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EL CONTAGIO

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NELSON GONZÁLEZ BREIJO,
estudiante de tercer año de Periodismo,
Facultad de Comunicación,
Universidad de La Habana.

De pronto te viene a la mente aquella frase medio difusa. Por más que te esfuerzas no puedes recordar de quién la escuchaste. Lamentas la mala memoria y, para consolarte, piensas que pudiste haberla leído en alguna parte, quizás por eso no la asocias con nadie en particular. De todas formas ya no importa. Empiezas a inventariar tus actos, tienes la esperanza de no haberte contagiado. Sabes que no es una enfermedad mortal, pero prefieres mantenerte lejos.

En medio de tu análisis descubres que han pasado juntos un tiempo considerable. Lo lamentas. Piensas que por el bien de ambos, no debió suceder así. Pero qué puedes hacer, ahora mismo deseas estar a su lado. Ya has vivido en otras ocasiones esa extraña necesidad que tanto te cuesta enfrentar, aunque esta vez es diferente. O quizás siempre es diferente.

Comienzas a examinarte. Lo primero que te llama la atención son las ojeras. Están más acentuadas que de costumbre. Caes en cuenta de que no has dormido suficiente en los últimos días, pero intentas mantener la calma. En definitiva, casi nunca duermes las horas necesarias. También has perdido peso, ya alguien te lo ha dicho. El ajetreo diario es la única coartada que compensa la creciente preocupación.

De igual manera ha variado tu estado de ánimo, y te molesta que los demás puedan darse cuenta. Has estado más sensible que de costumbre, tal parece que tu otro yo, ese que de cuando en cuando aparece melancólico, ha decidido quedarse a tiempo completo. El atardecer ahora no es lo mismo, tampoco dejas de ver el mar cuando tienes la oportunidad. Incluso, puedes encontrarle algún sentido a las canciones que antes habrías considerado intolerablemente cursis.

Tantos cambios repentinos han empezado a corroer tu autoestima. Por momentos te sorprendes en medio de la inseguridad. Sientes que no es tu estado natural. Hace mucho que tomas tus decisiones y cualquier cosa que atente contra ello te inspira poco menos que rabia. La sospecha vuelve a hacer presa de ti, ahora con más fuerzas.

No quieres dar brazo a torcer y como última maniobra te dispones a demostrar la transparencia de tu comportamiento cuando están juntos. Craso error. Encuentras síntomas alarmantes, comunes entre quienes viven la enfermedad: la tendencia a filosofar con la mirada, el placer hallado en el jugueteo con las palabras, la nostalgia por cada minuto compartido, la inconformidad, la ayuda más autocomplaciente que generosa…

La ilusión de mantenerte a salvo entra en coma. Aquellas palabras emborronadas que te hicieron maquinar todo llegan íntegras a tu conciencia, como si alguien las hubiese acuñado allí de pronto: «El amor es una enfermedad de las más jodidas y contagiosas». Crees reconocer el tono de Eduardo Galeano y eso, estas alturas, confirma tu preocupación. 

No tienes armas para enfrentar la sensación que te invade. Sabes que puedes engañar al mundo si te lo propones, pero no a ti. Comienzan a interesarte poco las consecuencias de tu padecimiento y te abandonas a los primeros placeres. Sin más objeción, lo asumes: El contagio es un hecho.



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