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MÁS ALLÁ DE LA COSA

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Gerardo Chijona propone en su más reciente realización un humor diferente que tiende a romper los marcos costumbristas del género en Cuba.

THAÍS HERNÁNDEZ LOMBAO,

estudiante de Periodismo,

Facultad de Comunicación,

Universidad de La Habana.

La individualidad, el egoísmo, y la capacidad de supervivencia propios del ser juegan humorísticamente en la nueva película de Gerardo Chijona, titulada La Cosa Humana, que se estrenó durante el pasado Festival de Cine Latinoamericano de La Habana (2016) y tuvo una excelente acogida por el público.

En ella, el también director de Esther en alguna parte, hace un homenaje al séptimo arte y a la literatura universal, uniendo el estilo humorístico de Woody Allen y la mafia de Coppola, logra valiéndose de constantes referencias a varios de los grandes escritores desde Martí hasta Hemingway, un efecto sui generis.

La trama no está centrada en la realidad, pero la toma como excusa para el desarrollo de los conflictos. Esta se desarrolla en la capital cubana, donde el joven ladrón Maikel Hernández entra a robar en la casa del escritor Justo Morales, y encuentra un manuscrito con la mejor obra hasta ese entonces escrita por él.

Bandido e intelectual se presentan al concurso de cuentos La Pluma Brava y se disputan el gran premio, que los podría sacar a ambos de varios aprietos monetarios.

El elenco está compuesto por artistas de varias generaciones, entre quienes Enrique Molina destaca interpretando al Suave, un mafioso que se cree culto y decide financiar a Maikel (Héctor Medina), actor que ya había trabajado con Chijona en Boleto al Paraíso. También actúan Vladimir Cruz, de Fresa y Chocolate, como Justo Morales, además de Osvaldo Doimeadiós y Carlos Enrique Almirante.

Una constante ráfaga de citas literarias, a veces forzadas, colman el guión de Francisco García. Algunas son bien recibidas, pero otras pasan casi invisibles y pierden efecto, por ser poco conocidas para el público.

Edesio Alejandro realizó la banda sonora que, junto a una rica fotografía con buenos planos de Raúl Pérez Ureta y la iluminación logran recrear un ambiente que hace coquetear a la ciudad real con la imaginaria.

Respecto a la realización de la cinta, su director esperó mucho tiempo para hacerla, anhelando tener las condiciones que le permitieran hacer la película que deseaba y no la que la economía le imponía. El resultado fue un filme que muestra los años de preparación en cuanto a locaciones y escenografía que le aportan una visualidad armónica. 

La recreación de los personajes por parte de los actores es buena y  fluye de una manera natural, a pesar de lo complejo y rebuscado de los diálogos, que se apartan de la norma de la mayoría de los criminales del bajo mundo.

Podría decirse que, en cierto modo, dentro del largometraje se aprecian rasgos machistas, ya que solo abordan la figura femenina como el objeto del deseo. Este es el caso de Shatila, interpretada por Mirel Cejas, quien se encarga de seducir a Justo Morales  pretendiendo ser la musa que le devolverá la inspiración perdida. Algo similar ocurre con Yisi, Amarilis Núñez, la esposa de este y es representada como la mujer insegura por su incapacidad de procrear. Mientras que con los hombres hacen constantes alusiones a la virilidad.

La obra se escapa del encasillamiento de la comedia de corte social, como las que han colmado hasta ahora  el cine cubano, ofreciendo al espectador la oportunidad de interiorizar literalmente aquellas frases que muchos conocemos de memoria y repetimos mecánicamente, a veces sin conocer su verdadero significado.

Aunque la trama no es en sí muy divertida, con una buena construcción del  guión,  logra  más que nada entretener de principio a fin. Sin embargo, no es de las mejores del director, pues los temas  son tratados con cierta banalidad y carecen de fuerza, a diferencia de Boleto al Paraíso.

En ocasiones, la humanidad de La Cosa se pierde, pasando de la sensibilidad a la crudeza  con que se abordan algunos asuntos no tan graciosos como los crímenes sexuales, y  sacrifica la sutileza y el tacto para lograr un humor negro latente en buena parte de los 90 minutos de su duración.

Sin ser una gran película, verla no es una pérdida de tiempo. No aborda temas de repercusión social, ni propone mensajes aleccionadores, pero ese no es su objetivo. Solo regala un rato de diversión.

Pie de foto: La cinta demuestra que la cultura puede florecer incluso en el mundo criminal (Foto: Tomada de www.granma.cu).



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