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¿Y AHORA QUÉ?

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LISANDRA FARIÑAS ACOSTA,

estudiante de primer año de Periodismo,

Facultad de Comunicación de la

Universidad de LaHabana.

 

Una terrible certeza me angustia cuando miro detenidamente a mi alrededor: el mundo se apaga en un proceso irreversible y pocos hacen algo por evitarlo.

A nadie parece importarle ahora si dentro de 50 ó  60 años todos sucumbamos ahogados a causa del derretimiento de los glaciales, o simplemente nos matará la sed. No es relevante entonces si más de la mitad de la población mundial vive en la pobreza, o si la hambruna se extiende como pandemia incurable. ¿A que viene preocuparse por la desnutrición o por la explotación infantil? ¿Acaso interesa si el agujero de la capa de ozono crece o se reduce?

Al parecer no. Estos son apenas aspectos insignificantes en la cotidiana agenda de la humanidad, pendiente de vivir este minuto sin preocuparse por el siguiente.

Tal realidad hace que me pregunte si el siglo XXI tiene cerebro o corazón, y sobreviene una estremecedora conclusión: el infarto del miocardio mundial mató instantáneamente las últimas neuronas de cordura en el planeta. Si queda algún impulso nervioso no es otro que el de la degradación constante, la destrucción, el mutismo y la insensibilidad.

Vivimos rodeados de paradojas: nos dicen que no existen recursos suficientes para combatir la pobreza que hunde al Tercer Mundo, pero sobra el dinero cuando de invasiones petroleras se trata; una potencia y sus aliados arrasan con pueblos alegando una pretendida lucha contra el terrorismo, pero ampara sin sombra de escrúpulos a un saboteador confeso, con decenas de muertes y torturas en su conciencia que, por cierto, dice tener tranquila.

Resulta repulsivo escuchar a un asesino como Posada Carriles y a un pseudo-emperador global como George W. Bush justificar ciertos crímenes considerándolos meros fatalismos del destino. ¿Qué diría ese gran pacifista que fue Albert Einstein sobre el mangoneo a sus doctrinas relativistas? Para Posada y Bush todo se resume a estar "en el momento equivocado y en el lugar equivocado": los muertos del crimen de Barbados, el turista italiano Fabio di Celmo o los baleados de Virginia Tech. Visto así, ninguno fue víctima de mentes enfermas y canallas, sino de la mala suerte...

¿Y qué hacer ante tanto caos? ¿Cortarse las venas? ¿Dejarse arrastrar por el pesimismo y la inercia, o rebelarse para concebir ese mundo mejor que dicen posible? Ya lo cantaba Pablo Milanés: "Si alguna vez me siento derrotado, renunciaré a ver el sol cada mañana". Solo existe un problema: yo jamás podría privarme de los amaneceres.

Miseria engendra miseria, pero aunque muchos optan por sumarse a esa noria fatal, inspirados en el egoísta credo del sálvese el que pueda, abundan los motivos para la esperanza: todavía florecen las rosas, a pesar de la lluvia ácida.

Cruzarse de brazos, resignados, no es la opción. Hay que intentar urgente un consenso universal de criterios, pues el mundo se cansa de ser pensado y necesita acción.

Por eso, si se trata de poesía para y por la esperanza, prefiero a Fito Páez y pregunto a los incrédulos: ¿Quién dijo que todo está perdido? Solo necesitamos ofrecer el corazón.

 

 

  



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