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ALITA DE CUCARACHA

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MAYDELIS GÓMEZ SAMÓN,
estudiante de cuarto año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Mi calle es más que un basurero de platicos con salsa de tomate y queso despedazados a lengüetazos por los perros. Es más que esas botellas –fanáticas del dominó y la forma de terminarse el juego- ahora rotas. Es más, dudo que en la Luna haya tantos cráteres como aquí. Pero, cuando cae un chin-chín, mi calle es idéntica a la Tierra, casi las tres cuartas partes de agua. ¡Dichosos aquellos que logran cruzar de un continente a otro sin salpicarse en el océano!

A esta cuadra debo mucho, gracias a ella incursioné en la ficción. Las composiciones sobre mi casa o el barrio hablaban siempre de lugares perfectos. Y los finales, siempre parecidos: “A lo lejos escuché mi nombre, era mi mamá que me llamaba para ir a la escuela”.

Así pasé esos años, inventando cuentos, pintando mi realidad. ¡Qué cosa bonita iba a sacarle al barrio para contar en la escuela! ¿De quién iba a hablar…? ¿De Santa Cruz y sus panes con jamón, de la ponchera, de los juegos de las niñas en la cuadra o de mi solar que se caía en pedacitos…?
Hoy ya no invento historias. Hablo de mi realidad –maravillosa- sin avergonzarme, aunque Belén no ha cambiado mucho.

Santa Cruz ahora se dedica a la cocina italiana. Pizzas y espaguetis para todos –todo el que tenga diez pesos-. La ponchera se convirtió en un próspero negocio. No hay bicitaxi en la Vieja Habana que no haya pasado por ahí.

Y mi solar sigue cayéndose. Dice mami que el día menos pensado nos cae arriba y que cuando eso esté por ocurrir hay que salir corriendo para la única parte de la casa hecha de mampostería. A veces me imagino el lugar en ruinas y nosotros en la cocina, iluminados –puede ser con el sol o con un bombillo que no haya perecido en el derrumbe- para darle a la escena un toque angelical, divino.

Antes pensaba que era el fatalismo del 405, todos los lugares marcados con ese número eran solares. Mi teoría parecía cierta. Después conocí que en Playa y el Vedado también existen esos tres dígitos.

Ahora sé que soy afortunada. Vivo en un ala de la cucaracha. Detestada por muchos: “No sé cómo pueden vivir en un cuarto de tierra”. Admirada por otros: “A pesar de todo no se muere, se acaba el mundo y sigue ahí”. Y, por supuesto, venerada por algunos amantes leales a “ese bicho”. Mi bichito, mi Viejita, mi Habana. Y yo, en una parte de su cuerpo.

En esta alita –derecha o izquierda, según la posición política de cada quien- conocí la bobería del amor adolescente. Entrar en la cuadra y ver si estaba allí, buscar cualquier pretexto para pasar por delante de su casa. Me miraba –eso creía yo-. Pero con el uniforme amarillo no logré nada. Solo se fijó en su vecina de al frente cuando la poción mágica de la beca hizo efecto. Demasiado tarde.

Aquí he aprendido palabras y cosas que nadie dice, pero que todos conocen. En este barrio el seis puede ser una jicotea, el quince un perro y el veinticuatro una paloma. Aquí entendí que la insistencia de los vecinos por tener antenas no era con el propósito de mejorar la señal de Cubavisión.

Quizás esta alita pase a la posteridad o como tantas otras sea llevada al hormiguero. Tal vez allí pueda decirle a Carpentier (que en cubano sería carpintero y en el dialecto de mi barrio veintinueve): “Tenía razón, mi realidad –aunque venga con patas y a muchos les de asco- es maravillosa”.

 

 



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