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LA MUJER DE MI VIDA

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MARÍA DEL ROCÍO RAMOS SUÁREZ,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Un par de espejuelos, el libro de oraciones, un rosario en la mano y el magisterio en el andar, fueron los amuletos que acompañaron a la mujer de mi vida en el escaso y preciado tiempo que tuve para amarla.

Siento que me la imaginaba así mucho antes de conocerla: su caminar despacio y temeroso a las caídas, su postura en el sillón cuando zurcía mi ropa, la ternura con la que miraba a mi abuelo, y las ganas tan grandes de verme crecer.

Aún no sé cómo sucedió, ni cómo dejó de existir esa señora de cabellos blancos que mantuvo siempre la sonrisa joven.

Creo que nunca me hubiera imaginado la vida sin ella, sin un beso cada noche antes de dormir, sin una caricia en el pelo, sin un regaño, y sin decirme: −Eres lo más grande que tengo.

Me tomó de los brazos de mi madre, que entonces era demasiado joven, moldeó el pequeño barro e hizo de mí la persona que tal vez ella hubiera querido ser, pero se le olvidó ponerme una coraza que me cubriera cuando finalmente la vida entendiese que su lugar ya no estaba en este reino.

A veces pienso que se ha olvidado de mí. No me acaricia mientras duermo, ni aparece en mis sueños para darme alguna señal o para decir que me extraña. Parece que tiene mucha gente que socorrer y muchos barros que moldear en ese otro mundo del que tantos hablan, pero nadie ha visto.

En ocasiones me molesto, he jurado incluso dejar un día de pensar en ella, si al final, parece que yo no tardé en salir de sus prioridades. Pero luego, en cada buena acción que hago, en cada comportamiento del que yo misma me enorgullezco, en cada decisión certera que tomo, veo reflejado su rostro, más sonriente y complacido que nunca, con un guiño que parece gritarme que aún no se ha ido del todo.

La necesito tanto que bordeo la desesperación. Sus sabios consejos y la tranquilidad emocional que me brindaba son cosas que no creo que alguien más pueda reemplazar, y es que hay espacios que son insustituibles.

Contra su partida no pude hacer nada. Se fue sin mi permiso y cuando me percaté ya era muy tarde para detenerla, solo alcancé pedirle que no me llevara pronto, pero que viniera a verme siempre.

Perdimos mucho tiempo. ¡Hay tantas cosas que nos quedaron por hacer juntas! No me creo que haciéndolas yo, ella las disfrute del mismo modo, sería notar más su ausencia y convencerme de que hay años que no regresan más y que hay que valorar esos instantes mágicos donde lo tenemos todo y de tontos, pensamos que nos falta algo, esos pequeños momenticos que algunos suelen llamar felicidad.

Dicen el tarot y las predicciones que finalmente seré periodista, pero estoy segura de que si la vida me lo hubiera permitido hubiese escogido otra profesión, la de mayor recompensa y la que mejor le hace al corazón: dedicar mi vida a peinar las canas de mi abuela.



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