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VESTIR DE ETIQUETA

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JAVIER MACÍAS ORTIZ,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

El sabio más famoso de la filosofía cínica fue Diógenes, quien vivió en un tonel y no poseyó más bienes que una capa, un bastón y una bolsa de pan. Sin llegar a tal extremo, deberíamos poner en práctica una máxima de su doctrina que no por antigua es caduca: la verdadera felicidad no depende de cosas externas tales como el lujo, la ostentación…


Los ciudadanos de metal que cultivan con tan mal gusto el barroco y se exhiben por doquier atiborrados de cadenas, sortijas y manillas, sin el menor sentido de la mesura, no hacen más que sacar a pasear su mediocridad.


El verbo filoso y agudo de Martí alertó: "el búcaro no debe ser más que la flor; mucha tienda, poca alma." Lamentablemente, cuántos no fingen hablar desde el celular sin línea, enfrentan el plato vacío por vivir entre oropeles o se perfuman en exceso para disimular sus carencias espirituales.


El que salga a la calle buscando unos ojos que le enamoren tropezará con oscuridades plásticas, si es que no tiene la mala suerte de toparse con la mirada de Judas: pupilas azules o verdes detrás del frío lente.


Me pregunto si esos que actúan como pavorreales tienen amigos, alcanzan el amor o son como maniquíes que solo atraen por el atuendo que lucen. La verdadera etiqueta no se expone en las vidrieras caras, se revela en personas sencillas, que anteponen comodidad y equilibrio al último antojo de la moda, que sobresalen por cosas más trascendentes como pueden ser su sabiduría, modestia y humanismo.


Hay muchas formas de vestir de "etiqueta". El Indio Naborí, en la primera controversia en público que participara, cuando su contrincante se burló de la vestimenta que traía, este le espetó salomónicamente:


"Viste tú seda y encaje,
y dril cien y casimir,
que a mí me gusta vestir
la etiqueta del lenguaje.
De mi calzado y mi traje
te burlas, porque no has visto,
que más pobre murió Cristo
con un clavo en cada palma
¿Acaso me viste el alma
para saber cómo visto?"


Charlot, con sus trapos raídos, me resulta más fascinante que un Steven Seagal estilizado y facilista. Fidel, con su uniforme de campaña, hizo presencia en lugares como la ONU donde las "buenas costumbres" dictaban la corbata. Y es que la elegancia no necesita ornamentos. Ella, recatada bajo el hangar de la cabeza, oculta en el verbo tras la boca formidable, vestido fresco y barato que mantiene la gracia del cuerpo, es de por sí superlativa, y le sobran bombo y platillos.



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