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CAMPESINOS FELICES

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Este óleo de Carlos Enríquez muestra un mundo ante el cual el espectador no puede permanecer indiferente. Quizás un espíritu así es el necesitado por las obras comerciales que abordan el costumbrismo cubano.

NAIMY HERRERA PEREIRA,

estudiante de primer año de Periodismo,

Facultad de Comunicación,

Universidad de La Habana.

Obra deprimente, trascendental y de incesante denuncia a la pobreza del hombre de campo en la etapa republicana es Campesinos Felices (1938), de Carlos Enríquez (1900-1957), un óleo sobre tela de 122 centímetros de largo por 89,5 centímetros de ancho, que el Museo Nacional de Bellas Artes preserva como una de las piezas más emblemáticas del arte vanguardista cubano.

En este cuadro, la sutil ironía hace su mayor acrobacia al relacionar  en una imagen dos conceptos opuestos: la representación implacable de la pobreza, en contraste con el término felices del título, el cual encierra un significado paradójico.

Aquí los personajes fueron pintados en la más conmovedora imagen de la miseria. Con vientres hinchados de parásitos, un aspecto de absoluta miseria y en el ambiente de un tradicional bohío que apenas puede sostenerse, es como posan los protagonistas. Más bien parecen cadáveres que se mantie­ne en pie milagrosamente,  sin saber por qué ni para qué.

Suave, casi transparente, hasta lograr que algunos objetos parezcan líquidos, es la técnica utilizada. Las líneas son protagonistas: deforman, abultan, se tuercen y ensanchan. El rojo -color principal en la composición- se encuentra con mayor intensidad en el piso del bohío, dando la sensación que los protagonistas viven en el infierno. Todos los elementos están puestos en función de lograr una mayor expresividad.

El pintor asume el caos y se introduce en medio de él, para transformarlo en una exaltada acusación social. En esta rebelde pintura son evidentes sus inquietudes sociales y la denuncia a la situación del campesino cubano.

Para poder comprender la obra de Carlos Enríquez en su raíz y conseguir valorar su fuerza poética y originalidad, resulta imprescindible inscribirla en el proceso histórico-cultural en que se desarrolla.

En las primeras décadas del siglo XX, la plástica cubana, que hasta entonces careció de sentimientos de nacionalidad en su propio terreno, comenzó a representar paisajes humanos y naturales más auténticos, como parte del movimiento político-cultural de repudio a la situación de burla y desilusión existente, donde van a predominar los colores rojos, amarillos y azules del Caribe, así expresan Oscar Morriña y María Elena Jubrías, autores del libro Ver y Comprender las Artes Plásticas (versión digital).

El mismo volumen explica que la preocupación por el reflejo de la nacionalidad tuvo, en la pintura cubana de los años 30, multiplicidad de formas, estilos y temas. En tanto Eduardo Abela (1891-1965)   en su óleo Guajiros (realizado el mismo año, 1938) ilustra a unos felices y apacibles campesinos, todos vestidos de blanco, sentados en rústicos taburetes con un tranquilo batey a sus espaldas. Enríquez, en su lienzo, impone otra visión: sus personajes no tienen el mismo carácter de los de Abela, pues son la viva estampa de la amargura.

Observador incansable del mundo que lo rodeó, vinculado con su pueblo, el pintor no transitó con indiferencia entre los acontecimientos de un siglo que marcó cambios. El artista, condicionado por su época, se manifestó de acuerdo con las características sugeridas por su periodo.

La pintura es un reto a la persona que se le acerca, pues encierra el secreto de su tiempo y sociedad, aporta características visuales a ciertos acontecimientos, muestra artísticamente el reflejo de una época y es portadora de un inmenso mensaje humano. La cantidad y el sentido de los valores a descubrir dependen del tipo de espectador.

Campesinos felices da una muestra del mundo ante el cual el espectador no podrá permanecer indiferente. Este espíritu es el que están necesitando las obras comerciales actuales para romper así con la óptica superficial, facilista y falsa del costumbrismo que trae una limitada visión marginal de la Cuba nuestra.

Pie de foto: Campesinos Felices se encuentra en exposición permanente desde 1964, gracias a la donación de Zoila Gálvez, viuda de Enrique Andrés Larrinaga, cumpliendo la voluntad de su esposo (Foto: Tomada del libro Ver y Comprender las Artes Plásticas, versión digital).



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