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¿DEPRESIÓN EN LA CALLE G?

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ANET MARTÍNEZ TACORONTE,
estudiante de tercer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

Cuando se piensa en el cubano, en su cultura, en su contexto, en sus costumbres, se hace casi imposible imaginar a alguno inmerso en el movimiento emo que se ha expandido, al parecer, por todo el mundo.

Los emo, caracterizados por manifestar depresión y en algunos casos llegar a lastimarse a sí mismos, empiezan a lograr adeptos en la década de los 80, de la mano de grupos musicales en Estados Unidos como Bad Religion o Minor Threat, de características bastante diferenciadas con el punk que se creaba en las calles londinenses.

Los orígenes musicales y estéticos del emo derivan del punk, del grunge, del pop y del rock alternativo independiente, y a pesar de no ser del estilo de música que por décadas identificó a los cubanos, cada día vemos como el movimiento emo internacional crece por toda la Isla.

Pero lo cierto es que, aunque no es descomunal la cifra de jóvenes que se dejan llevar por esta nueva tendencia, el movimiento emo cubano ya comienza a dejar huellas y se apropia de algunos espacios públicos de Ciudad de La Habana.

Sin embargo, no todos los sitios capitalinos parecen ser lo suficientemente “acogedores” para los emo. Como espacio ideal se extiende desde el malecón habanero hasta la rotonda de la reconocida calle G, del Vedado.

La calle G es también conocida como Avenida de los Presidentes. Transitar una noche de cualquier fin de semana, de cualquier mes, en cualquier época del año, por esta famosa arteria, nos muestra una Habana desconocida para muchos.

Jóvenes de pelo negro, peinados hacia un lado con un popularmente conocido “bistec”, portadores de piercing, con atuendos negros en su vestimenta y con signos depresivos fortalecidos a veces con algún tipo de pintura en el rostro, andan cada noche de fin de semana de un extremo a otro por el paseo de la calle G, según ellos, disfrutando sanamente.

Pero las diversiones de los emo en G no son, en casi el ciento por ciento de los casos, paralelas a la depresión que tratan de manifestar, y la mayoría de estos muchachos, que también comparten una gran devoción por las nuevas tecnologías y los cigarros y cervezas que se venden en moneda libremente convertible, ríen, cantan, conversan, bailan, y al verlos sólo puedes preguntarte: ¿ellos no dicen que están deprimidos?

Y si lo que sucede es que al llegar a G el movimiento emo capitalino olvida cualquier indicio de tristeza, es porque al parecer la envían a las casas de los vecinos cercanos que tienen que lidiar con el ruido, el gentío y la suciedad con que luego despierta G.

Sus actos de rebeldía juvenil, de llamadas de atención, de llegar a autolesionarse y de ciertas actitudes negativas, los hacen hoy merecedores del rechazo y la indiferencia social, cuando probablemente necesiten lo contrario. Sólo que, quizás, no saben cómo pedirlo.



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