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Y EL VIAJE CONTINUÓ EN YOLA

KATIA MADRUGA MÁRQUEZ,

estudiante de sexto año de Comunicación Social,

Sede Universitaria Municipal de 10 de Octubre.

Que pronto abandonarían el país lo supe una mañana en la parada de ómnibus mientras esperaba una 174 en Mayía Rodríguez y Carmen.  Era la primera vez que los veía y hablaban con una conocida que los miraba boquiabierta. Después supe que se llamaban Milagros y Julio, que estaban casados, tenían una niña de 7 años y que dentro de pocos días se marcharían definitivamente para República Dominicana, y solo regresarían, "si acaso, de paseo".
 

La guagua se demoró, cundió el desespero en la parada, y minutos después ellos dos, su interlocutora y yo nos apretujábamos en el asiento trasero de un Chevrolet del 54 dedicado al trasporte de pasajes. La misma conversación, pero si antes le puse atención por curiosidad, ahora el espacio reducido que compartíamos no daba el más mínimo margen a no escuchar.
 

Explicaban que abandonaban el país porque querían tener más, vivir mejor, hacer negocios. Ya no soportaban los ómnibus llenos, los apagones y sus mil justificaciones, las casas despintadas, los huecos en las calles, la libreta de abastecimiento midiendo onzas y libritas a cuenta gotas, y "todo lo otro", dijeron en un etcétera largo y cargado de quién sabe cuántas quejas más.
 

"Bueno, que se vayan", pensé decidida a creerme que nunca los había escuchado. Pero el subconsciente me engañó.
 

-Disculpen que intervenga en la conversación, pero tengo buenos amigos en ese país y me cuentan que los apagones allá son peores que los nuestros, que en sus calles hay tantos o más huecos que aquí y que la pobreza llega al cuello- les dije y, en realidad, no se molestaron con mi entrometimiento en su conversación. 

Me aclararon, entonces, que su familia les mandaría a ese país los mismos 500 dólares mensuales que les enviaban a Cuba, más una suma extra para que pudieran poner un negocio.

Me bajé en G y 23 y no les llegué a decir que quien vivía en República Dominicana era mi papá, y yo estaba muy bien informada de todo lo que sucedía en ese país, tanto por lo que yo misma buscaba en Internet cada vez que tenía la posibilidad de conectarme, como por los correos del Viejo.

La gran sorpresa me llegó tres meses después, en unas fotos que éste me mandó de la celebración de su cumpleaños: entre quienes aparecían en ellas estaba la pareja con la que una mañana compartí un almendrón de 10 pesos.

Tampoco le dije a mi papá que los conocía, pero le pregunté qué quiénes eran y me los identificó como una familia de cubanos que recientemente se habían mudado para el mismo edificio donde él vivía en Santiago de los Caballeros. Después, sus nombres y sus rostros continuaron apareciendo en correos y en otras instantáneas digitales de excursiones y fiestas familiares que continuaron llegándome.

Pero un día me di cuenta que ya no estaban en la correspondencia y de nuevo indagué por ellos y esta fue textualmente la respuesta recibida en un correo:

... Sobre Milagro y Julio te diré que compraron un camión para trasladar y comercializar plátanos en la frontera con Haití, pero este negocio fracasó, y entonces vendieron el vehículo para adquirir un colmado (especie de bodega de barriada). Cuando estaban en esa gestión, los pobres se pusieron tan fatal que enfermaron con una combinación de hepatitis y dengue y tuvieron que ingresar 9 días en una cínica de esta ciudad y así gastaron parte del dinero que tenían para comprar el establecimiento...

...Como la plata que le prestó la familia para que se establecieran aquí decrecía velozmente, antes que se le agotara decidieron pagarle 6 000 dólares a un traficante de indocumentados e hicieron algo que nunca, ni en sus momentos de mayor desespero, hicieron en Cuba: lanzarse al mar con una  hija de  siete años y atravesar el peligroso Canal de la Mona y entrar ilegalmente en Puerto Rico... Pero ya son famosos...Hija, aquí te adjunto una información aparecida en el Periódico El Nuevo Día que habla de ellos...

En la nota que recibí en formato de página web y bajo el titulo de Siguen llegando inmigrantes que huyen de Castro, se reseñaba que en la madrugada del viernes 27 de octubre siete cubanos y 12 dominicanos arribaron a la isla Mona en una embarcación casera de doble motor procedente de República Dominicana, la cual logró regresar, y se aclaraba que solo los anticastristas serían procesados para quedarse en virtud de la Ley de Ajuste Cubano. Los quisqueyanos serían regresados lo antes posible a su país de procedencia.

Debajo del texto, el comentario de un lector  de Santo Domingo:

Si a los dominicanos se les dieran todos los estímulos y reconocimientos que reciben los cubanos al llegar a Estados Unidos o Puerto Rico, ya nuestro país estuviera casi vacío, o mejor dicho lleno de haitianos.

Aún sin recibir automáticamente la residencia y ayuda del Gobierno con solo pisar tierra norteamericana, desde 1962 han emigrado a la nación del norte más dominicanos -proporcionalmente a su población-que cubanos. De acuerdo con el gastado estribillo propagandístico (sólo efectivo entre ciegos por conveniencias y analfabetos políticos), los cubanos se lanzan al mar buscando libertad, democracia y huyendo de Castro y el comunismo pero...entonces ¿De que huyen los miles de dominicanos que se juegan la vida y mueren en el mar cada año, si aquí tienen democracia, libertad, propiedad privada y todas esas maravillas que el capitalismo ofrece a los pueblo?

En fin, este es el viaje que para mi comenzó en un viejo Chevrolet del 54 dedicado al transporte de pasajero, y para sus protagonistas principales continuo en una nave de Cubana de Aviación y terminó peligrosamente en una yola made in dominicana.

 



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