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TOMBUCTÚ, LA CIUDAD DE LOS 333 SANTOS

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DIANY CASTAÑOS GONZÁLEZ,

estudiante de tercer año de Periodismo,

Facultad de Comunicación de la

Universidad de La Habana.

Nunca una ciudad ha sido más velada que Tombuctú, el importante centro comercial ubicado en Malí, África. Es una ciudad cuidada por 333 santos.

Famosa por su cultura, lugar donde gracias a sus diversas facultades se desarrollaron sin resistencia los estudios islámicos, la ciudad estuvo durante siglos vedada para las personas no islámicas.

En agosto de 1826 llegó a ella el primer europeo: el explorador escocés Alexander Gordon Laing, que tenía la intención de estudiar la cuenca del río Níger, a solo siete kilómetros de allí. Apenas pocas semanas después de su llegada, fue asesinado en el desierto.

Un año más tarde visitó la ciudad el francés René Callié, quien llegó navegando por el río Níger, disfrazado de musulmán, y tuvo la suerte, única en su momento, de poder regresar a Europa para contarlo.

Los deseos de proteger la ciudad llevaron a la construcción en el siglo XIV de la muralla actual que, por otra parte, poco sirvió en 1591 cuando tropas del sultán de Marruecos conquistaron Tombuctú. Los marroquíes estuvieron en el territorio alrededor de un siglo, tiempo en que aprovecharon la estratégica posición de la ciudad, que es el punto de entrada al desierto de Sahara y de reunión de unos comerciantes llamados camelleros por utilizar los camellos para atravesar el desierto. Los camelleros traían sal del Mediterráneo para intercambiarla por el abundante oro, pescado y diversas frutas que poseían las tribus negras.

"El oro viene del sur, la sal del norte, y el dinero del país del hombre blanco, pero los cuentos maravillosos y la palabra de Dios se encuentran en Tombuctú", rezaba un antiguo proverbio haciendo alusión al abundante comercio de la cuidad. El oro con el que comerciaban las tribus negras, y la prohibición de la entrada a los no musulmanes le valieron muchas leyendas y anécdotas de misterio.

La sal y el oro eran las mercancías claves. La sal, indispensable para las comidas, abundaba allí donde escaseaba el oro, y mas al sur, ocurría exactamente lo contrario. El punto de intercambio de mercancías, por cuestiones geográficas, fue Tombuctú. No es extrañar, pues, que la ciudad floreciera.

El deseo de resolver cualquier misterio histórico y de adquirir conocimiento sobre la exuberante cultura por la cual era famoso Tombuctú, atrajo a muchos letrados y científicos de distintos lugares del mundo en 1893, cuando la cuidad cayó bajo la dominación colonial francesa y la prohibición de la entrada a  los no musulmanes fue levantada.

Actualmente existen más de tres mil volúmenes con manuscritos pertenecientes a los siglos XV y XVI en la Biblioteca Andalucí de Tombuctú. Esta muestra de cultura, unida a la Mezquita Djigareiber de 1325, el Palacio Buctú, la Mezquita Sidi Yahia, entre otros, marca la exquisita singularidad de la ciudad.

Lamentablemente, en pleno siglo XXI la situación ha cambiado mucho. Los turistas suelen decepcionarse ante la empobrecida ciudad que les nace ante los ojos.

A excepción de los pocos turistas al año, y algunos historiadores que van con objetivos científicos a la ciudad, esta vive casi aislada del mundo. Y más cuando el Níger crece en la época de lluvias; entonces, el aislamiento es mayor aún. Parece fuera del tiempo y del espacio. Parece otro mundo. Quizás lo sea.

 



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