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¿VARADERO PARA LOS CUBANOS?

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MABY MARTÍNEZ  RODRÍGUEZ,

estudiante de primer año de Periodismo,

Facultad de Comunicación,

Universidad de La Habana.

El turismo es uno de los principales pilares que sostienen la economía del país, y desde hace más de diez años sus aportes exceden los 150 millones de divisas anuales. Matanzas, La Habana y Santiago de Cuba representan los principales destinos para los visitantes.

Hace alrededor de cuatro años varias empresas internacionales, entre ellas la sucursal francesa AEI Arcos BBI (Bouygues Batiments International), comenzaron a incursionar en los terrenos sin construir al norte de la península de Hicacos. Se espera que en un futuro se convierta en un área exclusivamente para el disfrute.

Hasta la fecha, se han terminado más de seis hoteles cinco estrellas: El Blau y Arenas Blancas, ya entran en la lista de los preferidos. Cuatro más continúan en proceso y conformarán un complejo hotelero y se prevé que será uno de los mejores en Latinoamérica, junto con el centro comercial “Marina Gaviota”.

Los resultados han sido los esperados por las empresas constructoras e inversionistas: los turistas entran impresionados y salen satisfechos. Los servicios son exquisitos, los trabajadores están especializados en sus áreas laborales, pero, ¿qué pueden decir los cubanos de estos nuevos espacios para el disfrute y la comodidad?

Es cierto que desde que se abrieron las puertas de los hoteles a los nacionales, la frecuencia de ellos a la península ha ido en aumento. Varadero se transformó en una opción más para el disfrute del verano, pero las altas tarifas del hospedaje y los restaurantes convierten la visita en un improvisado campamento donde no faltan las toallas, sombrillas y, por supuesto, la comida.

Si antes era difícil acceder a los alojamientos clásicos como Mar del sur u Oasis, ahora con estos adelantos se pierden todas las esperanzas. Aunque las puertas están abiertas para la población, la idea de un fin de semana en El Blau se vuelve sueño imposible cuando la tarifa de reservación comienza a acaparar números.

Como cubana, me encantaría disfrutar de los spa, jacuzzis y piscinas que forman parte de las nuevas construcciones, pero soy consciente de los inalcanzables que son para un ciudadano común. La mayoría de nosotros no podemos permitirnos un hospedaje de 85 dólares la noche por persona y mucho menos frecuentar un centro comercial como La Marina, donde el costo de la ropa y los accesorios, de marcas extranjeras, duplican el salario promedio del cubano, que ronda los 584 Moneda Nacional (MN).

Los restaurantes prometen con su apariencia, pero con una ojeada a la carta de ofertas el hambre desaparece y una punzada de dolor atraviesa la espina dorsal. Ya estamos acostumbrados a la disyuntiva de los salarios y los precios, pero todo cubano tiene derecho a gozar de la buena calidad de las instituciones de su país.

Realmente la situación económica de la Isla influye bastante en las ganancias de los trabajadores, el turismo es una fuerte entrada de ingresos, por lo que se entiende la necesidad de explotar las riquezas naturales, pero sin explotarnos entre nosotros. 

Si bien pueden "justificar" las cuotas que andan por los cielos, es imposible poner excusas al comportamiento de aquellos compatriotas que prestan sus servicios en estos lugares. La diferencia en el trato es evidente, la cortesía y amabilidad que debe reinar en un establecimiento desaparecen en cuanto un coterráneo asoma por la puerta.

Tal parece que el lema “El cliente siempre tiene la razón” solo se aplica a aquellos con apariencia de tener buenas posibilidades económicas y se olvidan que todos somos cubanos, hermanos de tierra, con los mismos derechos.



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