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CONSUMIR SIN CONSUMIRSE

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Esa es la alternativa que plantean los psicosociólogos ante el inminente fenómeno consumista, cada día más común y preocupante a escala mundial por la marcada influencia que ejerce, sobre todo, en los jóvenes.

SEALYS GARDÓN PANTOJA,

estudiante de primer año de Periodismo,

Facultad de Comunicación,

Universidad de La Habana.

Nuestra Belleza Latina 2016 acaba de ser coronada en Miami para representar a toda la comunidad latinoamericana, dice ella. Clarissa, como las reinas precedentes, tiene cara de ángel y un cuerpo que parece esculpido a semejanza de Afrodita, pero en verdad concebido por las manos cuidadosas de un cirujano estético muy bien pagado.

Ese es apenas uno de los reality shows promovidos por Estados unidos, el dueño del 75 por ciento de la producción audiovisual comercializada en el mundo. Como tantos otros, está montado de principio a fin para mover los corazones humanos con sensiblerías y llamar la atención sobre aspectos tan triviales como la ropa, los últimos modelos de carros o la mejor pasta dental con la subliminal información de los “comerciales”.

A estos programas no les resulta ajena la publicidad consumista, de hecho, se producen en sociedades donde el sobreconsumo es habitual e invitan a realizar compras excesivas. Por tanto, para poder obtener las mercancías “vendidas” por los medios, las personas deben trabajar más, traducido en beneficio para las clases altas.

La publicidad es un viejo vicio creado en 1947, en Norteamérica. Se calcula que un joven neoyorquino de 18 años ha visto 350 000 spots en su breve vida, según estudios del sociólogo estadounidense Michael Hakawa.

El corte publicitario se ha propagado por varios espacios de la televisión de cualquier parte del mundo, alcanza incluso las plataformas políticas y, lo más preocupante, se ha ido ubicando en la preferencia del público cubano sin reparar en edades. Muchos parecen estar encerrados en una especie de torre de Babel, de la que no pueden salir y donde creen huir de la cotidianidad.

¿Adicción?

La Real Academia Española define al consumismo como la “tendencia inmoderada a adquirir, gastar y consumir bienes, no siempre necesarios”. Se habla, asimismo, de sociedades despilfarradoras de recursos donde vivir es derrochar. Entre los principales incentivos para llegar al consumo hecho patología, como se le llama también al fenómeno en cuestión, se encuentra la mencionada publicidad.

El psicólogo clínico del hospital Héroes del Baire, en Isla de la Juventud, doctor Julián Granados Velázquez, advierte que el consumismo de televisión puede convertirse en una necesidad espiritual de ciertas personas, y no estarán en paz hasta conseguir sus programas favoritos. “En el caso de los adolescentes es aún más complicado, es posible crear un sentimiento de frustración por no poseer lo que el resto de sus amigos sí. Esto conlleva a cambios anímicos bruscos, aunque pocas veces asisten a una consulta porque no asumen su dependencia”, asevera el especialista.

Otro importante aspecto que destaca es la marcada intencionalidad de todos los elementos en pantalla, desde los conductores hasta la escenografía: “La ideología es omnipresente y capaz de influir y transformar las mentes, sobre todo las más vulnerables: las jóvenes”.

En el propio entorno pinero, la maestra Raíza Roque Gómez, de la escuela primaria “Abel Santamaría”, siente esa influencia en sus alumnos, principalmente en las niñas: “En el aula, muchas se la pasan hablando de marcas de ropa o del último teléfono inteligente. Parecen saltarse la etapa de la niñez”.

Para Ricardo González Menéndez, especialista del Hospital Psiquiátrico de La Habana “Eduardo Bernabé Ordaz”, una adicción es la repetición de una conducta de la cual se llega a depender; entonces, ¿puede alguien convertirse en adicto a productos comunicativos?

Para Granados sí es posible. Opina que muchos establecen dependencia y solo ver esas presentaciones les da tranquilidad, intención de los productores, quienes ganan más dinero mientras más adictos tengan.

