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UNA CASA QUE SE ESCAPÓ A LOS AÑOS

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JUSTO PLANAS CABREJAS,
Periodista de Trabajadores,
Cortesía para Isla al Sur.

Por los años 20, cuando el Vedado era tierra prometida en construcción, remanso burgués del obrero gritón, el claxon de los nuevos fotingos importados de Estados Unidos, el golpe de metales de la industria, el manicero cantarín… a principios del pasado siglo levantaron la Casa del Vedado.

Claro, así se le llama ahora que la Oficina del Historiador de la Ciudad la regresó a sus tiempos fundacionales para que usted imagine la high life cubana cuando la calle 23 desembocaba en la tierra.

Seguro ha pasado cerca de ella sin percatarse, pero ahí estaba la Casa del Vedado, en 23, número 664, entre D y E, esperándolo. Hace dos años seguía sobre sus ladrillos gracias a esos milagros inexplicables para la ingeniería. El arquitecto Severino Rodríguez le quitó ocho décadas de mediodías tropicales, ciclones, y camellos. Luego la museóloga de la Dirección de Patrimonio, Margarita Suárez, decoró cada habitación como un siglo atrás, cuando no servían para las urgencias nocturnas de esta ciudad de los 2000: la orina, la siesta de los borrachos y quién sabe qué más.

La Casa del Vedado no es una joya de la arquitectura. La burguesía de los años 20 no escapó a la mendicidad de toda guerra. La independencia cubana costó medio siglo de privaciones. Y ahora que algunos tenían dinero, carecían de buen gusto al invertirlo. Así, que esta vetusta señora está hecha al antojo de lo bonito. Columnas grecorromanas con sus órdenes. El patio, que durante la colonia estuvo dentro, aparece ahora fuera de la vivienda. Y este espacio interior lo ocupan los halls, coronados con lucernarios. Las ventanas y las puertas son afrancesadas. En fin, una arquitectura realmente ecléctica.

La burguesía, dos décadas después, sería tan exquisita que buscaría la correspondencia entre el diseño de los muebles y el de la casa. Pero la que nos ocupa conjugaba con todo placer una estatuilla colonial con el fonógrafo recién desembarcado de Norteamérica, como podemos ver en la Casa del Vedado.

En uno de los cuartos nos encontramos con la cama de hierro heredada de quién sabe qué pariente del siglo XIX, acompañada del altar para rezarle a la Virgen antes de dormir. Y solo a la distancia de un pasillo, con teléfono americano de por medio (¡cuántos rosarios no habrá interrumpido su timbre!), nos tropezamos con otra cama en otro cuarto. La cama es de madera tallada, tiene colchón de muelles. Y en lugar de la Virgen de túnica extensa y paños bordados, proclives siempre al polvo, en su lugar hay un escaparate hecho por el artesano de moda, basta ya de esos cajones que arrugan tanto la ropa.

Todo está a mitad, todo entre el XIX y el XX, España y Estados Unidos. De porcelana están hechos los platos coloniales, de porcelana también la bañera y la taza del inodoro. En el patio, la fuente tiene un pez de arcilla que mira hacia el carro de la familia y baña de agua unas figurillas azules que recuerdan dibujos cretenses.

En el teléfono 835- 3398 puede usted separar una cita con esta señora fugitiva del tiempo, irónica, coqueta, ingenua, ecléctica que se llama Casa del Vedado. Su mayor belleza sin dudas es el recuerdo.

 



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