes de irse: “¡La Habana es la capital, todo lo demás, áreas verdes! Estábamos solos.

La entrada al dormitorio fue de película, el tono de las voces de los presentes casi enmudecieron cuando llegamos. Era horario de descanso, una suerte. No habíamos almorzado por recoger nuestras pertenencias en el ITM. Hambrientos, solo quedaba recostarse y vigilarnos unos a otros. Mi estómago rugió, sus maquinarias estaban ansiosas por moler algo, yo me apreté el cinturón pensando con los párpados cerrados en cuantas cosas me esperaban en aquel sitio.

-¿Almorzaron?, preguntó una voz que creí de un oficial; en su lugar,  un muchacho alto, delgado, moreno y con una toalla en el cuello, me miraba fijamente.

-No, no tuvimos tiempo, respondí, serio. Él se limitó a negar con la cabeza en señal de desaprobación y se dirigió a la última taquilla de la fila. La abrió y del interior sacó una bolsa llena de galletas y una lata de mermelada rústicamente cortada por encima. Se acercó y la puso frente a mí. –¡Métele!, dijo. –Dile a tus socios que vengan también, la hora de comida es a las siete y son las dos de la tarde.

Desconfié, y él lo notó. Agarró una galleta y la hundió en la mermelada de mango color ámbar, luego la masticó, tomó otra y repitió el proceso y así sucesivamente hasta cuatro, luego hizo un ademán como diciéndome: “No tienen nada”.

De mis amigos se acercaron pocos, pero dieron buena cuenta del apetecible regalo. Otros muchachos nos trajeron más cosas. “Vaya chama”, nos decían al darnos algo: y a cambio, pedían mucha información sobre las mujeres cadetes, sus horarios para comer y cuándo era posible verlas.

Con el paso del tiempo descubrimos que eran chicos como nosotros, que las manchas en el rostro no eran sino de grasa de trabajar todo el día. Barbudos, de tanto afeitarse y gastar la cuchilla del mes muy rápido.

Recordé mi actitud de ese momento y sentí vergüenza meses después cuando yo, barbudo y sucio, observaba al grupo de cadetes recién llegados mirándonos a todos con el mismo atisbo que recordara tiempo atrás en mí…, pero sonreí, ya tenía una bolsa de galletas lista para borrárselas.



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