Televisión cubana, la otra cara de la moneda

Cuba no transmite reality shows y la publicidad es muy limitada, solo dirigida al bien público, porque el Estado aboga por una televisión donde prevalezca el contenido formativo, que respete la inteligencia del público, lo eduque y oriente.

“Aquí tenemos un alto nivel de compromiso con la cultura, la identidad y lo enriquecedor para el ser humano. A la vez, intentamos brindar entretenimiento, lo cual no es sinónimo de superficialidad”, cree Fabio Fernández Kessell, director de Programación y Contenido del Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT), quien además asegura que la programación es buena si es capaz de lograr la independencia del espectador respecto a ella, no retenerlo frente a la pantalla chica ni aislarlo de su realidad.

Aun cuando muchas personas, influenciadas por modos de hacer foráneos y por la reciente aparición del “paquete” semanal, critican la calidad de las propuestas del ICRT por la alta dosis de didactismo que brinda y la reiteración de temáticas, esta institución opta por alejarse del consumismo televisivo y apuesta por el incentivo de una cultura propia y por ser reflejo de la sociedad, no un promotor de modelos inalcanzables, sueños banales, ni compras frenéticas y desenfrenadas, como sí hacen medios de otros países, en su mayoría capitalistas.

Actuar sobre los otros

“Comunicar es siempre una manera de actuar sobre el otro o sobre los otros”, dice el filósofo francés Michel Foucault, cuyo planteamiento parece ser premisa de los grandes medios productores de los reality shows y publicidad. En su tiempo al aire disparan mensajes que llevan al consumismo de quienes los ven, a través de la utilización de símbolos como la belleza, la fama o un supuesto bienestar familiar “regalado” por ciertos productos del mercado.

La existencia de un número creciente de espacios semejantes provoca una explosión de modernidad y atractivo despampanante. Les urge explotar al máximo la originalidad para captar la atención de segmentos de televidentes atontados de tanta banalidad, pues no se puede desestimar la existencia de una parte de público crítico y consciente frente a los audiovisuales.

En pleno siglo XXI, las personas están sometidas a un fenómeno de doble colonización cultural, asegura Ignacio Ramonet en su libro “Propaganda silenciosa”. La batalla se vuelve aún más peligrosa con Internet, que lleva a cada rincón estas producciones y contribuye a la norteamericanización de las mentes y la exportación de dicha sociedad.

Ante la intención de ciertos medios de impulsar el consumismo y convertir a las personas en máquinas de deseos, como dice Ramonet, la psicosociología se plantea la inquietud de hasta qué punto alguien puede consumir sin consumirse.

Ficha técnica:

Asunto a tratar: Consumismo televisivo.

Tipo de título: Juego de palabras.

Tipo de entrada: Anecdótica.

Tipo de conclusiones: De interrogante implícita.

Fuentes documentales: Michael Hakawa, sociólogo estadounidense (documental, citado en Propaganda silenciosa, de Ignacio Ramonet); Ricardo González, psicólogo (documental); Michel Foucault, filósofo francés (documental, citado en Propaganda silenciosa, de Ignacio Ramonet); Ignacio Ramonet, intelectual (documental, de su libro Propaganda silenciosa). Fuentes directas: Julián Granados Velázquez, psicólogo clínico del hospital pinero Héroes del Baire (directa); Raíza Roque Gómez, maestra (directa); Fabio Fernández Kessell, director de Programación y Contenido del Instituto Cubano de Radio y Televisión (directa).

Empleo de recursos:

Definición: ParaRicardo González Menéndez, especialista del Hospital Psiquiátrico de La Habana, una adicción es la repetición de una conducta de la cual se llega a depender; entonces, ¿puede alguien ser adicto a productos comunicativos?

Comparación: Aun cuando muchas personas, influenciadas por modos de hacer foráneos y por la reciente aparición del “paquete” semanal, critican la calidad de las propuestas del ICRT por la alta dosis de didactismo que brinda y la reiteración de temáticas, esta institución opta por alejarse del consumismo televisivo, pues apuesta por el incentivo de una cultura propia y por ser reflejo de la sociedad, no un promotor de modelos inalcanzables, sueños banales, ni compras frenéticas y desenfrenadas, como sí hacen medios de otros países, mayormente capitalistas.



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