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MARTÍ SALVADOR

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Coraza de nuestra resistencia externa, mandato ético en lo interno, el legado del Apóstol está en la balanza donde se decide cómo vencer las dificultades presentes y conservar la identidad.

Dr. JULIO GARCÍA LUIS,
Decano de la Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Este año del Centenario de Dos Ríos no hay, a mi juicio, tarea intelectual de más rango que la de ahondar sobre el lugar de Martí, expresión suprema de lo nacional-cubano, en la ideología de la Revolución, y sobre los retos que esa misma ideología encara en un fin de siglo amargo y peligroso.

Una persona a quien admiro por su agudeza, Armando Hart, me decía no hace mucho, más o menos literalmente: el problema no es sólo llegar. Pudiera pasarnos que, después de años de esfuerzos, después de esta larga carrera, cuando creyéramos al fin que el país está fuera del período especial, que hemos vencido las dificultades económicas, nos miremos unos a otros y nos demos cuenta de que ya no somos nosotros mismos.

Creo que esas frases tienen la virtud de captar lo más esencial del desafío en que estamos: salir de nuestras dificultades económicas y conservar la identidad. En otras palabras: restablecer la capacidad de desarrollo, devolver a nuestro pueblo niveles razonables de bienestar, y al mismo tiempo seguir siendo lo que queremos ser, que no se define por una cubanidad epidérmica, sino por valores tan acendrados como la independencia, la dignidad nacional, la justicia social, la unidad política, la igualdad de oportunidades, la posesión de las riquezas fundamentales y la capacidad de actuar e intervenir en todas las tareas de la Revolución y del país.

La primera conclusión que se desprende de lo anterior es que una alternativa como esta no se resuelve sólo en el terreno económico, por más que este sea decisivo. Estamos ante un cuadro donde los componentes políticos, morales, educacionales y culturales, en su dimensión más amplia, tienen que desempeñar un papel de singular importancia.

Durante una etapa, la ideología de la Revolución y el socialismo nos pareció monolítica. Había una comunidad socialista. Sus ideas esenciales y su experiencia -grietas y deformaciones aparte- las creíamos sólidas y confirmadas por la práctica. En algún momento se nos presentaron, incluso, como algo de más valor que nuestro legado nacional. Fue Fidel quien, en oportunidad memorable, colocó en su justo medio los términos y habló de nuestro proceso como un híbrido de las luchas e ideas del pueblo cubano, y las luchas e ideas del movimiento socialista internacional.

La ideología de la Revolución se enfrentaba como un bloque, así lo veíamos, a la del capitalismo y el imperio. La lucha era de acera a acera. Hoy, dentro del mismo campo de la Revolución y el socialismo, se pueden abrir y se abrirán distintas percepciones sobre los caminos de nuestra sociedad. Las diferencias son de grado y de alcance, pero los matices resultan a veces definitorios. En estas circunstancias, sin un referente internacional que pueda darnos respuestas válidas a nuestros problemas, la tradición patriótica nacional que resume el Apóstol, la conciencia del diferendo histórico de más de doscientos años entre Cuba y los Estados Unidos, que ahora llega a su clímax, y que encarna Martí como raíz de nuestro pensamiento y vocación revolucionarios, se agigantan y adquieren un valor excepcional como parte de la ideología de la Revolución.

Más que cualquier otra convicción teórica o doctrinal, esa es hoy la coraza de nuestra resistencia al imperio. De la misma forma, en la ética y el humanismo martianos, en su ejemplo de austeridad y entrega al servicio del país, está el freno más firme, en lo interno, a las desigualdades inevitables y a los posibles fenómenos de egoísmo y exclusivismo que se asocian a las nuevas modalidades de organización de nuestra economía. Son los valores de nuestra ideología, de nuestra cultura, de una cubanía solidaria y generosa, los que deben venir a equilibrar la acción de aquellas fuerzas materiales que no tenemos otra alternativa que utilizar y desatar.

Un dogmático, en estos tiempos difíciles para el pensamiento revolucionario, podría decir que Martí es hoy más vital para los cubanos, que las propias ideas de Marx y Engels, y las concepciones de Lenin que guardan vigencia universal. No es esa, sin embargo, la urdimbre real de un fenómeno tan complejo. Sería un yerro contraponer lo particular cubano y lo general del mundo.

El capitalismo y el imperialismo son un sistema universal, que cada día se globaliza y se interrelaciona más y más. Las ideas del socialismo habrían sido estériles, en el caso de Cuba, si no hubieran venido a unirse con una historia espléndida de lucha por la libertad. A su vez, esa conciencia nacional que se expresó desde el Padre Varela, Saco y Delmonte, hasta Martí y la frustración de nuestra independencia, se habría agotado en sí misma, se habría convertido en juguete intelectual o discurso vacío de burgueses, si su entronque con las concepciones justas y avanzadas del socialismo no las hubiese proyectado hacia la realización definitiva de nuestros objetivos como nación y como pueblo de trabajadores. Claro está que las tesis del marxismo y del leninismo están esperando por el debate creador que las actualice y las despoje de la costra de retórica obtusa que se les adhirió. Quienes no las hemos traicionado podremos aportar a esa reconstrucción teórica y política.

En política, ya se sabe, lo real es lo que no se ve. De inmediato tenemos que la zafra, la producción de alimentos, el restablecimiento de la industria y la eficiencia económica son una clave estratégica del futuro. Lo son. Pero más allá de todo, la gran confrontación del país es en el terreno de las ideas.

Dos siglos de historia nos han llevado a este momento crucial. El imperio o Cuba. La independencia o el sojuzgamiento. El rebaño de los dóciles o la libertad de los rebeldes. La seudocultura de maracas y ron de una cubanidad para turistas, o la identidad de una cubanía plena. La razón de los que se quedaron o la justificación de los que se fueron. No podemos escapar a ese destino, aunque las cosas son algo más que blanco y negro. En Martí, baluarte de una tradición cultural patriótica, debatidora, abierta al diálogo con el mundo, liberal en el más antiguo y precioso sentido del término, tenemos un argumento inapelable. Martí salva.

(Publicado en Trabajadores el 23/01/95)

28/01/2010 09:17 islalsur #. Ediciones Especiales


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