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LA HUELLA

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CARLOS MANUEL ÁLVAREZ RODRÍGUEZ,
estudiante de primer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.       

Son buenas gentes que laboran,

pasan y sueñan, y en un día como tantos

descansan bajo la tierra.

Antonio Machado.              

Lástima no poder acordarme de su nombre; de seguro mi historia tendría mayor credibilidad. Creo que ni siquiera le pregunté. Aunque mejor así. Las personas de su estirpe han vivido tanto que casi no recuerdan cómo se llamaron.

Lo conocí en la agricultura, en su hábitat natural, sin alardes de sapiencias ni prepotencias de sabio. La cabeza gacha, como si le doliera el cuello o buscara algo que una vez se le perdió. No usaba sombreros, y lo más curioso, entre los surcos de papas y las matas de plátanos andaba descalzo. Sin botas ni nada. Se sostenía en un par de extremidades enormes, anchas, duras. La piel sensible de sus plantas estaba cubierta de tejidos muertos. Aquellos pellejos petrificados eran sus zapatos de humano, su calzado reluciente. 73 años le habían curtido su estatura.

Tenía fama de incansable y de ser el mejor. Nadie, tuviera la edad que tuviera, podía superarlo. Diestro con el machete y ágil en el surco. El ojo izquierdo lo había traicionado, pero aún contaba con el ojo derecho y con sus dos pies. Sus dos pantagruélicos pies. Aquel guajiro no parecía un hombre, más bien una continuación de la naturaleza. Era imposible discernir dónde terminaba el suelo y comenzaba a erguirse su figura.

Acostumbraba a escarbar la tierra con el dedo gordo. Por eso yo siempre imaginé que algo se le había extraviado. Dicen que de joven conversaba bastante, pero desde hacía un tiempo el signo constante de su rostro era la soledad. Vivía solo. Siempre se acostaba temprano. Sus noches semejaban el fin de una cosecha. Desiertas y vacías. Sin abonos ni riegos. Madrugaba antes que nadie y con un buche de café aguantaba hasta el almuerzo.

Sus actitudes no tenían causas evidentes. Se reía de sus pensamientos y alzaba la vista cuando menos uno lo esperaba. Caminaba con aire de inmortal, como si lo supiera todo, pero sin insolencia. Era superior precisamente porque era misterioso. En fin, todo un personaje. Y para colmo, yo ignoro por completo cómo se llamaba.

Verdaderamente me pongo a pensar y no conozco siquiera qué me motivó a recordar a aquel señor. Pudieran ser sus pies, por supuesto, pero también pudiera ser la cantidad de horas que trabajaba.

Si él no hubiera contado con aquellas extremidades hiperbolizadas jamás me hubiera fijado en la eficiencia de sus manos ni en el apacible lomo doblado al calor del mediodía. Mas, si aquella faena rutinaria no hubiera fungido como el centro de su existencia durante décadas, la singularidad de su anatomía le habría sido negada.

Sus partes son inseparables. El guajiro asombroso se adentra tanto en el hombre común como el hombre común en el guajiro asombroso.

Quizás fueran sus huellas lo que él tanto buscaba. Porque a lo mejor aquellos pies pintorescos, casi irreales, eran incapaces de proyectar una evidencia palpable. Quizás le preocupaba el lugar adónde sería llevado por sus gemelas criaturas. ¿Podían aquellas plantas fantásticas asegurarle un sitio entre los campos labrados con sudor y esfuerzo?

Lástima que yo no pueda acordarme de su nombre y nada me asegura que lo vuelva a encontrar. Al final será derrotado por la edad. Los años terminan imponiéndose. Pero esas son cuestiones secundarias, conocidas.

Lo insólito sería descubrir una gran pisada, una monumental huella como prueba de esta historia, porque aunque aún no lo haya dicho, el rostro y el cuerpo del guajiro han desaparecido. Se esfumaron. Y solo quedan intactos, en el surco infértil de mi memoria, dos talones difusos, aplastantes.     



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