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"Solo tenía como arma mis ideas"

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IRAIDA CALZADILLA RODRÍGUEZ

Foto: Aldo Mederos

"La habanera" estaba perdida. A la alfabetizadora rubia se la habían llevado desde el lunes 17 en la mañana y ya, miércoles 19, todavía no aparecía. Donde había moscas, los campesinos escarbaban porque creían que ella estaba muerta y por los bateyes de Playa Girón, en aquel abril de ataque mercenario y de victoria revolucionaria, el tiempo era preciso para velar a los caídos en el fragor del bombardeo.

Duró poco la angustia. Patria Silva Trujillo salió del armario donde la escondieron buenas gentes que fueron a avisarle de que la querían de rehén. En aquel instante que hoy se le aparece como un fogonazo en el tiempo, oyó a un compañero decir: "Ella es de los brigadistas que busca Fidel". Entonces, supo que tendría todas las horas de su vida para contar la historia de aquellas 72 horas.

CIENAGA EN LA MEMORIA

Había llegado a la Ciénaga de Zapata en marzo de 1961 como brigadista piloto, como llamaron al primer grupo de 30 estudiantes que fueron a construir la experiencia de enseñar a leer y escribir a los campesinos, a levantar el censo de analfabetos, a probar los faroles y la efectividad de la cartilla, a conocer cuántos maestros se necesitarían por bateyes, cuántos alumnos podría asimilar cada uno, y también a hacer labores de salud pública contra el parasitismo. Era la avanzada de lo que después se aplicaría en todo el país, durante la épica Campaña de Alfabetización.

Tenía 19 años, vivía en el Vedado en un cómodo apartamento, presumía de más de un enamorado, estudiaba el tercer año de la Escuela Normal para Maestros de La Habana y era allí una de las más entusiastas organizadoras de la Asociación de Jóvenes Rebeldes.

"Pero me fui casi sin permiso, porque papá no estaba en la casa. Mi abuela me arregló rápido el uniforme de miliciana que fue el que primero vestimos, y partí en ómnibus desde Ciudad Libertad. No me importaba lo que dejaba detrás porque era una necesidad urgente del país el ser cultos para ser libres como nos inculcó Martí, y en aquella época de efervescencia sin límites, solo ese pensamiento bastó para llenarnos de una absoluta fidelidad a una causa que representaba un beneficio colectivo. Estaba orgullosa de hacerlo".

En la Ciénaga, los muchachos se dividieron en dos. Uno para la zona de Jagüey Grande y otro directo a Aguada de Pasajeros. En Playa Girón quedó el grupo de control. A ella la enviaron al batey Viradero, y Virginia, una campesina que fumaba tabaco y sabía leer y escribir, la acogió en su humilde casa.

"El primer día fui a alfabetizar a las seis de la tarde y me cerraron la puerta del bohío porque la familia se levantaba a las tres de la madrugada a hacer carbón y no tenía tiempo para atenderme. Al siguiente me presenté a las cuatro, y después me involucré emotivamente con ellos, con el cuidado de los hijos y sus problemas. Pero Virginia es mi personaje especial por todo lo que me brindó y por su valentía para enfrentar la vida. Nunca la he podido olvidar".

DE VIRADERO A VERDE OLIVO

Cuando en Viradero todo marchaba sobre ruedas, a Patria la llamaron a Playa Girón, a cubrir el puesto de una compañera enferma: "Por eso la invasión mercenaria me encontró allí. El domingo 16, Ana María Hernández, la maestra de la escuela, y yo, hacíamos el censo de analfabetos del batey Verde Olivo donde estaba asignada.

"Como esperaba el regreso de otro brigadista que andaba de patrulla, pude ver cuando comenzaron las luces de bengala y el tiroteo. Le dije a Ana María, ¿y qué es esto?, y nos fuimos a la casa de las Milicias donde ya estaban los constructores de la zona turística. Cuando llegamos, me hablaron de invasión y pedí armas, pero no había. Nos fuimos entonces a la casa-escuela y al querer avisar a los campesinos para que evacuaran la playa, nos fue imposible porque ya estábamos rodeados y nos gritaban que saliéramos. Fui la primera en traspasar el umbral y me identifiqué como revolucionaria. Eso valió para que me separaran y me dijeran que era una fidelista fanática".

De ese momento en adelante, los recuerdos le vienen a Patria como imágenes superpuestas, a veces flachazos de lo que considera una noche tenebrosa. Se da sus descansos para hilvanar una memoria histórica que eslabona el encuentro con el político de los mercenarios; la escapada hasta llegar a los constructores presos y gritarles enardecida: "¡Patria o Muerte, no se rindan!"; el enfrentamiento con el comandante Yeyo y el confinamiento en un cuarto junto a otros invasores en los que vio la pinta del miedo porque sentían cerca la derrota: "Entonces no quise morir, ya presentía el triunfo".

De ahí, llevaron a las mujeres hacia un muro rompeolas y las cacimbas sirvieron de refugio: "Así vimos cómo los mercenarios se peleaban entre ellos para montarse en las lanchas y escapar. El martes completo estuvimos dentro del agua, mi ropa, rota, y los espejuelos perdidos. Todo lo recuerdo como en una nebulosa. El miércoles, tarde, sin haber comido nada durante todo ese tiempo, es que me dicen en la playa que los mercenarios me quieren como rehén".

-¿Por qué cree que se salvó?

"Por dos cosas: una, Ana María no me dejó sola ni un instante. Otra, la coyuntura que a ellos se les dio con la derrota. De no ser así, hoy no lo estaría contando porque yo me les encaré, les grité, los reté con la fuerza de mis convicciones. Hubo momentos que creí me iban a asesinar".

-¿Cuál es el saldo al cabo de más de 40 años?

"El orgullo de haber participado en la gesta de Girón y combatido sin armas, solo con mis ideas. Eso fue hermoso, aún cuando me dejó para siempre profundas secuelas psíquicas. La Campaña la pude hacer hasta junio porque caí en schok y este degeneró en neurosis traumática. Estuve hospitalizada varios meses. Incluso, yo fui una de las testimoniantes cuando el proceso de la Demanda del pueblo de Cuba al gobierno de Estados Unidos por daños humanos".

Mujer fuerte, valerosa, así podría definirse a esta cubana que no quedó detenida en el tiempo y se hizo maestra, investigadora pedagógica, licenciada en Historia, directora de escuelas primarias, asesora de Psicopedagogía, metodóloga, inspectora, primera subdirectora del Palacio Central de Pioneros Ernesto Che Guevara, secretaria del Consejo de Atención a Menores de Ciudad de La Habana y jefa del Grupo de Desarrollo del municipio Plaza de la Revolución, donde se jubiló porque la presión arterial le jugaba demasiadas malas pasadas. Sin embargo, continúa en el avatar diario, desde cualquier puesto, pues siempre se siente querida y respetada.

-¿Está satisfecha?

"No, porque siento que todavía puedo hacer muchas obras para la Revolución, por eso sigo".

-¿Deseos?

"Que la nueva generación valore la historia que le antecedió. Que Fidel viva mucho tiempo más".

-¿Se siente protagonista?

"Lo soy, pero no la única. Mi historia pudo sucederle a cualquier cubano y estoy segura de que la hubiera asumido como yo. Pero los verdaderos héroes son los muertos, de eso no me cabe duda".

03/12/2006 17:29 islalsur #. Gentes


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