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MUNDOS PARALELOS

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EDUARDO ANTONIO GRENIER RODRÍGUEZ,

estudiante de primer de Periodismo,

Facultad de Comunicación,

Universidad de La Habana.

Aquella tarde descubrí que no existen las distancias. No son tiempos de palomas mensajeras, ni telégrafos, ni operadoras de Etecsa. El mar es agua salada, añeja, triste, incapaz de imponernos soledad. Cuba escapó de la burbuja hace tiempo: dejó de ser ancla para convertirse en puente.

El capitalino parque G se ha convertido en epicentro de multitudes que buscan hacer del ocaso el horario perfecto para trasgredir fronteras. Allí estuve más de treinta minutos maldiciendo a la wifi, al bloqueo, al atraso tecnológico. Por fin logré decirle “hola” a Raúl, el primo que se fue hace doce años. Por primera vez utilizaba el “IMO”.

-Primo, ¿ya tienes Internet en la casa?

La pregunta parece tener un eco, pero me resigno a darle respuesta nuevamente. Ya quisiera yo tener las bondades de la red de redes a tiempo completo. Pero sí cuento con la conocida aplicación móvil “IMO”, cuya magia tecnológica permite a los cubanos observar el rostro de familiares que los kilómetros se empeñan en borrar.

Raulito vive en Virginia, donde el frío hace mella en quienes acostumbran a resistir el calor del Caribe. Me confiesa que extraña muchas cosas de Cuba, sobre todo la comida criolla y el aroma a tabaco de las vegas pinareñas. 

A través de la pantalla le mostré un viejo manicero. Aunque parezca inverosímil, vi lágrimas en sus ojos. Hace más de diez años no se come un maní garapiñado, tiene el dinero para pagarlo en los mercados de allá, pero prefiere renunciar a su sabor, antes de probar uno diferente al cosechado en su Isla.

El paladar se educa con el tiempo y a lo bueno se acostumbra todo el mundo. Al menos eso dicen los que viven allá. Sin embargo, mi primo, rodeado de las cervezas más caras del mercado (que yo moriría por probar), me declara, con voz entrecortada, que solo sería feliz si tuviera en sus manos una botella de la clásica guayabita del Pinar.

Yo, por mi parte, satisfice los deseos de contemplar la nieve. Me atrapó una emoción peculiar cuando me enseñó cómo amoldar un muñeco al estilo de las películas. Parecía cosa de ingenieros, pero mi primo logró la hazaña en menos de cinco minutos. Descubrí algo más: estábamos en mundos paralelos.

Más allá de su rostro, los árboles sienten el peso de los copos de nieve. El paisaje no sabe de colores en esta época del año.

-¿Estás cerca de la casa, Rau?, evita mirar a la cámara y responde.

-No, cerca de la casa estás tú.

Comenzó a temblar, quizás por el frío, quizás por nostalgia, quizás por ambos; en dos pasos entró en el zaguán. Mientras yo, en el borde de una acera manchada de gasolina, observaba el desfile de almendrones por las arterias del Vedado.

Vuelvo la mirada al teléfono. Es de nuevo un objeto inanimado, sin rostro. El cierre de los mundos paralelos se encuentra justamente en el final de esta tarjeta. No hubo despedidas, ni esta vez, ni hace doce años.



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