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SI DEL MÍO SE TRATA

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ALEJANDRO ROJAS ESPINOSA,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Al hablar sobre los padres en una fecha cercana al día de su celebración oficial podría correr el riesgo de ser tan original como tan trillado, sin embargo, hablar sobre el  mío, eso si sería nuevo.

Mi papá, cuando yo estaba pequeño, soñaba con que fuera pelotero o futbolista, para poder regodearse delante de sus amigos y que vieran lo bueno que era su hijo. Un poco más acá en el tiempo me veía vestido de blanco y trabajando en un hospital; si yo salvaba vidas, él estaría muy orgulloso.

Finalmente, descubrió que nunca tuve aptitudes para el deporte, o para la medicina, por eso me dejó la elección a mí, al fin y al cabo era mi futuro, él solo me debía guiar para que fuese un hombre de bien.

Mi progenitor solía salir conmigo a los museos, a los juegos en el estadio Latinoamericano y a la playa, en fin, a donde quiera que yo fuese; unas veces por mi seguridad, otras por ver en qué y con quién ando, pero ese es su trabajo, y todavía asegura que lo será mientras esté vivo.

“La calle está mala” y “ten cuidado con quien te juntas” son dos frases que he oído más que el Himno Nacional, pero seguro sus razones tiene, un hombre que seca todas las noches sus canas sabe lo que uno encuentra en el camino de la supervivencia.

Y eso, eso es otra cosa que me enseñó mi progenitor: en la vida, hay que sobrevivir “si tenemos de todo, estamos bien, si no hay na´… hay que echar pa´lante, sacrificarse, el hecho es no volverse débil y menos, carne para gusanos”.

Pero el autor de mis días ya llegó a la etapa en que se la presión sube y la energía baja, el sueño aparece a las seis de la tarde y se esfuma a las diez de la noche, es una relación causa-efecto que al mismo Marx seguro le hubiese costado trabajo entender.

Lo único que no cambia en él es el apetito, cómo come, y por más que le digan “la dieta” o, “el corazón”, él no hace caso. Entonces es cuando le doy un poco de su medicina y tomo las riendas. Y ahí es cuando él me las quita y se forma la conversación en tonos inimaginables, de esos que cualquier actor utilizaría para parecer enojado y fiero.

Pero al final del día la discusión es solo eso, pues mi padre sabe que me hace mucha falta, que todo lo que le digo es por su bien, y aunque no lo fuera, es lo que yo creo, porque no quiero que se vaya al más allá, no todavía.

Ahora que lo menciono, otra de las cosas en que me instruyó mi papá fue la actuación, sonreír cuando todo esté mal, a veces disimular para no herir a alguien, y muchas lecciones que, de una forma u otra, hay que fingir para estar bien con las personas que queremos, y a veces con las que no.

Mi papá es especial, entre otras cosas, por vivir conmigo, por ser mi amigo, por darme la oportunidad de dialogar con él, por dejarme elegir mi camino, pero a la vez, por ser exigente, por no dejar que me vaya de mi camino, y en varios momentos, reprimirme hasta entrar en razón.

Si de mi padre se trata, las líneas no alcanzan, las palabras no tienen el significado exacto, y nunca, nunca, sería gastada la forma en que me refiera a él. 



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