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“LO QUE QUIERO, SIENTO Y DIOS ME DA”

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En La Edad de Oro, entidad estatal dedicada al cuidado de impedidos, trabaja Sor Iris, una monja de 27 años que dedica su vida al cuidado de niños y pobres.

Texto y foto:
ALEJANDRA ANGULO ALONSO,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

En La Edad de Oro, hogar para niños impedidos sin amparo filial, ubicado en el capitalino municipio Cerro, vive y trabaja Sor Iris, quien se levanta cada día a las cinco de la mañana para ayudar a los débiles e indefensos. Ella rompe con la imagen estereotipada que se tiene de las religiosas, pues a pesar de su juventud, es una mujer dedicada al prójimo, sin miedos ni complejos.

Cuando la conocí personalmente, después de varias conversaciones telefónicas, encontré a una muchacha de fe indestructible, ni siquiera el hábito lograba ocultar su floreciente lozanía.

«Nací el 8 de octubre de 1987 en Sagua la Grande, Villa Clara. Tengo 27 años. Cuando llegué al mundo fui inscrita como Iris Martínez Espino. La congregación Hijas de la Caridad respeta nuestros nombres, aunque nos llamamos Sor por hermanas.

«Mis padres están casados, viven en Sagua y ambos trabajan en la Empresa de Pan y  Dulces. ¿Si son religiosos?,  bueno, mi mamá va a la iglesia y mi papá, sin contar la boda de mi hermana, no. Fue difícil para ellos cuando a los 21 tomé la decisión de entrar a la congregación, mientras estudiaba el segundo año de Licenciatura en Contabilidad».

La miro y me preguntó cuál fue el detonante para que esta joven y activa muchacha tomara los hábitos, ¿un episodio de su niñez, la influencia de alguien especial o simple realización personal?

«Tuve una niñez tranquila y feliz. Recuerdo con cariño a mis primos, éramos como hermanos, compartíamos todo y salíamos siempre juntos. Las amistades de esa etapa también dejaron su marca.

«Fue mi hermana Irelys el impulso inicial para definirme como religiosa. Ella comenzó a ir a la catequesis con las monjas de María Inmaculada cuando  era una niña. También influyó Ana Beatriz, una Hija de la Caridad a la que conocí en la casa misión del barrio, aún somos amigas. Ahora bien, el Evangelio, la necesidad de llevarlo a la gente y la realidad de los pobres, me convirtieron en la mujer que soy».

Sor Iris se detiene un instante, parece ordenar sus pensamientos. El camino ha sido largo.

«Primero pasé por una etapa de discernimiento con el fin de determinar lo que realmente quería. Durante este proceso de definición espiritual permanecí vinculada a  encuentros vocacionales. También  vine tres vacaciones seguidas a La Habana para trabajar  de voluntaria en La Edad de Oro.

«Fue con las Hijas de La Caridad que empecé a cuestionarme el deseo y el querer de Dios sobre mi vida, nunca con otra comunidad. He estado con ellas desde que tomé los hábitos, durante el Aspirantado y Postulantado. Solo allí podía suplir con mi entrega, la falta de comprensión y amor que sufren los desposeídos. Desde un principio me sentí totalmente identificada con el trabajo de esta congregación.

«La primera fase de mi formación con las Hijas de La Caridad podía cursarla interna o externa. Gracias a este sistema logré asistir los fines de semana a la preparación  en La Habana, mientras dedicaba el resto del tiempo a terminar la carrera en la Universidad de Santa Clara. De esta forma me pude graduar de licenciada antes de tomar los hábitos, pero al entrar en la comunidad el sueño de convertirme en una profesional no cogió muchas alas, tampoco lo alimenté. Y te digo, ahora ni pienso en la carrera, a veces hasta se me olvida que estudié Licenciatura en Contabilidad. Incluso, cinco años después, tomé los votos de castidad, pobreza, obediencia y servicio a los pobres.

«Empecé con cinco muchachas y todavía nos mantenemos aquí. Después de muchos años en Cuba, la nuestra constituye la mayor promoción de monjas hasta el momento».

Sor Iris se ríe, recuerda…

«¡Cómo se pusieron mis padres!, les afectó muchísimo mi decisión. Mi papá, al no ser religioso, no entendía nada. A mi mamá le costó mucho trabajo superarlo. Con el tiempo, han vivido un proceso lindísimo de aceptación. Papi no es de venir porque no soporta La Habana, pero mi madre ya me visita y se pasa días conmigo. Los veo también cuando tengo vacaciones 15 días al año, el día de Las Madres y durante la Navidad.

«Cuando dejé la familia para unirme a las Hijas de La Caridad me sentí feliz. Eso sí, fue muy duro decidirlo, pero hubo dos cosas buenas: la certeza de saber lo que estaba haciendo y tener el poder de optar con libertad».

Examino su pequeño dormitorio. Como único ornamento: un crucifijo en la puerta, entonces pienso que faltan las fotos de boda, los hijos, la familia…

«Antes de tomar los hábitos estuve enamorada y llegué a tener una relación, aunque duró poco tiempo. Todavía nos vemos cuando voy de vacaciones porque él es del mismo pueblo que yo, somos amigos y  podemos compartir juntos sin sentir deseo, necesidad o dolor.

