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UN NUEVO MUNDO CULTURAL

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GABRIELA TAMARIT GUERRERO,

estudiante de primer año de Periodismo,

Facultad de Comunicación,

Universidad de La Habana.

El restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos en diciembre del 2014 permitió un incremento del intercambio cultural entre ambos países. La normalización ha proporcionado que nuestra cultura sea más conocida en el mundo, pero su calidad también lo ha propiciado.

En 2015 arribaron a nuestra tierra grandes personalidades que poseen no solo premios, sino talento y prestigio; algunas lo hicieron con la idea de deleitar al público cubano, tal es el caso de la boricua Olga Tañón, Luis Enrique o Take 6; mientras que otros decidieron intercambiar experiencias y establecer nuevas vías de colaboración, como hizo el director de cine Francis Ford Coppola con la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños.

¿Acaso Cuba ha ganado de pronto el premio de la popularidad de otorgan los “Lucas”, pero a nivel internacional?

Según la revista cubana Temas, en su artículo “Corrientes académicas y culturales, Cuba-Estados Unidos”, el intercambio cultural se ha visto mediado por la política aplicada por la administración norteamericana en el poder, en ese momento.

La de Jimmy Carter, por ejemplo, auspició viajes de estudiantes cubanos a su país. Sin embargo, Bill Clinton y George Bush frenaron mucho más, con la Ley Helms-Burton, no solo el desarrollo económico de Cuba, sino que obstruyeron notablemente la reciprocidad de investigaciones conjuntas entre ambas naciones.

Estados Unidos amplió, sin duda, las posibilidades de nuestra representación artística. Pero si Cuba no contara con el bagaje cultural que la Revolución ha potenciado durante más de 50 años, ¿provocaría el mismo impacto en el mundo?

Como consecuencia de la hegemonía cultural del país norteño, que según Gramsci pretende conseguir un estado de homogeneidad en el pensamiento de los pueblos, la cultura cubana se ha visto soslayada y aún cuando es reconocida, no ha tenido la misma oportunidad de acceso a la producción mundial en comparación con otros países. Ahora el panorama parece ser diferente.

Si existe un Lang Lang, Cuba tiene un Chucho Valdés y un Frank Fernández. Si dicen a Jackson Pollock, en pintura, decimos a Wilfredo Lam. En danza, quién duda de la labor de Alicia Alonso, incluso del joven bailarín Carlos Acosta.

Si hablamos del fotógrafo Peter Tunrley, que se convirtió en el primer estadounidense en exponer su obra en el Museo Nacional de Bellas Artes, digamos entonces que la Jazz Band de la Escuela Nacional de Arte fue la primera banda de estudiantes que visitó el “Lincoln Center” de New York, en abril de 2016.

Importantes agrupaciones como Los Van Van, Irakere, el Trío Matamoros y hasta Gente de Zona, han sabido escalar a la cima y defender, aunque en tiempos y épocas diferentes, el sello de cubanía. Así lo reflejó el Dj Diplo cuando dijo: “Cuba tiene un impacto cultural tan poderoso en todo el mundo que se convirtió, para mí, en un referente musical a partir del cual evolucionar”.

Resulta ineludible el fructífero intercambio de experiencias, oportunidades de superación a los más jóvenes y momentos de disfrute de ambos pueblos. En resumidas cuentas estamos hablando de cultura en su sentido más abarcador.

La cultura cubana, dada las nuevas circunstancias, debe asumir un rol más activo en la arena internacional, pero tendrá que definir con claridad su camino y saber defenderlo de estereotipos extranjeros que pueden, en cierto modo, corromper su verdadera identidad.

Como dijera José Martí, “la madre del decoro, la savia de la libertad, el mantenimiento de la República y el remedio de sus males es, sobre todas las cosas, la propagación de la cultura”.  



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