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SEGMENTOS DE VIDA

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A los 59 años de edad, el profesor Jorge Portuondo, formado por el Destacamento Pedagógico “Manuel Ascunce Domenech” para promover la formación de nuevos profesores, espera el retiro consciente de haber cumplido su tarea como docente.

 

 

Texto y foto:

ALEJANDRO ABADÍA TORRES,

estudiante de primer año de Periodismo,

Facultad de Comunicación,

Universidad de La Habana.

El timbre suena, comienza el turno y con él otro día en la vida de Jorge Alberto Portuondo Montalvo, profesor de Matemática del Instituto Preuniversitario “Saúl Delgado”, en el Vedado capitalino. El aula está en total silencio, nadie se atreve a conversar debido al respeto que le tienen los estudiantes.

Termina la clase y salen del aula el paquete de tizas, el cartabón y la libreta con los planes de clases en manos de quien lleva 41 años frente a las aulas. Me recibe e indica el lugar donde conversaremos, durante el trayecto se detiene frente a otra aula con el fin de adelantar clases, el grupo se niega y descontento me pide seguir.

Por fin llegamos a la Cátedra de Matemática, un pequeño local donde confluyen todos los profesores de la asignatura. Aparta dos sillas para ponerlas alrededor de su desordenado buró: “Aquí califico los exámenes de mis muchachos, no te fijes en el reguero”.

Algo intranquilo organiza uno que otro papel, cierra la puerta, se sienta por fin y antes de empezar me enseña un cuadro del  Comandante en Jefe Fidel Castro: “Fueron días difíciles, durante el duelo, aunque tenía afectada la salud, fui al Memorial José Martí y a la despedida de la caravana.”

A simple vista noté una profunda emoción en el rostro de este hombre de 59 años formado por el Destacamento Pedagógico “Manuel Ascunce Domenech”, surgido a propuesta del propio Fidel para promover la formación de nuevos profesores con un noble objetivo,  garantizar la presencia de un educador en cada aula.

Orgulloso refiere haber acudido a este llamado de la Revolución con un alto nivel de compromiso y sonríe algo nostálgico al decir que con apenas 18 años ya impartía clases y las recibía, pues era un profesor en adiestramiento.

Aunque en su memoria parecería haber espacio solo para teoremas, funciones y ecuaciones, no olvida el nombre de su profesora de décimo grado, Divina Orza, y su asesora Ada Busto. “Estas personas cultivaron en mí valores como la honestidad y responsabilidad. Al parecer estos principios han desaparecido un poco”, afirma. 

Sobre docentes que rompen los principios éticos de la profesión, dice enérgicamente: “Esos no son profesores, o más bien no son educadores. Con esa actitud solo laceran el futuro de los jóvenes.”

Golpea la mesa con el bolígrafo, me mira, piensa un poco y no deja de reconocer la situación económica actual del país. “No es fácil, a nadie le alcanza el salario y cada quien lucha lo suyo, pero tampoco podemos dejar a un lado ciertos comportamientos morales, si no, ¿cómo voy a exigir su cumplimiento dentro del aula?”

Las personas más admiradas por el profesor Portuondo son aquellas sencillas, honestas y cumplidoras. Respeta mucho a todo el que mantenga una línea ética correcta.

“En los momentos difíciles del Período Especial, cuando algunos abandonaron la profesión para buscar trabajos mejor remunerados, pensé en intentarlo también, pero no pude. Decidí continuar aquí a pesar de las carencias con las que vivíamos y no me arrepiento de ello”. Levanta la cabeza y la mirada revela satisfacción ante su decisión.

En cuatro décadas de trabajo, ¿cuánto vivió este educador, quien además de Cuba llevó su pedagogía y conocimientos a países hermanos como Bolivia y Angola? Ante este hombre, se piensa en una profesión subvalorada por muchos cuando debería una de las más veneradas.

Pie de foto: A pesar del complicado horario, busca siempre la forma de otorgar atención diferenciada a los estudiantes que la necesiten.



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