«Renunciar a ser madre fue lo más difícil de superar al convertirme en una Hija de La Caridad, porque los niños me encantan. Sin embargo, me siento realizada con la maternidad que Dios me pudo entregar  aquí. Solo deseo mantenerme fiel, perseverar cada día la vocación que Él me ha regalado y estar siempre alegre sin sentirme nunca una solterona.

«Si alguna vez mi familia necesitara ayuda, la Superiora y la comunidad se la brindarían, por esa parte me siento tranquila. Nuestra orden se ha caracterizado por mantener los lazos con los seres queridos, no solo para brindar soporte económico si hiciese falta, sino también en momentos de enfermedad, dolor y necesidad en general. De hecho, si una hermana está fuera de Cuba, la congregación vela por los familiares».

Una religiosa avanza presurosa por el pasillo. En el hogar La Edad de Oro, entre los desmanes de la naturaleza y la muerte, trabajan las Hijas de la Caridad.

«La realidad es muy fuerte en esta casa que alberga niños impedidos. Después de la misa, bien tempranito, vamos a las salas para cumplir con el baño de los pequeños, labor que casi siempre se une con el desayuno, porque debemos vestirlos, cuidarles las uñas y el peinado. Tratamos de mantenerlos en las mejores condiciones posibles, pero es difícil.

«Durante el almuerzo estamos presentes porque hay que alimentar a la mayoría de las criaturas y supervisar los empleados. Solo después del mediodía tenemos la oportunidad de realizar nuestras cosas. Cerca de las cinco volvemos a las salas para el horario de comida, el cual se une con el momento de asearlos, cambiarles la ropa y  dormirlos alrededor de las siete. De noche también estamos con ellos. El aporte  fundamental  es nuestra presencia.

«A algunos de estos niños los traen la propia familia, trabajadores sociales y de vez en cuando el Comité de Defensa de la Revolución, pero a la mayoría los han dejado abandonados en los hospitales. Tenemos muchos casos de este tipo.

«Hace tiempo decidieron cerrar un Hogar y trasladaron aquí a 25 niños. Todos llegaron muy flaquitos, en pésimas condiciones. No sabíamos quiénes eran, qué comían o sus limitaciones particulares. Dos niñas del grupo que estaban aparentemente bien, murieron en la sala donde trabajo. Fue un episodio terrible, mi experiencia más dolorosa en La Edad de Oro.

«A veces nos sentimos muy limitadas porque aunque vivimos y trabajamos en esta casa, no administramos el Hogar. Es difícil relacionarnos con algunos trabajadores y en ocasiones tenemos que lidiar con personas de bajo nivel cultural y poca formación o educación. Esto requiere de mucho tacto a la hora de comunicar e interactuar.

«Nosotras somos cinco, no obstante, vienen otras religiosas como Las Hermanitas de Jesús y muchas congregaciones que pasan en algún momento a cooperar. También nos visitan grupos de jóvenes, pero no es sistemático ni siempre».

Dicen que el Evangelio en persona se identifica especialmente con los más pequeños, pero imagino que no abundan los milagros en el frágil terreno de La Edad de Oro.

«Bueno, no como lo describe un libro. Pero creo, desde mi concepción, que  puedo ver cada día un milagro  cuando descubro en la sonrisa de un niño la presencia de Dios y  puedo así comunícame con Él. En el servicio a los desposeídos he encontrado mi camino hacia el Señor. Mayor milagro que ese, no quiero».

Se escuchan lamentos. Con ademán preocupado, Sor Iris se pasa la mano por la frente, quizás teme que algún día flaquee su fe.

«No, al contrario, aumenta mientras más fuerte se hace  mi vocación. El llamado de la fe es un don que Dios regala todos los días y nosotras lo cultivamos con los sacramentos y la oración. No existe embullo o enganche, esta es una pasión que no se puede describir».

Me mira y entrelaza las manos. Si la oración es la respiración del alma…

«Es el diálogo abierto con Dios acerca de todo lo acontecido. Así le presento a Él lo que vivo, lo que deseo y la realidad de los pobres, llevando a mi oración todo su sufrimiento para después poderles devolver la fe.

«Veo mi futuro como religiosa con un deseo pleno de vivir la alegría de la entrega, la esperanza y gracia de saber que Dios está presente en todas partes. Cada vez que hago lo correcto, me entrego más a Él.

«Si algún día descubriera que este no es mi camino, no pasaría nada, siempre seré una mujer comprometida con los menos favorecidos. Quiero ser recordada feliz, alegre y, sobre todo, creyente».

La puerta del closet está abierta, todos los vestidos son iguales…

«No, nunca me ha molestado vestirme siempre del mismo modo, para nada. Lo único que me disgusta en este mundo, chiquita, es la mentira y el engaño. Me cuesta mucho trabajo tolerarlo y saca lo peor de mí».

Estoy a punto de marcharme y ella sonríe, solo me queda una interrogante. 

«Sí, me considero una mujer feliz y realizada. Me encanta el servicio en este lugar donde ocurrió el llamado de Dios. A pesar de todas sus dificultades, creo que es un hogar muy abierto y de colaboración apostólica fuerte. Aquí descubrí el querer ser Hija de La Caridad. Me gusta mucho trabajar con los niños impedidos porque llenan mi alma de riqueza cada segundo. Desbordo amor en todo lo que hago por ellos y esto me dignifica como mujer y religiosa. Sé lo que quiero, siento y Dios me da. No me freno, siempre pa´ lante».  

Pie de foto: Con una sonrisa, Sor Iris sigue el camino de la fe y ayuda a los niños impedidos.



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